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Pascual Ramos

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Pascual Ramos | ACTUALIZADO 17.04.2019 - 7:13 pm

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La palabra “FE”; cuando se sabe poner en práctica, utilizando los principios religiosos que se explican en la Biblia, el tema de: “CUIDAR NUESTRA CASA COMÚN”, por ejemplo, como lo enseña el Papa Francisco en la Encíclica Laudato Si; cobra significado de trascendencia universal, en donde lo humano y lo divino se puede entender, gracias a la bondadosa misericordia del Supremo Creador: Dios.
   
En la línea cibernética http://es.thefreedictionary.com/fe, el concepto en cuestión se define como la: “Confianza o creencia en alguien o algo cuyas cualidades no necesitan ser demostradas. Virtud teologal del cristianismo que consiste en creer en la palabra de Dios y en la doctrina de la Iglesia. Intención de una persona al hablar o actuar. Conjunto de creencias y dogmas de una religión o una doctrina política”.
       
Es posible que lo de confiar y creer, sea lo que protagoniza el sentido de inmortalidad al mensaje de salvación predicado por Jesús Cristo, el hijo de Dios hecho hombre, para redimir ante el padre celestial la raza humana, liberándola de la esclavitud del pecado.
   
La oración posibilita el enlace de paz entre Dios y el hombre, haciendo posible la convivencia fraterna y la alegría de saber que se cuenta con un padre común, que recibe en su regazo eterno de gloria liberadora, a todos sus hijos dispersos por el mundo.
      
Cuando se tiene la gracia de experimentar la presencia divina, entonces se puede decir, que la verdad del Dios de la vida, está presente en el escenario de misericordia y de amor; propagándose el poder del bien sobre el mal, en donde triunfan los valores de: Solidaridad, respeto, responsabilidad, cooperación, austeridad y libertad.
 
Con lo afirmado, toma fuerza y más vigencia espiritual y material, el pensar de la Madre Teresa de Calcuta, cuando en su accionar evangélico por este mundo, sentenció lo siguiente: “Si juzga a la gente, no tienes tiempo para amarla”; dejando como enseñanza teológica de misericordia y perdón, el legado misionero que dice: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. Y el fruto del servicio es la paz”.         
   
Los ejemplos de hombres y mujeres de vida consagrada y de amor incondicional por los demás, son como los destellos de la luz del Supremo Dios, que iluminan el sendero de la vida terrenal, por donde caminan hacia la casa celestial, los que prefieren en este mundo, seguir los pasos del que por su muerte y resurrección, dividió la historia de la humanidad; en un antes y un después. Jesús, como hombre de dimensión divida y como Cristo vencedor de la muerte en cruz, resucitando al tercer.
   
El enfoque teológico de los milagros realizados por Jesús, se puede entender desde la práctica de fe, creyendo y poniendo toda la confianza, en las tres divinas personas o la Santísima Trinidad: “Padre, Hijo y Espíritu Santo”.    
  
El lenguaje bíblico sobrepasa todo poder terrenal; y es en este punto, donde la ciencia reconoce su incapacidad de atravesar esa frontera sobrenatural, como el gran límite entre lo divino y lo material.
       
El cuestionamiento científico, se paraliza cuando se encuentra con casos de curaciones milagrosas de enfermedades terminales, que el conocimiento humano médico, no puede dar explicación; reconociendo el poder de sanación que puede ocurrir producto de tener fe en Dios; nombre con el que se le ababa, adora y proclama en la religión Católica, al Supremo Creador.



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