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La nueva república

ACTUALIZADO 17.10.2017 - 10:14 pm

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Se dice frecuentemente que el país ha cambiado, que el país es otro, para referirse a la transformación y modernización de la república. Esta nueva república parece caracterizarse por una pujante economía que crece todos los años a una elevada tasa, colocándose entre las primeras de la América Latina. Sin embargo, ese crecimiento no se acompaña por la prosperidad de la población, la cual mantiene bajos niveles de ingresos y altas tasas de desempleo.
   
Por el contrario el crecimiento se acompaña de otros indicadores que deberían preocupar y ocupar a los sectores excluidos del crecimiento. Por ejemplo, el dinamismo económico viene ocurriendo conjuntamente con el aumento del clima de violencia que intranquiliza a la ciudadanía, que ve como a diario la violencia le arranca la vida a mujeres, niños, adultos y ancianos mediante nuevas modalidades del crimen que ha traído consigo la “modernización”. Asimismo, la seguridad ciudadana se ha ido perdiendo por el aumento de la delincuencia y la criminalidad que acosan a la población.
   
Se une a ese clima de escasa calidad de vida, la violencia del tránsito con su carga de muertos y accidentados, haciendo del dolor familiar un acontecer cotidiano que insensibiliza a buena parte de la ciudadanía. En medio del dolor, la población constata a diario la ineficiencia progresiva en los servicios públicos que ofrece un Estado, cuyas autoridades parecen cada vez más incompetentes para el manejo de la cosa pública y más propensas a la corrupción no solo para enriquecerse y ascender socialmente, sino para conformar la nueva clase gobernante y dominante que rige los destinos de la nación.  Esa nueva clase política, responsable del manejo del Estado, se concentra en el mundo de los negocios, para aprovechar su paso por el poder y así ascender socialmente lo más rápido posible, por eso se ha inclinado por la corrupción en todas sus formas de ilicitudes, que dilapida los recursos públicos, haciendo que el país pierda la oportunidad de enrumbarse por los caminos de un desarrollo sustentable y socialmente más equitativo.    
   
El “progreso” dominicano resulta un progreso que duele y que agota el sentido de la felicidad que fuera una orientación propia de la tradición criolla. Pero lo peor es que la población y la propia clase política, mayor beneficiada de ese nuevo mundo, no reparan, no hacen conciencia de las condiciones estructurales y colectivas que están detrás de ese gran desorden y despropósito traído consigo por el “progreso” y la “transformación” del país.
   
Pocos asocian a ese estado de resultados, a la implantación en el país del modelo de economía neoliberal, junto a una estrategia de gobernabilidad basada en la “partidocracia clientelar”, la que ha seguido el viejo esquema autoritario de la “dominación personal” diseñado por el modelo cultural del “patrimonialismo de estado” que hace de los recursos públicos una posesión propia de los gobernantes.
   
La inconsciencia sobre esos procesos se hace evidente en la oposición política, incapaz de convertirse en la intérprete de la historia que levante la resistencia y la movilización ciudadana, para restablecer el mejor rumbo de la nación.

¡Interpretemos la nueva república!




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