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Mario Báez Asunción, Barbarito Diez y el club Arroyo Hondo

Redacción | ACTUALIZADO 25.11.2014 - 11:14 pm

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Por Manolo NOVA

Este sábado 22 de noviembre de 2014 devino luctuoso, pues se nos fue para siempre un amigo sin par, una persona decente y respetuosa, un hombre en extremo laborioso, un artista de la conversación, y un cultor inveterado de la responsabilidad social y familiar. Me refiero al inigualable Mario Báez Asunción, quien, tras algunos quebrantos de salud enderezó sus pasos hacia los brazos del Padre Celestial que, de seguro, lo acogerá a su lado, que es el lugar de los justos.               

Amante de innumerables géneros musicales, Mario era una suerte de profesor de “Historia de la Cultura Músico-popular Latinoamericana”, así como de la biografía de muchos de los mejores intérpretes de la canción caribeña.               

Yo disfrutaba con deleite las enjundiosas charlas que él improvisaba cada vez que nos encontrábamos ya sea en la gira de un trasatlántico o en la mesa de un acogedor restaurante.               

Hay una anécdota que instala a Mario de modo indeleble en mi memoria. Una tarde de finales de la década de los ochenta, el club Arroyo Hondo, del cual él fuera “socio fundador”, ofrecía una gratísima sorpresa a sus miembros.          

 Era un alegre domingo en el que llegó allí, para ser presentado, el inmenso Barbarito Díez, la ‘Voz de Oro del Danzón’. Su compromiso era cantar una o dos canciones, casi de cortesía, acompañado de una simple pista musical.                   

No había entre los parroquianos nadie que se sintiera en capacidad de presentar a un artista tan afamado. Recuerdo que Babá García me dijo: “Si no aparece nadie vamos a presentarlo tú y yo, tú dices dos cosas y yo dos más, y san se acabó”.           

Le contesté que “…me gustaría pero que no conozco nada de la historia de este cantor”. Y le propuse que llamáramos a Henry Soto, que es presentador, o a Mario Báez que tiene un programa en el cual la voz de Barbarito es fija cual emblema.           

Nos decidimos por llamar a Mario, le di la increíble noticia de que Barbarito se encontraba entre nosotros, y le dije que el club necesitaba que alguien como él, conocedor profundo del talento y de la historia de ese artista, hiciera su presentación y su apología. Mario llegó en menos de quince minutos, mandó a organizar la tarima del Gran Salón y cumplió la encomienda de modo magistral. La presentación no solo fue improvisada sino, además, encomiable.                   
Mario narró, en presencia de Barbarito, todo cuanto era de lugar, incluyendo sus inicios al lado de Graciano Gómez e Issac Oviedo así como su papel de solista estelar en la orquesta de Antonio Ma.            

Romeu de la que finalmente fuera director. Después de escuchar las metódicas, concisas y elegantes palabras de Mario, el artista me dijo que nadie nunca lo había presentado de manera tan completa y tan bien hilvanada como lo había hecho “este señor”.                       

Tras esa observación se dieron un abrazo de casi un minuto bajo los aplausos de cientos de socios allí presentes, y Barbarito, que había ido a cantar una o dos canciones, se extendió por quince o más, colmando de una alegre nostalgia aquella tarde inolvidable.                   

Allí hubo gente que lloró, que rió, que cantó y que vivió, en fin, una sorpresa verdaderamente grata no solo por el brillo y la voz de Barbarito, sino también por las motivadoras palabras con que Mario, sin proponérselo, le hizo multiplicar el pan de sus canciones.

Paz a los restos del imborrable amigo Mario Báez Asunción.


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