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Un país y dos visiones

ACTUALIZADO 09.01.2017 - 4:17 pm

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La República Dominicana constituye un país, una nación, situada en la parte este de la Isla de Santo Domingo que comparte con la nación haitiana. Mientras Haití transita por una crisis ya de décadas, nuestro país transita por una larga transición que en los últimos tiempos ha logrado dividir al país en dos: una nación con síntomas del crecimiento ostentoso que visiblemente se observa en las zonas turísticas y urbanas de las ciudades principales, especialmente en Santo Domingo, cuyo polígono central concentra los símbolos de la “modernidad” que produce en el observador el espejismo del “New York Chiquito”.
   
El otro país, que se observa en los grandes barrios marginales de la Capital y de Santiago, así como en las pequeñas ciudades del interior y en las zonas rurales, muestra los signos del empobrecimiento, la ineficiencia y deterioro de los servicios públicos, el abandono, y la ignorancia acumulada, signos que mezclados con los de la riqueza concentrada provocan una simbiosis social caracterizada por la falta de oportunidades para las mayorías, la injusta distribución de la riqueza, la desigualdad social y la pobreza, la falta de institucionalidad y el consecuente estado de rebeldía de la gente frente a la Ley y el orden, todo lo cual se expresa en un clima de violencia, delincuencia y criminalidad que mantiene a la población en una situación de temor generalizado.  
   
En ese marco que deslinda nuestra realidad de hoy día, se levantan las dos visiones que forman dos  mentalidades que coexisten simultáneamente: la visión optimista que se satisface con los signos estadísticos del crecimiento económico, legitimada por la sociedad oficial y por los órganos internacionales que forman parte del gobierno global, que impone la estrategia de la globalización neoliberal que impera en todo el mundo; y la visión pesimista que ve en la pobreza, la corrupción y la violencia, las expresiones de una descomposición social y moral que encierra la pérdida y el vaciamiento de los valores, sustituidos por el “dios dinero” como lo reseña el Papa Francisco, al criticar la realidad que ha traído consigo el “capitalismo salvaje”, así bautizado por el Papa Juan Pablo II, el nuevo orden que surgiera en el mundo luego de la caída de la Unión Soviética.
  
La visión optimista pone el énfasis casi de forma exclusiva, en la esperanza del “progreso y el crecimiento” soslayando los problemas en los signos de la modernidad y olvidándose de la necesidad de que el país vuelva a reorientarse por una más efectiva e integral visión del desarrollo, mientras que la visión pesimista se agota y complace con resaltar los problemas de la injustica y la corrupción, pero también olvidándose de una real visión del desarrollo. Por eso la oposición, que se sitúa en la visión pesimista, carece de una atractiva propuesta alternativa. Es necesario, pues, una nueva visión más realista y entusiástica que la visión “salvaje” del oficialismo y la visión “empobrecida y también clientelar” del oposicionismo.

¡Unifiquemos una visión de país para el futuro!


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