21 Agosto 2018 2:16 PM

PortadaOpiniónEditorial

Editorial

Rebeldía sucesoral

ACTUALIZADO 15.05.2018 - 5:55 pm

0 COMENTARIOS

enviar por email

imprimir

ampliar letras

reducir letras

El largo escarceo que ha significado el proyecto de la Ley de Partidos, ahora complicado más aún con el debate de las primarias, pone al descubierto la rebeldía de la sociedad política dominicana de establecer, aceptar y respetar la institucionalidad democrática que define el patrón sucesoral del poder.
   
Si aceptáramos ese patrón de manera natural y legítima los que son favorecidos por la voluntad popular mediante el voto cada cuatro años, llegarían al poder político para ejercerlo respetando el estado de derecho y la Constitución y dispuestos y preparados psicológica y culturalmente para salir del poder, sin sentir vergüenza y el temor de padecer la retaliación política.
   
En nuestro país por el contrario, una vez los grupos partidarios llegan al poder, rápidamente sienten la necesidad de plantearse la “continuidad” y por eso han encontrado en la reelección la fórmula apropiada para tal propósito. Ese patrón reeleccionista lleva a los políticos a violar continuamente la Ley y la Constitución, las cuales son interpretadas de cualquier manera que justifique el patrón de la reelección. La Constitución hay que acomodarla a ese propósito continuista.
  
En ese afán se mueven los actores políticos y la mayoría de la población que ve como natural la violación de la Constitución, modificándola legalmente, pero utilizando para ello cualquier medio lícito o ilícito, como la compra de voluntades congresionales y ciudadanas, legitimando “las marrullas” y cualquier otra fórmula maquiavélica y de falta de escrúpulos.
   
Esa cultura reeleccionista, por naturaleza antidemocrática, en nuestro caso ha estado ligada y modelada por una composición social en cuya cúpula cohabitan las oligarquías, grupos minoritarios que monopolizan los recursos económicos públicos y privados, los cuales siempre han preferido más que una institucionalidad democrática ordenadora del Estado, una institucionalidad caudillista que responde al modelo de la “dominación personal”, como lo fue Trujillo, y que nace de un sistema social fundamentado en relaciones informales y afectivas, consecuencias del atraso, donde florece el pandillerismo faccioso y particularista.
   
Todas esas orientaciones culturales que gravitan en la política dominicana, contravienen las formalidades de la institucionalidad democrática, fundamentadas en la Ley  de vocación universalista. Por eso en el país ha sido muy difícil estabilizar la institucionalidad democrática y un patrón sucesoral del poder que no sea regateado cada vez que hay elecciones y se plantea la posibilidad democrática de la alternancia del poder. Frente a esa posibilidad democrática, las tradiciones oligárquicas, caudillistas y autoritarias señaladas por la tradición autoritaria, siempre tratan de imponer el patrón cultural de la reelección y el continuismo.
   
El debate sobre la Ley de Partidos y las primarias obedece a ese regateo que trata de afirmar la tradición reeleccionista, y de crear las condiciones que favorezcan o la continuidad de los que están en el poder o al menos su protección para evitar la vergüenza de bajar las escalinatas del Palacio y para reducir los riesgos de caer abajo en la oposición.
   
El país y sus fuerzas sociales, si quieren conducirse hacia la democracia, deberán hacer un gran esfuerzo y dar un salto para institucionalizar la democracia y superar de una vez y por toda la tradición caudillista que impone la reelección y el continuismo.

¡Superar la reelección es, pues, el gran desafío!  



0 comentario(s)


Le restan 1000 caracteres.

Normas de uso

Este periódico no se responsabiliza de las opiniones vertidas en esta sección y se reserva el derecho de no publicar los mensajes de contenidos ofensivo o discriminatorio.