19 Abril 2019 8:34 PM

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José Alejandro González

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José Alejandro González | ACTUALIZADO 10.02.2019 - 5:54 pm

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Abordemos brevemente el hecho de la existencia, para ello tomemos algunas de las formas más sobresalientes del quehacer humano manifiestas en el transcurrir inevitable del tiempo con el propósito de componer un simple cuadro cuyos elementos constitutivos nos permitan ver, borrosamente, algunos aspectos de la realidad humana. Desde su aparición el quehacer primordial de la criatura humana ha sido la lucha por la vida.

Ante un imperativo categórico emanado de una conciencia universal, el ser humano está compelido desde su inconsciencia a cumplir ese mandato vital: existir. Para su cumplimiento creó los instrumentos de ataque y defensa más característicos de sus primeros estadíos históricos; hachas de sílex, lanzas, arcos, flechas y el dominio del fuego. Con este instrumental a la mano se impuso al hostil entorno de la naturaleza, a los ataques de las bestias que le acosaban y a los ataques de su prójimo, el otro; el múltiplo común repetido indefinidamente en los espejos cambiantes de la historia. La particular lucha entre prójimos es la guerra, ese quehacer aparentemente absurdo que la razón vital rechaza y la razón moral censura, lugar existencial donde los unos buscan el exterminio de los otros.            

Durante el transcurso de milenios, el ser humano, además de eficientizar sus primitivas armas creó muchas otras cada vez más precisas, devastadoras y mortales con la finalidad de mejor aniquilar a su prójimo.        

Hoy en día hay un tenebroso y abundante arsenal de armas nucleares que las potencias de primer y segundo orden poseen, del cual, si fuere utilizado una ínfima parte de este engendro de la ciencia moderna, el planeta tierra estallaría en mil pedazos.        

Hay un profundo llamado en el interior del hombre que lo induce a someter su insegura conciencia a presentidos e imaginados dioses creadores de las cosas y a fuerzas indomables de la naturaleza.     
  
En ellos busca ayuda y refugio en sus frecuentes impotencias existenciales, en su siempre presente  ignorancia cuando implora a los vientos y océanos, a los fuegos celestes y a los imaginados y poderosos dioses personales el poder para superar los obstáculos y fuerzas naturales y el saber para crear los instrumentos nuevos de conquista y dominio sobre el prójimo y la naturaleza. Al unísono surge, con el implorar, el ritual; norma primigenia de toda religión. El quehacer religioso acompaña al hombre desde entonces hasta nuestro tiempo. El ritual se amplía y las ceremonias de adoración y entrega surgen  complejas y severas.            

Aparecen también los códigos religiosos contentivos de imperativas e inexorables leyes a ser cumplidas acompañadas de advertencias de castigos terribles para aquellos que incumplan o para aquellos incrédulos de siempre. La palabra se hace verso al implorar el perdón de los dioses y, un pensamiento toma forma en el intento de explicar la naturaleza y origen de los dioses y del universo: el mito. La creencia religiosa se afirma en la medida en que el poder y el saber de la comunidad humana se fortalecen y crecen en la fe, cuando la confianza en lo que se cree se convierte en certeza, en verdad solo tangible y verificable por el espíritu.        

Las grandes religiones del mundo antiguo y actual, vigentes, actuantes y, otras que surgirán asumidas por los creyentes con el mismo fervor de búsqueda de poder, saber y la pretendida salvación de sus almas,  perdurarán por siempre en el hombre. La gestión del grupo humano primitivo es responsabilidad de los mayores vivos y de los ancestros muertos. El crecimiento de la población determina creación y cambios de reglas y jerarquías para el gobierno de la tribu. Tribus, familias y clanes son formas del convivir gregario del hombre primitivo y antiguo. El quehacer político/administrativo de la comunidad adquiere tal carácter cuando esta se convierte en reino, ciudad estado, imperio o república.        

El quehacer político ha consistido, entre otras cosas, en organizar, dirigir, coordinar, administrar, legislar, impartir justicia, defender la comunidad de agresiones externas, conquistar y colonizar otros pueblos, educar e instruir, cuidar su salud, en sentido general, en la afanosa búsqueda del bien común.        

En las sociedades democráticas el actor político es la comunidad entera, quien delega en representantes elegidos o designados sus funciones. Ha ocurrido con frecuencia que los representantes elegidos o designados  favorecen clases, grupos o particulares, incumpliendo con el principio de búsqueda del bienestar de toda la comunidad. Desde hace mucho tiempo-constitución estadounidense, Revolución Francesa, descolonización latinoamericana-- sociedades de la llamada civilización occidental alientan el establecimiento de  formas de gobierno democrático en regiones y zonas cuya tradición autocrática y colonialista del quehacer político ha perdurado durante siglos. Particularmente en los países latinoamericanos que se independizaron del colonialismo español y portugués durante el transcurrir de los siglos XVIII y XIX, el posterior proceso de fundación de Estados democráticos ha sido, hasta la segunda década del actual siglo XXI una experiencia sumamente accidentada, difícil de concretizar, repetitivamente frustrante. Las causas pueden ser varias; desde el arrastre histórico de la conquista y la colonización europea hasta los fallidos esfuerzos por fundar sociedades justas e igualitarias según las visiones del Materialismo Dialéctico marxista y del socialismo leninista y de la revolución cubana.            





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