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Editorial

Santiago reclama

ACTUALIZADO 11.01.2017 - 5:22 pm

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Crea pesadumbre y vergüenza la situación en que ha caído la inexplicable dificultad de conectividad entre Santiago y la zona Norte, especialmente con lo que se llamó, “en la antigüedad”, el polo turístico de la zona Norte, y en especial, con Puerto Plata y Sosúa, donde se encuentra la entonces playa más atractiva de la región. El entusiasmo que creó la construcción de la que fuera una moderna red vial que unía a Santiago con ese polo de desarrollo hasta Nagua y después Samaná, dio lugar al auge primero del turismo interno que se intensificaba en Semana Santa, y luego con el turismo canadiense entre Puerto Plata y Sosúa, hasta Río San Juan. En esa larga y bella franja geográfica se localizaron el floreciente proyecto de Playa Dorada, los centros turísticos de Sosúa y Cabarete hasta llegar a Río San Juan, donde el Estado invirtió recursos en un proyecto hotelero y un formidable campo de golf, en torno a Playa Grande, una de las mejores playas dominicanas.
   
El auge de la zona que comenzó en los mediados de los setentas, alcanzó su mayor dinamismo hasta poco después del inicio de los noventas, cuando una intervención del propio Estado para supuestamente instalar un sistema de alcantarillado demorado por años afectó el ritmo del dinamismo turístico, a lo que se le unieron la delincuencia y la prostitución, así como la mala fortuna de un accidente de un avión chárter con destino a Europa, hechos que marcaron la decadencia de la zona, acelerada además por la inapropiada infraestructura turística construida de forma espontanea por agentes poco conocedores del renglón turístico y motivados por el oportunismo que despertaba su expansión.     
   
A esas calamidades se le unió la indiferencia e indolencia de las autoridades que prácticamente abandonaron lo que fuera el primer polo turístico del país, hasta llegar a lo que hoy se observa que es una zona desconectada del centro del Cibao y del resto del país, al haberse dejado al abandono  aquella moderna red vial de los setentas y que en estos tiempos prácticamente se encuentra interrumpida por el deterioro de sus principales carreteras, que por lo demás han quedado desbordadas por la variedad y densidad del flujo vehicular que hace muy pesado y torpe transitar por esas vías. La situación no deja de ser dramática y penosa, al tiempo de revelar la irracionalidad de las autoridades en el manejo de una agenda para el desarrollo nacional.   
   
Por eso son razonables y debieran ser objeto de la atención del Gobierno, los reclamos del Consejo para el Desarrollo Estratégico de Santiago (CDES), cuando clama por una vía de cuatro carriles que una a Navarrete con Puerto Plata, reclamo al que hay que unir la restructuración o rehabilitación de la antigua carretera Luperón, la cual se encuentra en total abandono, dejando a su suerte a miles de habitantes que integran decenas de comunidades a lo largo de su trayecto. Es inaceptable el criterio de que esa vía no es competitiva, sobre todo cuando los costos de su reparación son a propósito inflados por la corrupción.
 
¡Arriba Santiago y Puerto Plata por sus carreteras! 
 


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