27 Mayo 2017 11:45 AM

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Un modelo social en crisis

Luciano Filpo

Luciano Filpo

Luciano Filpo | ACTUALIZADO 20.04.2017 - 7:43 pm

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En el siglo XIX, el filósofo Karl Marx, denominado maestro de la sospecha, junto a Freud y Nietzsche, sometió a cuestionamiento y análisis la naturaleza de la sociedad capitalista. Para Marx el capitalismo era un sistema socioeconómico de explotación del hombre por el hombre, capaz de convertir  a la persona en simple mercancía, el cual cuenta con mecanismos de la legitimación y alienación. Marx veía la sociedad desde una perspectiva dialéctica, sostenía que la historia de la humanidad era la lucha continua de grupos que disfrutan los beneficios que se generan en  la infraestructura económica.        
Según el filósofo en cuestión las contradicciones entre el capital y el trabajo eran irreconciliables. A través de múltiples escritos, trabajó el sistema capitalista y las contradicciones de clases; sus teorías fueron convertidas en especie de religión profana, un conjunto de teorías que adoctrinan, que son seguidas, aunque sin un tótem o demiurgo a quien idolatrar. Marx era un propagador de la necesidad de organizar a los trabajadores para revertir la condición proletaria de vivir en la indigencia y las carencias.

En el siglo XVIII, Adam Smith estableció dentro de sus postulados que conformaban su teoría del liberalismo económico, que el trabajo era la base de la riqueza, esta noción contravenía la teoría mercantilista que defendía la acumulación de oro y plata como base de la riqueza de los pueblos. También Smith defendía el libre cambio y el libre mercado. Marx asimiló también la tesis del trabajo como base de la riqueza, pero agrego la paradoja de que quienes trabajan viven en condición de pobreza.

En ese sentido los trabajadores deben apostar por su organización, sindicalización y creación de la llamada dictadura del proletariado. No obstante su naturaleza explotadora y esquilmadora (del capitalismo) este fue y ha sido un sistema prolijo y creativo, ha innovado de forma continua. El afán de lucro y el beneficio han hecho del capitalismo  una máquina devoradora de sueños. Dentro de la lógica de los beneficios netos y marginales del capital no se descartan alternativas.        

Todo lo que aporta réditos es plausible, aun sea la misma condición humana. Las grandes revoluciones consolidaron el capital, pero las ambiciones imperiales de finales del siglo XIX y principio del siglo XX expusieron la humanidad a la destrucción. El capital apela a teorías xenofóbicas, territoriales, nacionalistas y de cualquier índole cuando se trata de justificarse. Wallestein estudia el ciclo del capitalismo como un sistema-mundo, que genera una lógica de acumulación, organización y confrontación.

Eric Hostbaun estudia la era de las revoluciones y del capital y destaca todos los artificios que se pueden articular  desde la perspectiva del capital para justificar su dinámica y crecimiento. En 1929, parecía concretarse la profecía marxista de que, el sistema capitalista llevaba en su seno el germen de su propia destrucción. Se produjo la gran depresión, pero la misma se superó y creo las condiciones para poner en marcha un estado de bienestar y alguna regulación estatal.  Después de la segunda Guerra Mundial, cambian los centros de poder del capital, se desata la confrontación Este-Oeste, ahora son Washington y Moscú quienes deciden los destinos de mundo.            

Durante la guerra fría se profundizan los problemas existenciales de la humanidad, se refina del arte de la guerra, se especializan políticas de exterminio selectivo. La población mundial experimento un giro sorprendente, se da una revolución demográfica. Los progresos de la ciencia contribuyen a este crecimiento inaudito de la población. En los grandes centros de acumulación del capital se promueven lógicas de consumo que alienan al ser humano y hacen insostenible para el planeta, el mantenimiento de estos estilos de vida. Mientras unos navegan entre los bienes superfluos otros se agotan y sobreviven o mal viven en la miseria más abyecta.

Para Peter Druker se está ante la sociedad postcapitalista o postindustrial, ahora ha cambiado la lógica de la sociedad industrial capital-trabajo; se habla que el nuevo escenarios el de capital-conocimiento-poder. En esta nueva dinámica, las luchas de clases han cambiado de escenario y forma. Los oprimidos están masificados y alienados; la revolución tecnológica de la información y la comunicación ha variado los códigos de referencia, se ha propagado el paraíso de la existencia individual. Cada vez se  es más insensible o indiferente a los fenómenos de la sociedad.

Pero algo es evidente las políticas inspiradas en las formas neoliberales y globalizantes han sido mecanismos de concentración de riquezas por un lado, de crecimiento de la pobreza y desigualdad por el otro lado. Las magias de los adelantos tecnológicos  no reflejan equilibrio ni equidad. Los problemas sociales se agudizan: hambre, miseria, marginalidad, cambio climático, asimetrías, insatisfacción, crisis existencial. La sociedad postindustrial es una burbuja que aparenta un espejismo: mucho bienestar, pero fuera del alcance de las mayorías.        

Para José Luis San Pedro la democracia esta secuestrada y las políticas neoliberales de privatización de los servicios públicos han producido más muertos que cualquiera de las guerras del siglo XX.

El autor es Dr. en educación.



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