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Sobre los sentimientos y el complejo de inferioridad

Redacción | ACTUALIZADO 01.10.2014 - 11:53 pm

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He repetido que en los medios de comunicación deberían publicarse, preferentemente,  asuntos para edificar, educar, divulgar, orientar,  precisar y llevar noticias verídicas y promoción de productos  que resulten de interés para los lectores, en vez de  tantas conjolinas y jangá  de  maledicencias y chismes políticos. Tal vez ni nos damos cuenta que este último proceder empobrece nuestras actitudes y nos hace aparecer como gente del mondongo. Por eso, hoy quiero atraer la atención de mis lectores  hacia dos formulaciones que cuando son usadas por aquellos que dirigen programas televisivos y radiales, o bien, escriben en los diarios, frecuentemente distorsionan o confunden a sus oyentes y lectores al usar estos términos. Esas dos formulaciones son “sentimiento” y  la frase “complejo de inferioridad.”
     
 Primero aclararé qué son los “sentimientos” ya que a una bella comentarista televisiva la escuché decir, el otro día, que sentimiento ‘es algo así como lo que uno siente hacia otra persona malo o bueno.’ Pero resulta que el término “sentimiento” es indefinible; solo podemos describirlo. En sus inicios, la Psicología llamó sentimiento a ciertas vivencias como la alegría y el enojo. Por eso, se decía que la animadversión, el pique o la “cuerda” que usted coge contra alguien eran “vivencias incitantes”.  Pero también los sentimientos representan estados de ánimo de curso prolongado, es decir, que son síntomas de un estado de activación o desactivación interior. Un ejemplo de lo que digo lo constituye el sentimiento de culpa que invade a una persona por un largo tiempo después de cometer un asesinato que pudo evitar y a la mujer o al hombre que comete adulterio. Ahora, cuando alguien dice: Fulano tiene buenos sentimientos, de hecho lo que dice es que Fulano tiene emociones positivas como se afectuoso, veraz, altruista. Estas emociones se originan en lado izquierdo del cerebro. Si son negativas como el celo, se forman en el lado derecho.
     
En cambio, los síntomas de un sentimiento o estado de desactivación aparecen en los largos periodos de tristeza secundarios a la pérdida de un hijo, la madre, o aquella desactivación del ánimo que sobreviene cuando la mujer que amamos según el modelo “24/7”, se  fue  con otro.
   
 Habitualmente, dividimos los sentimientos en: vitales, sentimientos del Yo individual y sentimientos transitivos. Entre los primeros se cuentan el dolor, el placer, aburrimiento, alegría, tristeza y la admiración que sentimos por alguien. En los segundos tenemos la venganza, la prepotencia y el egoísmo. Estos tres sentimientos tienen en nuestra psique un origen común.

La persona prepotente cree que debe  vengarse hasta de  un vecino que estornudó  y lo salpicó. Los transitivos son sentimientos sociales como aquel del deber cumplido y avergonzarnos cuando violamos la ética.  Este último sentimiento es desconocido por los delincuentes de cuello blanco y decenas de funcionarios y congresistas en la R.D.  En fin, que los sentimientos tienen una importancia fundamental en nuestras vidas porque son los que nos estimulan a la acción, a la aproximación o evitación, a la dominación o a la sumisión, a la hostilidad o a la convivencia.

 Y ahora ¿qué es el complejo de inferioridad? Los complejos son como un cuerpo extraño que se mete  en  nuestra psique donde quedan reprimidos, inhibidos o fijados, pero como sus contenidos son  incompatibles con nuestra vida consciente, si afloran a nuestra conciencia se disocian de nuestro Yo  ocasionándonos grandes dificultades para lograr una adecuada adaptación al medio social.

Quien sufre complejo de inferioridad lo manifiesta mediante represiones o inhibiciones del Yo fuertemente enlazadas en su memoria y que le sirven como mecanismo de defensa de algo que pretende negar u ocultar.  Quien sufre inferioridad no se da cuenta de su trastorno. Su comportamiento, a veces de halagos  a quienes contempla como gente altiva y saludable, de cuyas vivencias queda excluido, le permite “adaptarse” a un entorno que acepta pero a la vez rechaza. Por eso no es extraño que anatematice y difame públicamente a aquella persona cuyas cualidades desea para él. Los niños aprenden el complejo de  sus padres. De ahí que es fatal que papá o mamá digan frente a los niños “el pobre no es gente”.

Este complejo empuja a muchos hacia la delincuencia violenta. Estos y los hombres que cambian de esposa frecuentemente, o que las maltratan y aquellos que en política nunca logran ninguna meta, pero desafían con rabia al Poder buscando convertirse en mártires, lo hacen como compensación a su complejo de inferioridad.

Por Pedro MENDOZA



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