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Drama social de un juicio

ACTUALIZADO 01.11.2018 - 7:25 pm

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Son muchos y variados los hechos que describen el estado de descomposición social y moral por el que atraviesa la sociedad dominicana. La delincuencia, la criminalidad, los feminicidios, los suicidios, el desorden sexual y los embarazos tempranos, así como las violaciones de niños y  adolescentes, los rateros, sicarios y las múltiples bandas y mafias que operan en múltiples órdenes de la vida nacional, son aspectos de la cotidianidad donde se manifiesta la descomposición de la sociedad.    
   
El crimen y el juicio de Emely es una expresión dramática de esa descomposición, caso en el cual se manifiesta de forma dramática la crisis psicológica por la que transitan muchas personas afectadas por el impacto de la movilidad social que se genera asociada a la política como oportuno y eficiente vehículo de ascenso social, pero que al mismo tiempo tienen que convivir con personas que se mantienen apegadas a los esquemas culturales tradicionales de la sociedad rural, situación que se traduce en un clima de asincronías y contradicciones que los individuos internalizan y que se traducen en ciertas circunstancias en crisis psicológicas de personalidad que desestabilizan emocionalmente a los afectados, colocándolos en situación de frustración y agresión.
   
Esa vieja abstracción sociológica puede orientar la comprensión del penoso drama humano por el que han pasado las dos familias atadas al caso de la jovencita Emely, quien encontró la muerte trágica e inesperadamente al sostener una relación amorosa de la cual provino un embarazo socialmente no deseado, por efecto de la asincronía social y cultural, derivada de la contrariedad consecuente de una familia, la del “novio,” en ascenso social expuesta a otras pautas de preferencias y aspiraciones, y otra familia, la de Emely aparentemente más propia de la marginalidad y la pobreza, apegada a patrones tradicionales que no corresponden a los patrones y aspiraciones de la primera.
   
Esa contrariedad habría generado el rechazo del embarazo, lo que habría causado la frustración y el desequilibrio emocional del “novio” y de la madre, que se tradujo en la tragedia violenta que le arrancó la vida a una hermosa jovencita víctima de un embarazo socialmente no deseado, por lo menos para la familia del “novio”.
   
Ese drama humano que hoy destroza la vida de esas dos familias, debería culminar judicialmente con una sanción o condena que la sociedad espantada espera que corresponda a la magnitud del daño producido a la familia víctima y a la propia sociedad. Eso se espera a modo de reparación por un crimen que el entramado jurídico de la sociedad no puede tolerar, precisamente para contrarrestar la descomposición que amenaza con la disolución de la sociedad dominicana.
   
Pero el drama humano en la actual dominicanidad no se agotará con las sanciones de ese caso de inhumanidad. Se vive en otras múltiples manifestaciones de la violencia criminal. Se puede decir que esos dramas, ahora hablando en plural, son frutos de la transformación que ha sufrido la sociedad dominicana, en su paso de lo tradicional y primario, a lo moderno e impersonal, tránsito que seguirá provocando desajustes conductuales como los presentes en el caso Emely, y que requieren de programas y políticas de readecuación.

¡La sanción no nos debe conformar! 


1 comentario(s)


  • 1

    Pedro Mendoza

    02.11.2018 - 7:05 am

    Advierto como interesante y puntual el enfoque sociológico que del caso Emily hace este editorial. Al este enfoque solo le añadiría una precisoria visión de la Psicología dada la edad del homicida, hijo único. Es frecuente que las madres de un hijo único con un padre y marido distante, tiendan a fusionarse e indiferenciarse emocionalmente con el hijo. Al formarse esa diada madre-hijo, totalmente indiferenciada, en la conducta que se compromete el hijo también se compromete la madre, puesto que la diada no deja un mínimo resquicio de separación psicológica entre sus componentes. Si se hubiese dado el caso a la inversa, en que es la madre la que inicia y culmina una conducta penal,entonces el hijo igualmente hubiera sido arrastrado a la comisión de la misma ya que no hay daño peor que una madre o un padre pueda hacer a un hijo que indiferenciarse de él emocionalmente. Si uno se hunde, el otro también.


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