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Con la vida humana no se hace negocios

Luis Alberto De León Alcántara | ACTUALIZADO 11.01.2017 - 5:28 pm

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La vida es lo más sagrado y digno que Dios nos ha concedido a los seres humanos, y a pesar de su debilidad corpórea, se hace maravillas con ella. Se construyen puentes, aviones; se organiza la sociedad, se establecen derechos entre las personas, etc. Gracias a la vida, somos constantemente promotores de un mejor mundo cada día. Sin la vida humana nada se puede hacer. Ya que por simple que parezca cualquier acción que se realiza a favor de la vida, se tiene que contar con ella misma para lograr los proyectos y los planes.
   
Ahora bien, después que el relativismo se promulgó entre las personas, los principios humanos se han relajado. Las verdades universales han entrado en tela de juicio, no solo en ciertas personas sencillas, sino también en individuos que se creían que por su capacidad intelectual, podían ser más humanos a la hora de defender los valores básicos de la humanidad. De aquí que no es de extrañar que desde hace mucho tiempo, el típico pensamiento, “todo de igual, todo significa lo mismo”, defina el comportamiento de muchos ciudadanos.
   
Tenemos que estar consciente que el avance de los pueblos se pide por la importancia misma que se le asigna a la vida. Se cataloga verdaderamente progresista a una nación cuando el ser humano está por encima de cualquier realidad institucional y jurídica. Se considera como tal, además, cuando sus propios gobernantes, son capaces de renunciar a sus cargos públicos, al sentirse que son impulsados a mentir y jugar una doble moral delante del mismo pueblo que los eligió. En otras palabras, no son solamente los edificios y las avenidas que pueden darle el mérito a quienes dirigen un país de llamarse democráticos, sino quienes colocan la dignidad de las personas en su justo lugar, sin mirar jamás su condición social para tratarlos como se lo merecen.
   
Con la vida no se negocia, no hay un “chance” para la conveniencia. Su existencia no depende única y exclusivamente de los humanos. Nadie puede por democracia decidir quién tiene derecho o no a nacer. Dios es el autor principal de la vida. Ninguna persona puede arrogarse el don de la vida como invención personal, puesto que, aun con los adelantos de la ciencia, todavía no se ha podido inventar una hormiga con todas las facultades naturales. Por consiguiente, nadie tiene autoridad para creerse dueño de la vida.  
   
La vida no es un concepto de “mayorías”. No es un tema político, sino antropológico y metafísico.  No son las personas quienes deciden por la vida, es la vida misma que opta por ellos. Esta es la razón por la que el aborto, la eutanasia, la ideología de género y otros temas, no deben tratarse partiendo de posturas ideológicas “progresistas”, sino desde el mismo orden que la naturaleza nos ha dado, pues solo se puede cambiar lo accidental, jamás lo esencial de nuestra condición humana.



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