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Santiago: ejemplo de limpieza y urbanidad

Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto | ACTUALIZADO 10.02.2019 - 5:53 pm

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“Pregúntate si lo que haces por tu casa hoy te está acercando al hogar que quieres mañana«.

Mientras la ciudad de Santiago caía abatida por las ratas, las sabandijas, el desaseo y la mugre, sus lugares intramuros eran mirados con indiferencia constituyendo materia de sobresalto por los desaliños de las barriadas y su estado de decadencia, debido a que las alcaldías habían caído en una fase lastimosa de corrupción administrativa abominable e infame.
   
Además, los servicios básicos municipales se transformaron perniciosamente hasta llegar a parecerse a aquellas vestimentas haraposas, apestosa que aparece en el poema la «Ropa sucia« y otro verso de los calcetines sucios de aquel análisis de Neruda sobre la «oda de los calcetines«.
   
Hoy esta urbe es vista con admiración y, por qué no, con lógicos celos. Santiago, como Paris, vivía de su pretérita reputación de ciudad aseada y del ejemplo de civismo de sus habitantes.
  
Los años de abandono, descomposición social y de chapucería oficinesca le han salido costosos a Santiago. En aquel momento parecía que el municipio de Santiago estaba al borde del colapso.

Lo maligno de la situación anterior era que los ciudadanos habían aceptado, poco más o  menos, revolverse en las inmundicias, inclusive, el mercado de Pueblo         Nuevo los jueves de cada semana se transformaba en un estercolero pestilente y en una circulación de algunas gentes sin hábitos de urbanidad, hasta el extremo de ver mujeres y hombres defecar y mear a campo abierto en las calles, alejados de la más mínima discreción.

A pesar de eso, el mercado generaba un comercio intenso. Ese desarrollo socioeconómico se hacía a costas de lesionar nocivamente el medio ambiente, no exclusivamente del entorno del mercado, ya el deterioro estaba alcanzando peligrosamente el casco urbano.
   
Frente a tal descomposición del contexto social de una ciudad, se llegó a objetar la ubicación del mercado de Pueblo Nuevo, hasta que el alcalde Abel Martínez Duran se impuso la decisión de rescatar la ciudad poniendo en movimiento tareas de limpieza y embellecimiento del municipio, a pesar de algunas voces que por razones variadas desaprobaban la medida y llegaron a satanizar la disposición.
  
En poco tiempo Santiago fue cambiando de manera axiomática  el rostro mugriento y la facha desaseada que iba imponiéndose como algo que fastidiaba lo eminentemente urbanístico; fue limpiándose con el empeño del ayuntamiento. Como era de esperar, aquella decisión pasó de lo satánico o perverso, a lo favorablemente limpio y maravilloso.

Santiago fue transfigurada en un abrir y cerrar de ojos en una ciudad visualmente adecentada en la que aparecieron dibujos y murales gigantescos hechos por artistas de la plástica dominicana que reflejan la crónica o estampas de cada barrio y, a la vez rememoran en la mente de las personas de los suburbios las figuras más representativas del pueblo.
   
Ese toque pedagógico y artístico ha venido influyendo de forma provechosa en la psicología de la ciudad hasta el grado que las gentes ricas, pobres, profesionales u obreras se constituyen en grupos para hacer tours por los barrios guiados por actores y pintores jóvenes que explican al público la naturaleza de cada una de las estampas que hablan sobre la historia del barrio.
   
Las autoridades del ayuntamiento con el remozamiento del túnel que conecta el parquecito llamado «Los cauchos« hasta el frente de la entrada principal de la Pontifica Universidad Madre y Maestra han sorprendido atrevidamente a los munícipes dándole una impresionable presencia al subterráneo donde se ha logrado combinar el arte bello y la seguridad de las personas que transitan ese corredor, hoy vigilado veinticuatro hora por la policía municipal.
   
Santiago merecía que se le trate como ha sido conocida históricamente, «La ciudad corazón del Cibao« y no como un vertedero inmundo de basuras y de gusarapos amontonados en los desaguaderos de la ciudad generando enfermedades infecto contagiosas. Hay que reconocer, lejos de la política y la mezquindad, que al alcalde Martínez Duran se le ha impuesto a la cochinada y a la contaminación con disciplina y voluntad.
  
Al menos que algunos santiaguenses prefieran toda la apatía de los síndicos anteriores y así hacer de Santiago, como Buenos Aires, la cuarta ciudad más sucia del mundo. Falta que el Alcalde Abel Martínez Duran, con su entusiasmo y buen gusto envíe una brigada armada con escobas, camiones de bomberos y detergentes para limpiar el ambiente fétido de los túneles debajo del Monumento a los Héroes de la Restauración, cuyo lugar se ha convertido en una caverna de drogadictos, de cacos y de todas clases de salteadores, dominicanos y haitianos.
   
Mientras tanto, hay que celebrar la determinación del alcalde Martínez Duran de hacer de Santiago un orgullo nacional como ciudad y, al mismo tiempo, habla bien de su administración y de su temple.
 
 
 
 
 


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