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Hagamos la diferencia...

Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara | ACTUALIZADO 12.06.2019 - 6:30 pm

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La rutina mata la ilusión de vivir. Tiene la capacidad de volver a los seres humanos sin sentidos, individuos automáticos, que no analizan lo que hacen; personas inconscientes de los actos que realizan, que dejan morir lentamente la pasión que todos llevan por dentro. Incluso, se puede llegar a creer que ya nada tiene razón de ser para transformar el espacio que todos habitan. Pero todo esto se queda en palabras, cuando se logra ver a un joven cantar, a una señora recitar un poema y a un grupo montar un baile coordinado. Todos estos hechos son signos para seguir creyendo en la esperanza y continuar luchando por un mundo mejor, a través del arte.
   
¡Cuánta belleza se presenta delante de nuestras miradas! Son tantas las cosas que se pueden hacer diariamente para mantener el ánimo bien alto, que no tendríamos tiempo para la tristeza ni para la amargura. Sin embargo, como el contexto social influye en muchos, el interés se va perdiendo, los valores se van ocultando y la depresión junto al pesimismo va reclamando su espacio en el mundo. Todo esto va contagiando al colectivo para que se queden con los brazos cruzados, y a la vez, dormidos.  
  
Es difícil mantener la llama de la alegría en un mundo caótico y apático. En una generación, donde muchos se han trazado como meta no hacer nada y quitarle el deseo al que pretenda desear algo al respecto. A lo mejor esto sucede porque hay envidia, orgullo y vanidad; actitudes enraizadas para no permitir que nadie salga del hoyo, sino que todos se mantengan en la oscuridad, y que ninguno vaya a la superficie para que nos cuente cómo va todo allá arriba.  
   
Muchos prefieren quedarse en la orilla; vivir quejándose de todo y, dejando que el tiempo pase sin ninguna ilusión y sin mostrar por lo menos, alguna aspiración humana, cuando deberíamos mejor, seguir observando al que toma la iniciativa, al que lo hace todo sin esperar recompensa; a esos que asumen los compromisos como si fuera la última acción de sus vidas. Por eso, hay que seguir instruyéndose de los optimistas para aprender de su comportamiento, de sus inquietudes y de su manera de encarar la vida. Porque pese a que nuestro alrededor proyecte un ambiente tenso y complejo, ellos suelen perseverar en lo que se han propuesto. Tienen identidad, y saben hacía dónde van y nunca olvidan de dónde vienen.
   
Nunca podemos olvidar que el esfuerzo tiene su recompensa y que el anonimato se desvanece con el tiempo. Nosotros decidimos: si ser parásitos en la sociedad o convertirnos en la diferencia. Podemos ser distintos, aunque no encontremos aplausos ni tampoco nos entreguen algún reconocimiento. Aun así, debemos estar en constante renovación social, ya que en el fondo quedará la satisfacción de tener el alma tranquila. Brillaremos con luz propia, y cuando llegue la noche, no tendremos que esperar a que los otros enciendan sus luces para no quedarnos en la oscuridad.
 
 


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