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Editorial

Ataque a un ídolo

ACTUALIZADO 11.06.2019 - 7:39 pm

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David Ortiz, a partir de sus hazañas en el beisbol, se ha proyectado como un ídolo mundial del deporte, querido por su gente, sus compañeros y los miles y miles de aficionados que siguieron su carrera en las Grandes Ligas de los EE.UU.
   
A sus hazañas de campeón, Ortiz le agrega sus condiciones de hombre solidario, sencillo y presto a socorrer a los más débiles y vulnerables. Es un ejemplo de la dominicanidad buena, afable, acogedora, sonriente y cooperadora. Por eso se ha ganado el aprecio de tanta gente importante fuera y dentro del país.     
   
El intento de quitarle la vida en un incidente inesperado mientras competía con amigos y relacionados en un lugar público de Santo Domingo, ha conmocionado a la comunidad nacional y también a la comunidad internacional, despertando la solidaridad de importantes personalidades, deportivas, artísticas y políticas.  
   
El impacto de ese hecho de violencia criminal contra un ídolo nacional, nos debe poner a reflexionar sobre el fenómeno social que más preocupa a los dominicanos, tal como lo es el estado de violencia y de criminalidad en que ha caído la República Dominicana, y que hace insegura la vida de la gente, inhibiéndola y reduciendo su cotidianidad social. El temor colectivo cohíbe a mucha gente que prefiere refugiarse en sus casas para no arriesgarse en la inseguridad.
   
Esa situación en sí misma nos enseña la propensión al comportamiento ilícito y moralmente descompuesto del dominicano de hoy, cuya agresividad delictiva desborda a las autoridades irrespetando el marco regulador conformado por las leyes del país. Por eso decimos que “la ley para el dominicano es el camino por donde no se debe transitar”, si se quieren alcanzar los objetivos. A esa situación de anomia ha contribuido la nueva cultura política, que ha hecho de la política una actividad exclusivamente motivada por la movilidad social, al tiempo de convertirla en una “oportunidad” para alcanzar el dinero fácil y rápido, recurriendo a lo ilícito sin ningún temor a consecuencias, por la impunidad reinante.
   
Esas razones sociológicas hacen de la inseguridad y la criminalidad fenómenos complejos que no se pueden reducir a un problema de simple policía. Más que policial y de justicia, de por si instituciones descompuestas, el problema tiene más que ver con el modelo político clientelar establecido, conjuntamente con el modelo económico orientado por la ideología del “libre mercado”, que han creado toda una mística cultural para la cual el valor máximo es el dinero acumulado fácil o ilícito, con el cual todo se compra y todo se solventa, incluyendo las “vagabunderías”.
   
Esa realidad artificial y descompuesta involucra especialmente la vida de los directamente afectados por esa nueva cultura, que son los que reciben el impacto directo de las “voces repetidoras” a través de un  poder mediático encargado de legitimar la “corrupción y la impunidad”.
   
Sirva esta reflexión para concluir que para encarar la violencia y la criminalidad, el país está abocado y necesitado de un cambio total, que induzca a la continuidad del “progreso y el bienestar” para todos, pero que al mismo tiempo adecente, moralice, la vida institucional del Estado y la moralidad de la gente, especialmente de la clase política, de modo que superemos el estado de inseguridad reinante.

¡Superemos la violencia y la criminalidad!        



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