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El fantasma de la división

ACTUALIZADO 27.11.2018 - 6:20 pm

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La cotidianidad política nacional está amenazada por el fantasma de la división que se ha entronizado en los partidos y en las organizaciones que inciden en la política criolla. El fenómeno tiene mucho que ver con la tradición caudillista enraizada en la cultura política dominicana y que se materializa mediante el patrón de la “dominación personal” muy presente en las relaciones interpersonales entre los actores sociales.
   
El fenómeno se agrava con el desmantelamiento de los viejos valores y las viejas estructuras sociales tradicionales que caracterizaron la vida familiar, vecinal y comunitaria, con lo cual se ha dado paso a una orientación individualista motivada por las distorsiones éticas del “oportunismo” y el “maquiavelismo” que se conectan con el “consumismo”, expresiones todas ellas activadas por el nuevo contexto de la modernización transferido por la globalización neoliberal.
   
En ese nuevo contexto dentro del cual se mueve la nueva sociedad dominicana, el éxito de la conducta individual está determinado por el aprovechamiento de las oportunidades que se traducen en acumulación de “dinero”, y es el dinero acumulado el símbolo máximo del éxito, sin importar los medios lícitos o ilícitos utilizados para su apropiación individualista y oportunista.
   
Ese “oportunismo maquiavélico” se ha convertido en la motivación principal del actor político, junto a la aspiración por la movilidad social que se asocia al proceso de apropiación privada del erario que tiene lugar con el aprovechamiento de los cargos públicos. El afán individual en esta carrera de apropiación corrompida acentúa el individualismo y la orientación que favorece la exploración de relaciones humanas con sentido puramente “utilitario” de acuerdo al propósito de maximizar la apropiación privada de recursos. Es en ese contexto social y de valores utilitarios que tiene lugar la “hipercorrupción” y su consecuente “impunidad” para proteger y asegurar el nuevo orden social establecido.
   
En ese nuevo marco social estimulado por la globalización, el encuentro con la tradición caudillista refuerza y dinamiza los procesos de atomización y anomia sociales, los cuales concluyen en la división de las organizaciones y en el debilitamiento de la cohesión social y de la institucionalidad legal y formal.
   
La división asoma en todos los partidos grandes y pequeños, y uno de sus efectos es la proliferación de los candidatos a todos los niveles, lo que dificulta aún más las posibilidades de candidatos unitarios dentro de las posibles coaliciones de partidos.
   
La situación aparenta agravarse dentro del partido de gobierno amenazado por la separación de sus dos grandes líderes, cuyas diferencias políticas y personales lucen insalvables. La división también afecta a los partidos de oposición de cara a conformar una coalición que haga posible enfrentar con relativo éxito al poderoso partido de gobierno, el cual de mantenerse unido tendría asegurada su “continuidad” en el poder.            
Pero el “individualismo oportunista” opera como una motivación negativa para los efectos de la unidad de la oposición y luce que no hay liderazgo ni fórmula razonable o racional que pueda vencer la inercia de la división. El “oportunismo” se percibe autosuficiente y se revela incapaz de trabajar los fundamentos de la política.

¡La amenaza de la división agrava la incertidumbre!



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