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Editorial

Incertidumbre

ACTUALIZADO 10.06.2019 - 6:29 pm

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En nuestro país, los gobernantes siempre buscan la estabilidad del régimen político siguiendo el modelo caudillista de la dominación personal, en vez de la institucionalidad formal y legal que define la Constitución. Responden así al continuismo que imponen las oligarquías económicas y políticas, viejas o nuevas.
   
Esas oligarquías favorecen por lo regular el continuismo y la reelección. Y esa vocación reeleccionista tiene su razón de ser en la Ley del monopolio que siempre opera en todo sistema de intercambio comercial o del poder, que se caracterice por la escasa regulación, donde impera “el libre intercambio” y donde se impone el que más ventaja y destreza desarrolle en la lucha por la apropiación de los beneficios.
   
El actual grupo gobernante ha sido el más diestro en la aplicación de esa ley monopólica, sacando ventajas en la apropiación de los recursos públicos, así como en el control casi absoluto de los poderes del Estado. Por eso el gran poder fáctico acumulado ha convertido al grupo gobernante, en la nueva clase gobernante y dominante, la cual maneja el Estado con los fines de consolidar y fortalecer su poder y control.
   
La reelección es, entonces, una necesidad de ese gran poder construido y por eso se enfrenta a las barreras normativas constitucionales, las cuales contravienen el poder monopólico establecido. En esa lucha de contrarios entre normas constitucionales versus el poder fáctico construido, se produce el conflicto y la indefinición que mantiene al país en incertidumbre y confusión.
   
Esa lucha se está dando al interior del partido de gobierno, donde la facción del Presidente lucha por mantener el control del Estado para responder a la necesidad de existencia de la nueva clase, mientras el expresidente Fernández trata de recuperar el poder para comandar la coordinación del proceso de formación y consolidación de esa misma nueva clase dominante. De esa manera, el conflicto no es personal, ni responde a maltratos interpersonales de consecuencias emocionales, aunque estos hayan estado presentes en el conflicto.
   
Por eso el análisis de las alternativas de solución de la lucha, debe considerar eventuales escenarios que respondan a la matriz causal del conflicto: O el Presidente se impone, modifica la Constitución y se reelige, aunque divida el partido, y por su lado, el expresidente Fernández decide su candidatura con otro frente partidario. Ambas opciones son de alto riesgo por la oposición de altos poderes fácticos, incluyendo a “la Embajada” y porque la unidad partidaria es una condición necesaria para el triunfo electoral.
   
Otro escenario oficialista sería que el Presidente decline la reelección y propicie una estrategia que busque el máximo poder posible, siguiendo la Ley del monopolio y de esa manera consolidar su dominio en el Congreso, las Municipalidades y en todas las altas cortes y la Cámara de Cuentas, que lo convertiría en el poder detrás del trono, haciendo que el próximo gobierno sea una opción “títere”, que de rebelarse podría ser sometido a la jurisprudencia del “juicio político” y sustituido por “delfines” que respondan al interés de la nueva clase dominante. La incertidumbre terminaría, no así el conflicto, cuando el Presidente opte por uno u otro escenario.

¡La definición ya está cerca: esperemos!   



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