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Violencia: una lectura apócrifa

Aquiles Olivo Morel

Aquiles Olivo Morel

Aquiles Olivo Morel | ACTUALIZADO 11.06.2019 - 7:49 pm

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¿Y que busca David Ortiz visitando asiduamente un bar en medio de esta vorágine de inseguridad? ¿Ignora lo que significa disponer de este nivel de popularidad y riqueza? ¿Los famosos no saben la dificultad de administrar esos niveles de aceptación? ¿Podría alguien ignorar la presencia del Big Papi? ¿Cuánto tiempo tiene el Big Papi disponible ahora que goza de una formidable fortuna acompañada de una asombrosa popularidad, tanto a nivel nacional como internacional?
  
Cada día la República Dominicana se sumerge en el espanto por hechos violentos donde aparecen figuras, personas comunes, elementos de todos los estratos sociales involucrados en estos hechos sorprendentes. En algunos casos son víctimas de robos, en otros se les vulneran sus derechos y, por supuesto, los crímenes asombrosos estremecen su entorno. Recientemente dos turistas de esos 7.5 millones que visitan los polos turísticos fueron encontrados muertos en sus habitaciones. El asombro no se detiene, a cada instante los organismos de seguridad del Estado dan cuenta de miles de llamadas donde los ciudadanos colocan querellas de todo tipo.
  
Las encuestas publicadas, hace apenas unos meses, mostraban los temas que más preocupaban a los dominicanos, y ahí, desde luego, estaba dominando el centro de sus inquietudes, la seguridad ciudadana; le seguía en una posición de privilegio el desempleo. Estos estudios demuestran cómo familias completas tratan de escapar de las condiciones de vidas en las cuales se encuentran. Un alto por ciento -60% de los encuestados- dice tener planes de migrar a otros países.
  
Una sociedad donde el grupo poblacional predominante son los jóvenes  –los mileniales (1,286,670) o Los Zetas–, zarandeado por el voraz consumismo, afectados por el desempleo galopante en un mundo donde el dinero se va abriendo paso como único mecanismo con credenciales para la vida,  resulta muy cuesta arriba no admitir que se crea el caldo de cultivo para incentivar la comisión de delitos.
  
El sifón por el cual se escurre la descomposición social se encuentra en el “desempleo, antivalores, pobreza, hambre, narcotráfico, desigualdad y abuso de poder” (La Información, lunes 10 de junio de 2019), miles de dominicanos marchan irremediablemente hacia la descomposición social.
  
¿Qué hacer? ¿Cuándo empezar a combatir con políticas públicas claras este flagelo? ¿A quién corresponde asumir el compromiso de dar un paso hacia adelante en la construcción de un modelo democrático mucho más inclusivo?
  
Existe una tanda de hechos bochornosos contra la moral ciudadana. Los casos por momento dejan de asombrar debido a la celeridad con la cual uno sustituye al otro. Las autoridades parecen estar “desbordadas” por el sistemático fenómeno de violencia y descomposición y las familias, resguardadas, empiezan a anidar los miedos, estos temores sumen a la gran mayoría en la desesperanza.
  
Por momento, se reclaman medidas heroicas olvidando en ocasiones las causales de esta realidad. La democracia parece no tener los filtros necesarios para impedir los desmanes de unos líderes apartados de sus principales principios. Servir a la gente se puede considerar como el fin último de este modelo administrativo donde la mayoría participe de la política en procura de alcanzar un bien común.
  
Sus conjeturas no pueden ser olvidadas: si la gente se encuentra insatisfecha, el modelo democrático se deteriora. Hay que recurrir permanentemente a las vías más seguras para que los ciudadanos puedan participar y aportar a su construcción. De manera permanente, hay que estar atento a qué cosas las fortalecen y cuáles las debilitan. Sin duda que la ola de delito incubada como consecuencia de sus debilidades, prohijando un clima de inseguridad, debiera llamar la atención de todos.
  
Hay un desenfreno en estos hechos que nadie puede tolerar: la pobreza en medio de una abundancia exhibida por una minoría indolente;  si se observan, las dificultades de las últimas semanas para acordar un simple aumento en los salarios de los trabajadores. Igual sucede con las tentativas de eliminar las conquistas de los trabajadores modificando el código de trabajo.
  
Los intereses creados anulan toda posibilidad de ir construyendo un sistema donde las mayorías no se sientan perturbadas por este fenómeno de descomposición social. Pareciera como si los sacrificios solo pueden ser asumidos por el gobierno, las élites se colocan al margen dejando pasar los días,  ahondando las dificultades de las grandes mayorías.
  
Hay carencia de sensibilidad social, la democracia no ha sido capaz de ahondar este elemento fundamental de su naturaleza. Las grandes sociedades fueron construidas por hombres de abundante capacidad humanística. Los hubo, incluso, que renunciaron a todos sus intereses en aras de lograr la concordia y la paz colectiva.
  
Este material humano está ausente en todos estos pueblos cuya independencia fue impulsada bajo el amparo de alcanzar un horizonte de bienestar para sus ciudadanos. Fueron idealistas, quienes  abrevaron en la fuente de un pensamiento filosófico, básicamente cristiano, sujeto a los vaivenes de las circunstancias.
  
Resulta penoso cómo esta desviaciones sociales se tragan continuamente familias completas, cuando no la dejan sumergida en luto. Niñas, pequeñas adolescentes atrapadas bajo la sombra de los embarazos, con  hombres adultos tiempo después abandonadas. Una réplica continua de la pobreza se encuentra en estos niños cuyo destino se puede visualizar con facilidad.
  
Las familias dominicanas no disponen de esos soportes históricos, de los emprendidos por los europeos en la época de la conquista. Las familias de estos tiempos no pueden afirmarse, son una consecuencia de este cuadro socioeconómico de inequidad. Son las elites que deben involucrarse en la decisión de cambiar de rumbo a unas sociedades donde opera, como algo normal, la impunidad frente a los ojos expectantes de las mayorías.
  
Las grandes celebridades no ignoran esta precaria realidad. Aún así la desafían, porque en la “sociedad del espectáculo”, las máscaras parecen estar presentes en todas partes; con ellas se arrancan las rasgaduras de unas vestimentas que no alcanzan a cubrir la falta de un modelo, incapaz de soportar un largo tiempo sin ser revisado.
  
Concluyo con  Charles Dickens y su Historia de dos ciudades: «Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos, era el siglo de la locura, era el siglo de la razón, era la edad de la fe, era la edad de la incredulidad, era la época de la luz, era la época de las tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, lo teníamos todo, no teníamos nada, íbamos directos al Cielo, íbamos de cabeza al Infierno; era, en una palabra, un siglo tan diferente del nuestro que, en opinión de autoridades muy respetables, solo se puede hablar de él en superlativo, tanto para bien como para mal».




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