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La gente inteligente y la “prueba del bombón”

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza | ACTUALIZADO 19.03.2017 - 1:20 pm

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Hace cien años, se iniciaron los intentos de medir la inteligencia humana. Ese interés desde entonces, ha sido uno de los desafíos  que han hecho suyos casi todos los centros de investigación del mundo ya que existe la creencia que  de las mentes  talentosas han de brotar las ideas e instrumentos que  enriquecerán todas las vertientes de la cultura y desarrollo humanos.
  
Desde la década del 1920, la prueba para medir la inteligencia más utilizada ha sido la popularmente conocida como Stanford-Binet. Este procedimiento mide la capacidad de “entender”, “comprender”,  “aprehender” (aptitud para deslindar lo importante de aquello que no lo es  o  separa lo ficticio de lo verdadero),  y de “elaboración” de aquello aprehendido por un sujeto. Es decir, que aunque a menudo la gente cree que la inteligencia es solo tener habilidades cognoscitivas especiales,  lo cierto es que ella es una función que consta de tres elementos: dirección, adaptación y critica.
   
Como se sabía que la inteligencia puede manifestarse de diversa manera, en 1972, el sicólogo californiano, el doctor Walter Mischel,  de la universidad de Stanford,  realizó  una interesante e intrigante investigación utilizando niños de Educación Básica. Quiso saber si los niños con capacidad de aceptar una golosina no en el momento sino tiempo después que la recibieran otros niños, tendrían más éxito en sus estudios universitarios, en la obtención de mejores empleos y una mejor adaptación a circunstancias distintas a las habituales, que aquellos niños que quisieran comerse la golosísima al instante.  Este estudio es el que se conoce hoy como la famosa “prueba del bombón”.
   
El doctor Mischel utilizó 600 niños de entre cuatro y seis años. Los sentó en un gran salón y les dijo: Ahora, mis ayudantes les ofrecerán un trozo de un rico biscocho a cada uno; pero el que prefiera su biscocho no ahora, sino dentro de 20 minutos, recibirá un trozo de doble tamaño. Solo 22 niños, es decir, un 3.6% del total, esperó los 20 minutos para recibir un trozo de biscocho de mayor tamaño al final del periodo. Los 578 niños restantes prefirieron su pedazo de biscocho al instante. A todos los participantes se les dio seguimiento hasta el 1988 para ver qué habían hecho con sus vidas.

Dieciocho de los 22 niños que esperaron los 20 minutos habían hecho carreras universitarias exitosas, tenían empleos muy bien remunerados y parecían bien adaptados a su ambiente. En cambio, cerca del 85% de los que prefirieron su biscocho al instante no fue a las universidades y trabajaban en empleos de baja remuneración. La interpretación de los resultados fue que las personas que son capaces de posponer una gratificación finalmente dan muestras de ser más inteligentes que aquellas que carecen de esa capacidad o función.
   
La historia de la ciencia parece, retrospectivamente, apoyar la noción de que la capacidad o la imposibilidad de posponer una gratificación está relacionado con una mayor o menor inteligencia. Ahí está el caso de Galileo. Pudo evitar la humillación de la prisión con solo no insistir en que Copérnico tenía razón cuando propuso que la Tierra no era el centro de Universo. El prefirió posponer la gratificación del reconocimiento de la comunidad mundial del que goza hoy.

El 31 de marzo, se cumplen 290 años de la muerte de Newton, a quien se considera el científico de mayor trascendencia de la historia. Uno de sus primeros hallazgos fue demostrar que el color de los objetos no nacía de ellos mismos, como era la creencia impuesta por René Descartes, el filósofo y matemático francés de cuyos juicios casi nadie dudaba, sino que los objetos coloreados que vemos se debe a  los rayos luminosos que los atraviesan. Newton tuvo la paciencia de esperar que su idea sobre los colores de los objetos al fin convenciera a sus colegas y nunca tomó en cuenta que estos lo criticaran acremente por desafiar a Descartes.
   
Hoy me parece un contrasentido que durante  la era predigital los dominicanos tuviéramos la aquiescencia de esperar el recibimiento de la gratificación por el esfuerzo y trabajo hecho durante años, y que al contrario, en este momento digital que vivimos, haya tanta gente que prefiere un pedazo de biscocho ahora mismo pero ‘facilito’, y no uno de doble tamaño después de un periodo de laboriosidad reconocida.
 ¿Acaso éramos más inteligentes en la era predigital que ahora en la digital?



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