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Editorial

Unidad y conflicto

ACTUALIZADO 06.05.2019 - 6:56 pm

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La unidad en los partidos políticos se presenta como el gran desafío que han de enfrentar los partidos políticos. Eso es válido tanto para los partidos de oposición como para el partido de gobierno.
   
Este fin de semana el partido de gobierno mostró la fuerza y entusiasmo que animan a la corriente que dirige el expresidente Fernández, quien encabezó una multitudinaria manifestación en Santo Domingo cuyo lema podría recogerse en dos palabras: Constitución y Unidad. Mientras que las fuerzas del presidente Medina animadas por la obra de gobierno y la reelección, encabezaron una serie de manifestaciones regionales que incluyó una gran expresión de apoyo en Nueva York.   
   
Estos movimientos de fuerza aproximan cada vez más al partido de gobierno a un punto cercano a la división, dado que las fuerzas lucen decididas a llevar sus proyectos en conflicto hasta las últimas consecuencias.
    
Esas posiciones encontradas y conflictivas, por lo regular los dominicanos la ven desde la óptica personal, como consecuencia de una cultura política que se ha modelado sobre la base del histórico modelo de la “dominación personal” que ha estado detrás del caudillismo autoritario y excluyente. En consecuencia, esa lucha se interpreta como una típica confrontación entre caudillos, de la que saldría airoso el “más fuerte”, aunque es muy probable que se sacrifique la unidad del partido. La historia dominicana es rica en experiencia de ese tipo en la lucha entre caudillos.
   
Pero esa visión del conflicto desde la tradición personalista resulta limitada al soslayar las causas materiales que identifica la visión que parte del método dialéctico de la historia, el cual ve en esa lucha no una confrontación emocional entre caudillos, sino el enfrentamiento que surge entre dos facciones del partido de gobierno que se disputan el rol de vanguardia en la coordinación del proceso de formación de la nueva clase gobernante y dominante, cuya función encierra la necesidad de controlar toda la institucionalidad del Estado y la apropiación de los recursos públicos para dirigirlos al objetivo de la construcción de la nueva clase dominante, que le dé sustento y autonomía financiera y operativa a la misma para la conducción de la economía y la política del Estado.
   
La corriente del leonelismo inició ese proceso de formación de la nueva clase, pero el mismo ha alcanzado mayor efectividad y alcance de articulación en la fase que ha dirigido el Presidente Medina, quien de seguro tendría muchas razones y motivaciones personales para continuar, pero que interpreta que su mayor misión es conducir ese proceso de apropiación y control del Estado a favor de la nueva clase.
   
La superación de esa dialéctica supone la identificación de una síntesis: o donde una corriente supere a la otra y se imponga, o se busque una forma de convivencia, mediante una fórmula política racional que permita superar el conflicto, sin traicionar el objetivo de la nueva clase.  
   
Visto así se hace difícil prever la fórmula de advenimiento para un pacto que resuelva el conflicto a lo interno del partido de gobierno, pero de seguro que la salida no podrá traicionar el interés máximo de la nueva clase gobernante. Eso sería un despropósito emotivo de una arbitrariedad caudillista y atrasada.

¡Entendamos, pues, el conflicto!



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