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Editorial

Reflexión de la Iglesia

ACTUALIZADO 15.04.2019 - 7:12 pm

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La Semana Santa es una época propicia para la reflexión: Reflexión sobre la fe, reflexión sobre la vida y su destino, reflexión sobre la rutina en la cotidianidad, y reflexión sobre la política y el poder.
   
La Iglesia Católica, al iniciar la Semana Santa con el Domingo de Ramos, a través de los Obispos de Santo Domingo y de Santiago, reflexionó sobre la violencia y el poder, dos dimensiones que ocupan la atención de la gente. Primero porque la violencia afecta a mucha gente por el clima de inseguridad que encierra y que atemoriza a todos. El segundo, porque el poder atrae a la mayoría porque de él depende el destino de mucha gente que ve en la política el medio de su oportunidad y de su movilidad social, del triunfo egoísta como diría el Papa Francisco.
   
El Arzobispo de Santiago, Freddy Bretón Martínez, en su homilía del Domingo de Ramos, expresó que: “Hay preocupación por los hechos de violencia y los feminicidios que ocurren en este país, y se requieren acciones para detener este fenómeno”.
   
Por su lado, el Arzobispo de Santo Domingo, Monseñor Ozoria, clamó a Dios para que “ilumine a aquel que busca el poder por el poder mismo y se olvida de los demás”. Y agregó que “al ser humano le encanta el poder sin que importen los medios o lo que cueste”.
   
Poder y violencia guardan una estrecha vinculación, porque el poder maquiavélico como lo describe Ozoria, sin importar los medios, es un generador de violencia más allá de la violencia legítima que se les otorga a los órganos represivos del Estado, tal como lo reconoció el sociólogo alemán Max Weber.
   
Pero hay que saber que detrás del poder y la violencia está el problema de la clase dominante, razón sociológica de la dominación que surge en un sistema de escasa institucionalidad legal. En ese estado de escaso predominio de la institucionalidad legal el poder y la violencia brotan como expresiones de esa dominación de clase que se impone a todos los demás sectores a través del ejercicio de la gobernanza: la clase dominante se convierte en clase gobernante, la cual está obligada en un capitalismo desregulado y de baja institucionalidad legal, como el nuestro, a monopolizar el poder, incluso recurriendo a todo mecanismo de apropiación, incluyendo el robo, y a todo tipo de coacción fáctica, incluyendo la violación de toda norma de respeto a la dignidad humana.
   
Por esas razones, la corrupción y la violencia se convierten en antivalores centrales de la cultura dominante, que entonces justifica “la búsqueda del poder por el poder mismo”, o como dirían algunos degenerados de la política: “en política se hace lo que conviene”, aunque ello implique la necesidad de violentar el orden constitucional y el estado de derecho.
   
En ese contexto los valores y normas democráticas, que aspiran por un orden social basado en la máxima de que “el respeto al derecho ajeno es la paz”, devienen en una falacia, que solo sirven como guías utópicas, cuyo acercamiento como realidad impone la necesidad de restringir  la Ley del monopolio propia del capitalismo desregulado donde se impone la Ley salvaje del más fuerte.

¡Restrinjamos el poder y la violencia eliminando la Ley del monopolio!


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