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Editorial

“Mirémonos en ese espejo”

ACTUALIZADO 05.04.2018 - 9:49 pm

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Primero fue Dilma y ahora le tocó a Lula, a quien el Supremo Tribunal Federal de Justicia de Brasil decidió su prisión, con lo cual se descarta que el exmandatario pueda ser candidato por su partido, para las próximas elecciones a celebrarse en Brasil al final de este año, en circunstancias en que el líder brasileño aparece como seguro ganador de ese certamen electoral en ese país sudamericano.     
   
Aunque se alegó corrupción de Lula por haber recibido un supuesto apartamento de una empresa brasileña favorecida por el exmandatario, acusación sobre la cual no hubo las debidas pruebas, el Supremo decidió rechazar el Habeas Corpus a favor del expresidente, colocándolo a la puerta de la prisión donde habrá de pasar sus últimos 12 años. Se trata de un golpe judicial similar al que se le aplicara a Dilma, en ese caso a través del Congreso mediante un juicio político que la destituyó de la Presidencia.     
   
Los débiles  argumentos contra Dilma y ahora contra Lula, fueron suficientes para dejar fuera a ambos de la carrera política. Aquí se hace válida la referencia aquella que reza que “en política hay cosas que se ven y cosas que no se ven”. En ambos casos lo que se ve es una acusación de irregularidades que justifica una decisión política aplicando figuras jurídicas. Pero lo que no se ve es que esas decisiones políticas obedecen a una contraofensiva aplicada por el Imperio en alianza con las oligarquías locales de la región, contraofensiva que tiene su origen en el hecho de que el Imperio y las derechas latinoamericanas en una buena parte de países de la región, habían perdido su tradicional hegemonía a consecuencia de la estrategia “emancipadora” que encabezara Brasil y Venezuela en tiempos de Lula y Chávez, cuando éstos intentaron establecer el “socialismo del siglo XXI”, imponiendo un régimen económico que combinaba una economía social de mercado, pero con fuertes políticas sociales dirigidas a sacar a decenas de millones de personas de la pobreza.
   
El éxito inicial de ese modelo proyectó a Lula y a Chávez a nivel mundial. No obstante, en el caso de Lula, su modelo “coincidió” con la estrategia de las multinacionales de Brasil encabezadas por Petrobras y Odebrecht, la cual violaba la ética del capitalismo neoliberal y sus reglas para el comercio internacional, con la aplicación de sobornos a políticos y gobiernos para la adjudicación de obras grandes, así como su sobrevaluación, que se acompañaban del financiamiento de políticos en campañas electorales. De esa manera, mientras Lula validaba su modelo de gestión social,  las multinacionales brasileñas desplazaban  a las multinacionales americanas, al tiempo que Brasil desplazaba al Gobierno americano, poniendo los gobiernos de su conveniencia.    
   
Descubierta esa trama “emancipadora”, el Imperio en alianza con las derechas latinoamericanas, inició una contraofensiva, mediante la estrategia de los golpes de Estado blandos, parlamentarios y judiciales, que le ha permitido recuperar su hegemonía política y económica en varios países de la región, incluyendo a Brasil. Lula se presenta, entonces, como un obstáculo en esa recuperación y por eso hay que eliminarlo política y jurídicamente.

¡Pero la lucha continua en todos los planos!



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