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Del optimismo al pesimismo

ACTUALIZADO 06.03.2019 - 6:18 pm

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En el último discurso del 27 de febrero el Presidente dibujó un panorama del país lleno de optimismo, que augura un futuro promisorio para los dominicanos. La larga relación de logros fruto de una agenda dirigida a desarrollar la nación, culminaba con la entusiasta información de que el Gobierno había logrado el milagro de sacar a 1 millón 600 mil dominicanos de la pobreza, elevándolo a la condición de clase media.  
  
Ese resultado que llena de optimismo habla muy bien de una gestión del “buen gobierno”. Esa imagen, sin embargo, comienza a deshacerse hasta el pesimismo, cuando el manejo político cae en la tentación de la codicia del poder, de la tendencia al monopolio, para asegurar la maximización del poder, con lo cual no solo se aplasta a los contrincantes en el plano electoral, sino que se asegura la máxima protección de cara a las eventualidades del porvenir.
  
El monopolio es una tendencia propia de la competencia económica que provoca la asimetría en la distribución de la riqueza, concentrándola en una minoría y dando lugar a la desigualdad social y a la pobreza. Por esos efectos indeseables se ha aceptado la aplicación de leyes positivas antimonopólicas que eviten la concentración de la riqueza y del poder económico, porque ello viola la vigencia de la “mano invisible” de la libre oferta y la demanda.
   
Esa tendencia monopólica, por reflejo, también opera en la lucha por el poder político entre los diversos agentes políticos que concurren en el sistema de partidos. En esa competencia todos quieren maximizar el poder aplastando a sus contrarios, lo que conduce a la violación de la institucionalidad legal.
   
En nuestro caso, el partido de gobierno y la facción de éste que ha dominado el ejercicio del poder en los últimos años, han logrado convertirse en partido hegemónico, controlando y apropiándose del Estado, tanto de todos sus órganos como del erario, en gran medida privatizándolos. Con ello ha logrado convertirse en un gran monopolio del poder en el país, que cada vez más, según la lógica del monopolio, requiere de más poder para mantener su dominación de forma continua.
   
Esa lógica lo ha llevado por necesidad al desprecio de la ética en la toma de decisión política, cayéndose en el “maquiavelismo” que violenta la licitud, lo permitido por la ley, criterio que viene de la ética en el ejercicio de la política. Eso fue lo que exhibió el CNM en el “juicio” contra Miriam Germán, y cuyo propósito implícito era eliminarla como candidata a la SCJ, para crear las condiciones para monopolizar ese importante órgano del Estado y de paso vengarse de su independencia.
   
Y es esa lógica del poder monopólico la que lleva a los gobernantes a violar la institucionalidad legal y democrática del Estado, y al mismo tiempo a desmoralizar la imagen del buen gobierno y a la ciudadanía.    
   
Esa caída moral, se refuerza con la ineficiencia de la autoridad y su secuela de delincuencia, criminalidad, inseguridad, corrupción e impunidad, debilidades que acaban con desdibujar la gestión del buen gobierno. El optimismo pasa así al pesimismo que angustia el sentir de la ciudadanía.  

¡Controlemos el monopolio y recuperemos la ética!  



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