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Editorial

Fuerza del pueblo o del dinero

ACTUALIZADO 03.09.2019 - 5:54 pm

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Un régimen democrático afinca su estabilidad en la voluntad popular, la cual traspasa su poder a sus representantes, mediante los procesos electorales limpios y transparentes, para que ejerzan su poder, luego de haber aceptado y respetado la institucionalidad democrática fundamentada en la Ley, y luego de ser envestidos de la debida legitimidad democrática que los hace  merecedores de la confianza y credibilidad del pueblo.
  
Esa forma de legitimación democrática se potencializa como estabilizador, cuando también se acompaña de la eficacia, es decir, de la capacidad de los gobernantes de responder a las necesidades sentidas de la población, generando apoyo y aprobación.
   
La legitimidad democrática, se complementa con la legitimidad externa o fáctica, que no obedece a la voluntad del pueblo, sino a criterios externos como son el dinero, el prestigio, la autoridad institucional o cualquier otra forma de propiedad que se traduce en poder o legitimidad fáctica.  
   
De esa forma, mientras la legitimidad democrática encierra equilibrio e igualdad de condiciones para competir en buena lid por el favor del pueblo soberano, quien disponga de la legitimidad externa o fáctica, se le concede operar en condiciones de desigualdad y en desequilibrio con la aprobación de muchos.
   
Por esas razones, en ciertas circunstancias, la legitimidad fáctica suele predominar por  sobre la legitimidad democrática y en vez de que rija el principio de que “el pueblo elije”, rige el principio de que “el dinero elije”. De esta manera, la democracia se falsifica y el autoritarismo florece.
  
Asimismo, en los regímenes políticos donde predomina la voluntad popular y la competencia de partidos tiene mayor vigencia el principio de la legitimidad democrática, mientras que la legitimidad fáctica del dinero opera más disimulada a través de la competencia de partidos y del poder mediático. A la inversa en los regímenes más autoritarios, predomina más el poder fáctico muy por encima del poder legitimado por la voluntad popular.
   
Esa lógica de la legitimidad política viene al caso por lo que está pasando en la lucha interna dentro del partido de gobierno entre leonelistas y danilistas, donde se compite en base a la legitimidad democrática fundada en la simpatía y aprobación, pero combinada con la “capacidad persuasiva” que genera la disponibilidad y derroche de recursos económicos o legitimidad fáctica.
   
Esa misma contradicción en el PLD, la está viviendo la facción danilista en la competencia entre sus precandidatos, dando lugar al retiro de dos  precandidatos, alegando desigualdad y desequilibrio, por la entrada de una última precandidatura que al lanzarse a la competencia ha  exhibido recursos muy por encima de los demás, haciendo que éstos se sientan desplazados y disminuidos, y se perciban incapaces de persuadir a los “electores” internos al carecer del poder fáctico que le atribuyen a su contrincante.
   
En consecuencia, las tendencias en el panorama político nacional, y que favorecen la mayor vigencia de los poderes fácticos frente a los sectores democráticos, son claros indicadores de la derechización global que también se está reproduciendo en el país, al tiempo que presagian una lucha electoral cuyos resultados parecen favorecerán a las múltiples opciones representativas de los poderes fácticos de la nación.

¡El futuro, pues, parece más favorable al autoritarismo que a la democracia!



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