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Multiplicidad de máscaras

Felipe de Js. Colón

Felipe de Js. Colón

Felipe de Js. Colón | ACTUALIZADO 10.01.2019 - 7:39 pm

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El ser humano está llamado a relacionarse correctamente con los demás. Nos produce una enorme satisfacción cuando el diálogo, el intercambio de conocimientos y experiencias transcurren de manera transparente, fluida y sin doblez, y lo contrario nos produce preocupación, escozor,  decepción y paralización de los sentimientos.
   
La palabra Máscara tiene su origen etimológico en la palabra árabe, Mas-hará= bufón, de donde pasó al español, y designa una ficción que oculta la realidad. En griego, la máscara era lo que ocultaba el rostro, y de allí derivó Persona. El actor se cubría el rostro, como un recurso que ayudaba a proyectar la voz, también para no ser identificado por el espectador. En griego “Prósopon” (pros= delante de y pos= faz), originando las voces “persona y personaje”. En la antigüedad, sobre todo en el ámbito del teatro, “máscara y persona”, luego “personaje y persona” se fundían en una misma entidad. En síntesis: Máscara= careta= antifaz= disfraz=fingimiento.
   
En la sociedad actual, corremos el peligro de adoptar esos personajes que conviven en el escenario psicológico de nosotros mismos.  Personajes que hemos ido almacenando como conducta aprendida, al verlos desfilar en la vida misma, así como también en el  cine, el teatro y las telenovelas. Es una errónea conclusión fingir lo que no somos o sentimos, deduciendo que, ésa falsa postura,  constituye el éxito de relaciones sanas, perdurables y gratificantes.
   
La madurez humana nos ayuda a conducirnos frente a los demás de manera auténtica. Colocarnos, según nos convenga, la máscara, del “agresivo”, y del “pesimista” hoy; del “indiferente”, y “del frágil” mañana. En el evento del fin de semana me pongo la careta “del complaciente” y “del salvador”, etc., este comportamiento  denota falta de personalidad sólida.
   
Algunos afirman que detrás  cada careta, siempre está el miedo al rechazo, al compromiso, a comunicarnos, a establecer relaciones, a cubrir las expectativas que los demás tienen de mí.  
   
Toda máscara es una especie de escudo, protege e impide que los otros vean lo que realmente somos. Una identidad diferente a la propia, pretende ocultar las intenciones de nuestro corazón. Allí en las profundidades de nuestros corazones se gestan los sentimientos, se forjan los pensamientos, se cuecen las palabras y los actos del ser humano.
   
Óscar Wilde, nos ha dicho: “¡Cuántos perderán su alegría y la pureza de sus almas por conquistar una careta, para luego pagar el amargo precio de tenerse que pasar la vida viviendo con ella puesta!”.
   
Hacer de la vida un teatro, es algo que nunca será eterno. Ésa máscara que al principio nos dio aparentemente beneficios, se romperá al enfrentarnos a circunstancias impredecibles, estresantes e inesperadas. Alguien nos pisará nuestro talón de Aquiles, y quedamos al descubierto, desenmascarados.
   
Para evitar caer en el absurdo uso de la careta carnavalesca, es necesario conocernos a nosotros mismos, revisar desde la fe, como nuestra vida ha ido evolucionando a través de los años. Descubriremos en la tranquilidad del desierto,  las heridas y traumas del pasado, y superarlas con la ayuda de un profesional de la psicología y sanarlas con el auxilio del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
   
Descubrir el carácter luminoso de la fe, nos dará una valiosa herramienta para ver al otro como un hermano, una criatura de Dios, que irrumpe en mi vida para caminar y crecer juntos, afrontando con tenacidad a los teatreros de la vida, a los que se disfrazan de ovejas siendo lobos rapaces, a los que tienen como filosofía de la vida: manipular, mentir y traicionar. En el escenario del cielo, no hay espacio para los hipócritas, desleales, deshonestos y corruptos.
  
 Que el Señor nos ilumine para que podamos vivir una vida, no maquillada sino auténtica, brindando amor no fingido. Procuremos encarnar los valores del Evangelio y así evitar la tentación de vivir una doble personalidad. Que el auxilio del Espíritu Santo nos ayude a escribir bellas páginas de amor, alegría y fecundidad apostólica, guardando la esperanza que después de esta vida terrenal,  seremos  en la Jerusalén de arriba,  cuerpos resucitados.
 
El autor es, Juez del Tribunal Eclesiástico.
 


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