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La Escuela de Bellas Artes presenta centenario Mario Grullón

Danilo De Los Santos | ACTUALIZADO 16.05.2018 - 5:12 pm

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SANTIAGO.-La Escuela de Bellas Artes de Santiago presenta este jueves 17 de mayo, la exposición antológica del artista santiagués, Mario Grullón, conmemorando el centenario de su nacimiento. La muestra está compuesta por 34 obras, pertenecientes al coleccionista Juan José Ceballos. Grullón, es una de las figuras más importantes de la gloriosa escuela pictórica de Santiago, junto a Yoryi Morel y Federico Izquierdo, conformando una trinidad fundacional de una pintura con carácter de identidad nacional. El artista explora lo que llamó el historiador Carlos Dobal:  El misterio de la pintura dominicana. La exposición estará abierta en la Sala Apolinar Bueno de la institución, hasta el viernes 29 de junio y espera contar con el apoyo del público de Santiago.

Notas Biográficas:

Nació en la ciudad de Santiago de los Caballeros el 2 de abril del año 1918.  Estudió pintura con Yoryi Morel y luego en Santo Domingo en la Escuela Nacional de Bellas Artes.  Fue profesor y director de dibujo en la “Academia Yoryi”, Santiago. Profesor de dibujo y pintura en la Escuela de Bellas Artes de Santiago. Años más tarde fundó la Escuela de Dibujo y Pintura “Mario Grullón”.  Expuso obras en la segunda Bienal de Artes Plásticas en Sao Paolo, Brasil y en la segunda Bienal de Arte Moderno de Barcelona, España. Además de varias Bienales y colectivas en Santo Domingo, Santiago, Moca, Altos de Chavón en La Romana, entre otros. Tiene en su haber numerosas exposiciones individuales y dos acompañado de sus hijos Dr. Francisco Grullón (Pepe) y Carlos Mario Grullón: “Arte Local” en la CCDA de Santiago, 1988 y “Dos generaciones en tres”, en Galería Deniels en Santo Domingo, 1988. Fue distinguido en 1985 con el galardón “La Cotorra”, en Santiago, premio al artista plástico por sus méritos y en ese mismo año en Santo Domingo con “El Gordo del Año”. Reconocimiento por el Colegio Dominicano de Artes Plásticas en 1987.

Reconocimiento Casa de Arte, Santiago y por CONANI en 1998 y Fundación Ciencia y Arte, Inc. 1989.  Títulos de “Honor al Mérito”, por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) en 1990. Premiación de Santiago – CASA HACHE-Mayo 1991.  Reconocimiento a su labor docente por la Secretaría de Bellas Artes y Cultos y CODAL, 1992.  Declarado Hijo Distinguido de Santiago, por la Sala Capitular del Ayuntamientos de Santiago, 1992. Sus obras están diseminadas en colecciones privadas en Europa, América, Las Antillas y República Dominicana. Muere el 28 de agosto de 1996.

¡Cuántos recuerdos! Mario Grullón 1918-1996!

Era menos que un muchacho cuando se metió en mi vida como un espejo decisivo o una influyente señal del camino. Mis padres, en medio de los aprietos que provocan una prole numerosa, habían decidido alquilar dos habitaciones laterales de la amplia casa donde vivíamos.
   
Ni los hermanos mayores ni quien suscribe fuimos partícipes de la decisión hasta que llegaron juntas numerosas prohibiciones. No podíamos correr por la casa, no debíamos golpear las paredes, no podíamos vociferar.
   
Ellas fueron establecidas cuando aquella parte de la vivienda fue ocupada por los inquilinos que ni sentíamos ni veíamos traspasar hacia los espacios-baño, cocina, patio- que por extensión tenían que ser compartidos.   Realmente los nuevos habitantes formaban una pareja recién metida en arrullos maritales. El era un hombre delgado de tez rosada y abundante melena. Ella era una espigada mulata de planchada cabellera y bien acicalado porte fortalecido por una pronta maternidad.
   
Aquellos habitantes parecían ocupar sus derechos de inquilinato por las noches, durante las cuales se entremezclaban murmullos con intermitentes movimientos, lumbre de una lámpara de gas y olor de trementina restregada. A ellos los fui conociendo bajo continuas sorpresas. Ante él me estremecí como una rama, cuando fui sorprendido coloreando vestidos de papel de mi fabrica de mariquitas que negociaba con muchachitas de mi casa y amiguitas del barrio.  Averiguando mi nombre, la edad y mis saberes, aquel hombre me extendió diez cheles como pago de una de las muñecas de cartón y nos trajecitos cortados a la medida.
   
Días después me sorprendió ella, extendiéndome una cajita repleta de frasquitos de colores con un par de pinceles. Era un obsequio enviado por su marido, Mario Grullón, quien muy a menudo me localizaba para asignarme tareas de dibujos e indirectamente mostrárseme como el pintor que era. En la habitación convertida como sala taller, observé aquellas primeras telas suyas llenas de azules y verdes, con imágenes alargadas misteriosas y solitarias.
  
Mario Grullón había estudiado en la Escuela Nacional de Bellas Artes, formando parte de una generación que para los años 1940 había sido orientada por artistas tan notables como José Gausachs, Manolo Pascual, Vela Zanetti y Celeste Woss y Gil, entre otros. Al egresar como profesor de arte, prefirió retornar a la ciudad nativa, incorporándose a la Academia Yoryi, localizada en la Calle Del  Sol, frente al Parque Colón.  Al conocer a Bienvenida Santos decidió formar familia, procreando tres hijos, el primero de ellos, Carlos Mario, lo vi corretear con algunos de mis hermanos menores, mucho antes de que asimilara la bohemia pictórica del padre. En aquella casa compartida nació Gilda Rosario, una encantadora niña con estrabismos azules, a la que siguió Francisco o Pepe, el más extrovertido de los tres y quien no pudo evitar, con el tiempo, completar la triada artística de los Grullón.
   
Sumergido en un medio limitado como el Santiago de la década del 1950, Mario Grullón prefirió asumir la provincia a la manera de su maestro Yoryi Morel, con quien comenzó a compartir los espejismos vernaculares de una realidad de sobrantes destellos y matices.  A sus pinturas de caballete, regularmente trazadas desde la media noche, se fueron anteponiendo tareas relacionadas con su formación, útiles para los deberes cotidianos y el pan de la familia. Era un periodo de grandes jornadas laudatorias en torno a Trujillo, para las cuales el pintor tuvo que elaborar múltiples y enormes pancartas, hacer decorados, diseñar carrozas y someterse a un demandado e intenso pendolismo del que no pudo liberarse aun después de los cambios políticos y sociales que se producen durante los años del 1960.  Para entonces, a Bienvenida Santos le fue detectada una enfermedad maligna que la postró en el lecho de su hogar, situado frente a la Iglesia San Antonio, donde falleció.
   
Pese a su labor silenciosa de pintor situado en medio del límite nacional que es la provincia, Mario Grullón era considerado uno de los pilares citadinos, junto a Juan Bautista Gómez, Yoryi Morel y Federico Izquierdo.
   
Muchos sabíamos que fue él quien terminó completando los murales iniciados por Vela Zanetti en el Monumento a la Paz, hoy los Héroes de la Restauración.
   
Algunos conocíamos que, ante la momentánea ceguera de Yoryi Morel él, Mario Grullón, asumió las pinceladas de su maestro para que este no padeciera del infortunio.
   
Quienes seguíamos la fortaleza de su pulso artístico, estábamos al tanto de las salidas de sus cuadros hacia el exterior adquiridos por quienes buscaban tener una imagen recreada del país. Esta demanda creció cuando sus Lavanderas del Yaque ilustraron la portada del directorio telefónico CODETEL. En un encuentro casual, donde compartimos unos tragos de café en el Bar Colón, le comenté que debía prepararse como productor ante aquella difundida imagen. “Te harán falta más que esas dos manos para pintar”, le dije. Tiempo después, con una amplia sonrisa me preguntó si sabía de alguien que le alquilara algunas manoplas ya que tenía miedo de perder el pulso ante tanta clientela.
   
Para la etapa inicial de su apogeo pictórico, Mario Grullón ya estaba casado con Ana Cabrera, una alta y elegante mujer convertida en el todo de su vida:  amante, esposa, amiga de los hijos de Bienvenida, madre de dos nuevos retoños, llamados José y Miguel Angel y simultáneamente la secretaria para las citas y el teléfono, la administradora “con tino singular para el producto de las ventas” y sobre todo, la chofera ejemplar, además de vigilante de un jardín, donde estaba localizado “El Manicomio”.  Allí se sumergía el pintor efectuando una ceremonia que se iniciaba a las 7 de la mañana y concluía a las 7  de la noche, por todos los días. Caballetes, cuadros a medio pintar, “espátulas y pinceles, telas embardunadas, tubos de pintura semiabiertos, en pequeñas mesas o en el suelo, eran parte de aquel atelier de patio.  “El Manicomio” de Mario Grullón contrastaba lógico y absurdo en aquel cuidado jardín con arboleda y espacio para las tertulias que parientes e hijos organizaban en torno al gran hombre.
   
El pasado 28 de agosto, patio y taller recibieron al pintor con el perfume y los rumores cotidianos de las hojas, el canto de los pájaros y el ladrido del perro hogareño. El sol se extendió durante otro día en el cual los colores perfilaban un alimento diferente a aquellos que añaden el aroma culinario de la mesa. Trazando un paisaje, auscultado, durante la tarde, uno de los coches con los que formó una campaña reiterativa e identificadora, subió como pasajero definitivo, despidiéndose, no como cualquier mortal, ¡en ese peculiar vehículo en vuelo!




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Merengue de Mario Grullón