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Editorial

Una irreverencia reveladora

ACTUALIZADO 08.11.2018 - 6:25 pm

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El presidente de la Cámara de Diputados apurado por un periodista que le cuestionaba sobre su declaración jurada, cometió un desliz verbal que revela el escaso respeto y formación cívica, al referirse a la Ley como una “vaina”, para justificar su violación a la Ley.   
   
El hecho tiene varios significados reveladores de la pobreza institucional que se viene dando en el país. Primero esa inconducta es una consecuencia de la escasa importancia que la gente le asigna a la formalidad que implica el marco normativo constitucional. La gente en general desenvuelve su cotidianidad a través de la red informal de relaciones primarias y afectivas. Y son esas normas primarias las que sirven de contenido cultural para la formación de la personalidad social dominicana, la cual pasa a preferir las relaciones informales y amistosas para canalizar el comportamiento social en sus diversos órdenes político, económico y social.
   
Por eso ha sido tan difícil que el dominicano común ajuste su conducta a las formalidades impersonales de la Ley y del Estado. No hay conciencia de Estado. Hay conciencia de familia, de amigo y de vecinos. Esos rasgos son más visibles en los segmentos rurales y marginales de la sociedad, pero también están presentes en las clases medias y altas. El “amiguismo” y el sectarismo o faccionalismo caudillista que antiguamente se manifestaba en los “gavilleros”, resulta una orientación conductual más fuerte que el constitucionalismo formal.   
   
Por esas razones los grupos de poder se mantienen aferrados al modelo ejercido mediante el caudillismo y lo que ello implica como son: la tradición reeleccionista; y el Estado patrimonial, instituciones primarias de las cuales se derivan los males de la corrupción y la impunidad, distorsiones que se justifican con toda crudeza en la máxima del otrora caudillo argentino, Juan Domingo Perón, que rezaba así: “para mis amigos todo, para mis enemigos ni la justicia”.
   
Bajo esa mentalidad y cultura política se hace comprensible el desliz verbal del “honorable” diputado, presidente de la Cámara, al expresar su desprecio por la Ley, la misma ley que es su objeto material de trabajo en el Congreso. La informalidad fáctica amparada en la asociación de intereses caudillistas a la que pertenece, es la referencia protectora que le hace despreciar las categorías jurídicas de la civilidad. Y esa protección caudillista le da la seguridad de que su manifiesto desprecio a la Ley y a la Constitución, no se traducirá en ninguna sanción contra tal irreverencia ante la majestad de la Ley y la solemnidad del Congreso de la República.
   
El reclamo de Participación Ciudadana pidiendo la renuncia del “villano” diputado o su sometimiento a un juicio político, se quedará solo como un grito para recordarles a los ilusos ciudadanos las categorías conductuales propias de la vida civilizada que contiene el marco legal y constitucional.
   
Pero no pasará de ahí, porque esas categorías institucionalistas tienen cada vez menos vigencia y factibilidad social, sobre todo dentro de las clases oligárquicas que históricamente se han beneficiado de las arbitrariedades de los caudillos patrimonialistas, repartidores de privilegios y canonjías, de las cuales ha salido muy beneficiado el “honorable” diputado por lo cual se resiste a rendir cuentas.

¡Qué triste espectáculo del “arrabal”!



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