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Doña Claridilia: Desde mis miradas

Josefina Almánzar

Josefina Almánzar

Josefina Almánzar | ACTUALIZADO 18.07.2019 - 6:12 pm

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La vida nos encontró cuando ella estaba entrando a la estación de su invierno, sin embargo, nueve años sirvieron para ver y sentir lo que esta matrona llamada Claridilia Mercedes Taveras Rodríguez, mejor conocida como Mama por sus cercanos, representó en su larga familia compuesta por seis hijos, dos hijas y una inmensidad de nietos, nietas, biznietos y biznietas.
   
Ese tiempo bastó para entender la idiosincrasia de una familia con características poco comunes para los tiempos que hoy vivimos. Una familia de tradiciones, costumbres y valores tan arraigados como las raíces de los samanes que rodeaban las grandes extensiones de terreno que bordean la casa grande donde nacieron y crecieron sus hijos e hijas.
   
Cuando me encontré con ella, ya su amado compañero de vida, don José había partido a su otra dimensión, sin embargo, ese amor de 52 años compartido lo mantenía en su mente y en su corazón como un compañero presente, como el primer día, pues en sus conversaciones siempre lo mencionaba con tanta naturalidad que sentíamos que estaba a su lado.
   
La Mama no aprendió palabras deslumbrantes a pesar de que en su familia el uso de la palabra es un don.  Su palabra era su presencia, su estar y en ese estar estaba su esencia.

Muchas veces no sabía si hacía frio o si lucia el sol solo la ilusión de vivir, de recorrer los caminos de su pasado estaban en su mente. El deseo de volver a la casa grande, al conuco para sembrar junto a su amado la tierra. El deseo de volver a escuchar el ruido, las voces de sus hijos e hijas correteando en la inmensidad de esas tierras, el sentarse bajo la sombra del samán, volver a la cocina hacer sus jugos de cerezas, los deliciosos platos para la comida dominguera, les acompañaron en los días de su última estación.
   
Fue una mujer de gran fortaleza física y mental, la caída de la cama que le fracturó el fémur y la condenó a una silla de ruedas no fue impedimento para sus paseos un domingo cualquiera. Esperaba sentada y dispuesta a coger carretera y pelo suelto. Sí, cada domingo era la cita esperada por ella, recibía a su hijo José Horacio como quien espera a un novio en primavera, con sus labios pintados de carmín, sus uñas impresionantemente arregladas, su blusa de flores y un mi amor en su boca.
   
El pasado 11 de julio, con 89 años de edad, la Mama decidió partir para encontrarse con su amado José. Antes de hacerlo se vistió de rosas blancas su cuerpo físico, pues su amado había hecho esa solicitud si el partía primero, para recibir a su muñeca, como le llamaba, envuelta en pétalos de rosas blancas.
   
Así lo hicieron sus hijos e hijas la vistieron para la ocasión del reencuentro de esos dos amantes eternos. Ya me los imagino, ahora andan tomados de la mano dándole ideas a Dios para que agregue nuevos insumos al abono del corazón de la humanidad.
  
 Me la imagino a ella, dentro de su jocosidad, característica que la destacó, diciéndole a Dios que se tome una siestecita, que debe estar muy cansando, mientras ellos toman las riendas del cielo y ponen a todo el mundo a danzar a su ritmo, a su estilo, sin prisas, pero sin pausas.  
   
Y Dios, aceptará todo lo que le pidan porque como dice la canción de Raphael de España: “porque allí (en la Casa Grande) solo hay un lema, tanto has hecho, tanto vale y ya saben lo que has hecho y ya saben lo que vales.

Desde mis miradas, doña Claridilia y don José, los eternos enamorados, tienen su trono ganado en esa Casa Grande.

La autora es abogada y docente universitaria.


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