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Editorial

Un falso debate

ACTUALIZADO 11.04.2018 - 11:03 pm

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Las fuerzas político-partidarias y sus múltiples facciones están entretenidas con el tema de la primarias abiertas o cerradas. El tema agota el tiempo político y las reformas políticas necesarias para que en el país se puedan celebrar en 2020 elecciones legítimas y creíbles, transparentes e igualitarias, corren el riesgo de su posposición.   
   
De esa manera, la Ley Electoral que es un mandato de la Constitución del 2010, así como la nueva Ley de Partidos, podrían no ser aprobadas en un tiempo que haga factible su aplicación para el próximo certamen electoral. Esas elecciones probablemente se producirán, si no ocurre una tormenta política, dentro de un marco normativo desregulado como es el actual que ha permitido toda clase de irregularidades, perjudicando la institucionalidad democrática y favoreciendo el clima conductual efectivo que estimula las tendencias al monopolio y a la concentración del poder de las fuerzas partidarias que hegemonizan el poder político en el país.
   
Precisamente las leyes de Partidos y Electoral, deberían concebirse y aprobarse para, si no eliminar, al menos reducir esas tendencias al monopolio y a la concentración del poder, de modo que en el plano político-partidario se pueda dar un clima competitivo regulado mediante una institucionalidad electoral que asegure elecciones limpias y democráticas, así como la igualdad de condiciones entre las diversas fuerzas que concurren a los procesos electorales. De esa manera, habrán de surgir autoridades electas que gocen de la credibilidad y confianza de parte de la ciudadanía, por haber cumplido con los requisitos legales y haber observado un comportamiento de acuerdo al Marco Legal y Constitucional.
   
Pero ese juego democrático no es posible en un sistema electoral desregulado, que da lugar a que las fuerzas partidarias que hegemonizan y controlan todo el poder fáctico del Estado y de la Economía, respondan a la distorsión del monopolio y al afán de concentrar todo el poder, tal cual se da en la actualidad.
   
Esa es la dialéctica que explica la actitud de los sectores oficialistas, fuera y dentro del partido de gobierno, que proponen y argumentan sobre la necesidad de las primarias abiertas, propuesta que despierta la desconfianza de las fuerzas opositoras dentro y fuera del partido de gobierno, porque saben o instituyen que ese mecanismo constituye la vía potencialmente efectiva para imponer en la oposición los candidatos elegidos a conveniencia del poder dominante y así garantizar la monopolización y la concentración del poder.
   
Ese resultado es lo que se busca y es lo que impone la ley del monopolio, tal como sucede también en el plano de la competencia económica entre las empresas. Para tratar de evitar esa tendencia dialéctica al monopolio de la política y de la economía, es que se establecen las leyes antimonopolio, como lo sería una Ley de Partidos que asegure primarias cerradas, simultáneas o no, que reduciría la tentación a monopolizar el poder político y que garantice la consolidación de la democracia. Favorecer las primarias abiertas en el marco institucional de un poder asimétrico y monopolizado, expresa una mentalidad maliciosa que favorece el monopolio político y a la dictadura del partido único, que es la voluntad que se esconde en la figura falsa de “primarias abiertas”.

¡El debate es, pues, dictadura o democracia!


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