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Final de año

José Alejandro González

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José Alejandro González | ACTUALIZADO 06.01.2019 - 7:27 pm

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El mundo occidental celebra el 25 de Diciembre, último mes de cada año, el nacimiento de Jesús de Nazaret, fundador de la religión cristiana considerado hijo de Dios y el mismo Dios encarnado en un ser humano para redimir los pecados de los hombres mediante su sacrificio. El nacimiento de Cristo es el punto de partida para la realización de los cómputos cronológicos de la Era Cristiana.

El tiempo anterior tenía como punto de partida para llevar a cabo el cálculo del tiempo histórico la fundación de Roma. Por ello ese amplio período de cronologías fue conocido como Era Romana. Dionisio, monje cristiano y astrónomo aproximó el nacimiento del Hijo de Dios -cuya fecha exacta los cristianos ignoraban-al año 248 de la Era Romana. Con la conversión aquel año del viejo calendario Dioclesiano pasó a ser el año 532 de la Era Cristiana.

Según los historiadores lo más probable es que Cristo haya nacido antes del siglo IV de la nueva era, fecha de la muerte del rey Herodes en tiempos de la visita de los Reyes Magos a Belén. La novedad cronológica tardó en ser acogida por la comunidad cristiana.

Fue durante el periodo medieval cuando la iglesia y la muchedumbre humana europea experimentaron y aceptaron como verdadera la data del nacimiento de Cristo. El cristianismo además de pensamiento y doctrina que una razón teológica ha construido y enseñado, es un creer y un sentimiento que durante más de dos milenios ha sido el alimento espiritual del hombre occidental.

Es una incuestionable realidad que la modernidad trajo consigo la ciencia experimental que permitió descubrir las leyes de la física, una nueva astronomía que colocó el sol como centro del mundo y un pensamiento que pensaba al hombre independiente de Dios.

Estos acontecimientos quebrantaron la fe de muchos cristianos y la confianza en la iglesia además de causar cierto desapego a su Dios. Tan grave fue el quebranto que la iglesia se dividió en católicos y protestantes.

Aunque la fe  de unos y otros aparenta haber declinado y el flujo de fieles a las iglesias decrecido, las costumbres cristianas aun permanecen en la idiosincrasia de los pueblos de occidente. Cada fin de año resurgen los nacimientos del Niño Jesús en hogares, iglesias, calles, plazas y monumentos y resuenan los himnos de alabanza y canciones navideñas que llenan con la pureza de sus melodías los pocos silencios que milagrosamente dejan libres los torturantes ruidos del final de la modernidad. Un envolvente hiato de paz que quisiera perpetuarse impera.     

Desafortunadamente la duración de tal estado espiritual apenas es de breves días, de horas que se escapan como agua entre los dedos. La existencia cotidiana, lo concreto del vivir, el afán interminable del hombre para continuar realizándose como ser en el mundo no permite el reposo, el descanso, la inmovilidad. La existencia humana se despliega con el ciclo anual terrestre que se repite incesantemente desde la creación del universo y continuará repitiéndose hasta la extinción de su sol.

La paz navideña es momento oportuno para que individuo y sociedad lleven a cabo el inventario de sus obras y proyecten la realización y superación de obras nuevas. Los gobernantes que recibieron el mandato de sus pueblos para que administren la hacienda común, organicen el estado, legislen y apliquen la ley son los primeros llamados a rendir sus cuentas de las obras hechas y a revelar los proyectos de obras nuevas.

Con la caída de Luis XVI y el legado del pensamiento de la Ilustración, el Liberalismo democrático, la Revolución Francesa y la Constitución norteamericana terminaron las monarquías absolutas. Estas fueron desplazadas por monarquías parlamentarias y estados constitucionales cuyos mandatarios debían ser elegidos por votación ciudadana.

El mundo político europeo sufrió un cambio radical cuyas consecuencias provocó el inicio de un proceso revolucionario independentista en América logrando Haití su independencia de Francia luego de una sangrienta matanza de colonos franceses. Proclamada la independencia de Haití en 1804 las demás colonias de tierra firme americana iniciaron sus revoluciones independentistas de España y Portugal.

EUA ya había proclamado la independencia de las 13 colonias de Inglaterra. Desde entonces los países latinoamericanos han transitado un tortuoso camino hacia la instauración  de estados constitucionales independientes, funcionales, eficientes. Los tropiezos han sido innumerables: intereses de grupos políticos y empresariales, abismal desigualdad social, pobreza extrema, analfabetismo, insularidad mental, pesimismo racial, intervencionismo imperial, idealismo revolucionario.

Además, ha habido una particular característica conductual del político latinoamericano que lo distingue, es el penoso  prurito de sentirse jefe, de ser el mandamás de todos; la mayoría de políticos latinoamericanos lo padece. Actúan imitando pobremente a aquellos mandatarios excepcionales que sobresalen por méritos propios: talento, inteligencia, educación, respeto, don de mando, altura e independencia política.

Aquellos cometen la torpe osadía de permanecer en el poder violentando constituciones, sobornando legisladores, alterando resultados, diciendo mentiras y callando verdades. Sin embargo, caminamos…acompañados de una cristiandad que aun después de dos milenios intenta cambiar la naturaleza pecadora del ser humano.            



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