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Cuando Dios calla

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco | ACTUALIZADO 14.06.2019 - 6:59 pm

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En el norte de Europa circula la leyenda de Haakon, un buen hombre que cuidaba una ermita en la que había un gran Jesús crucificado.
   
Un día, Haakon dijo a Jesús: “Señor, quiero padecer por ti. Permíteme ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la Cruz.”
   
“Siervo mío, accedo a tu deseo, a condición de que, suceda lo que suceda y veas lo que veas, permanecerás siempre en silencio.”

“¡Te lo prometo, Señor!”
Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado de los clavos en la Cruz, ni al Señor ocupando el puesto de Haakon, quien por largo tiempo fue fiel a su promesa.  
       
Un día llegó un rico a orar y dejó olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló.
       
Luego un pobre, horas después, se apropió de la cartera.
       
Tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él para pedirle su gracia, antes de emprender un largo viaje, justo cuando el rico volvió buscando su cartera.
    
Al no hallarla, acusó al muchacho de habérsela cogido y lo maltrató duramente.       
   
Entonces sonó una fuerte voz: “¡Detente!” El rico vio sorprendido que la imagen le hablaba, defendiendo al joven y amonestándolo por la acusación sin fundamento. Totalmente confuso, salió corriendo de la ermita, al igual que el joven, quien tenía prisa por correr al puerto y emprender su viaje.
       
Tiempo después quedó la ermita a solas. Cristo dijo a Haakon: “Baja de la Cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.”

“Señor, ¿cómo iba yo a permitir semejante injusticia? “
   
Jesús ocupó la Cruz nuevamente. “Tú no sabías que al rico le convenía perder la cartera, ya que llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. 
   
El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero para su familia. En cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje, que para él resultaría fatal.  Justo ahora acaba de zozobrar el barco y ha perdido la vida. Tú no sabias nada. Yo sí. Por eso callo.”

Y el Señor nuevamente guardó silencio.

¡Cuántas veces en la vida nos preguntamos por qué razón Dios no contesta nuestras oraciones!
       
Muchos quisiéramos que Él nos respondiera lo que deseamos oír y que lo hiciera rápidamente. Pero Dios no es así. 
       
Y es que Dios nos responde aún con el silencio. Debemos aprender a escucharlo aún cuando calla.
       
Su silencio son palabras destinadas a convencernos de que Él sí sabe lo que está haciendo.  En su silencio Él nos dice con amor:

“¡Confía en Mí, que Yo bien sé lo que hago!”
   
Dice el Padre Fernando Pascual que nos cuesta entender ese misterio de la oración “no escuchada”. Se trata de confiar hasta el heroísmo, cuando el dolor penetra en lo más hondo del alma, porque vemos cómo el sufrimiento hiere nuestra vida o la vida de aquellos seres que más amamos.
       
En esas ocasiones necesitamos recordar que no hay lágrimas perdidas para el corazón del Padre que sabe lo que es mejor para cada uno de sus hijos. El momento del “silencio de Dios” se convierte en el momento del sí del creyente que confía más allá de la prueba.
       
Entonces se produce un milagro quizás mayor que el de una curación muy deseada: el del alma que acepta la Voluntad del Padre y que repite, como Jesús, las palabras que decidieron la salvación del mundo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).

Bendiciones y paz.
 


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