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López Obrador, frente a la historia

Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto | ACTUALIZADO 09.12.2018 - 6:08 pm

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“No basta la buena intención del mandatario, es indispensable el factor colectivo que representan los trabajadores. Al pueblo de México ya no lo sugestionan las frases huecas: libertad de conciencia, libertad económica.” Lázaro Cárdenas ela prensa, en la diatriba personal.

Escuchar el discurso de ascensión al poder del presidente de México Andrés Manuel López Obrador, desde una isla en la que los gobernantes escriben novelas politicas trágicas resulta una experiencia inconcebiblemente extraña y hasta lacerante desde un pueblo cuyos clamores nunca han sido escuchados. Más impresionante seria oír de labios de sus mandatarios decir públicamente, sin retorcimiento ni ahuecamiento de palabras, «la gente votó por un gobierno honrado y justo«.
    
Andrés Manuel López Obrador, en medio de su extraordinaria disertación  el 1ro. de diciembre de 2018 reconoció a viva voz que la «…mayoría de los ciudadanos mexicanos están hartos de la prepotencia, el influyentísimo, la deshonestidad y la ineficiencia y desea con toda el alma poner fin a la corrupción y a la impunidad«.
    
Estas palabras llegaron a los oídos de los presidentes corruptos de Latinoamérica y el Caribe con el ímpetu aterrador de una tromba aleccionadora.
   
Hubo algunos de los funcionarios que dejaban el poder en México, quienes cual guiñapo reducido en su propia vestimenta queriendo librarse de los señalamientos de corruptos y de incompetentes, debieron decir temerosos: ha comenzado nueva vez la Revolución moral mexicana en la hacienda «El Rosario« de Parras de la  Fuente en aquel Coahuila de 1873., donde nació Francisco I. Madero
    
El pueblo de México se mostró vigilante, no de las palabras de aquel hombre investido presidente que desde Tepelitlan se pronunciaba en el Zócalo, sino en el énfasis que le ponía a sus promesas, especialmente cuando expreso: «Millones de compatriotas aspiran vivir en una sociedad mejor, sin la monstruosa desigualdad económica y social que padecemos«
    
Algunos de los mandatarios Latinoamericanos y caribeños que asistieron a la toma de posesión o vieron desde sus poltronas aquel moralizante discurso cuando López Obrador señaló con singular contundencia e impulso ideológico «…el gobierno ha de representar a todos, pero que debe dar preferencia a los olvidados y a los más pobres de México«, quizás en ese momento del discurso se vieron a las caras de culpables por el nivel de miseria que libran sus pueblos.
    
Otro aspecto de la disertación que hizo palidecer a muchos en los sistemas de justicia de la región fue cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador le recordó a los magistrados de la nación: «Los ciudadanía plasmo en su sufragio el anhelo de que los encargados de impartir justicia no actúen por consigna y que tengan el arrojo de sentirse libres para aplicar sin cortapisa ni servidumbre el principio de que al margen de la ley, nada, y por encima de la ley, nadie«.
   
 Además, el nuevo presidente de México no escatimó esfuerzo en aclarar algo que olvidan algunos gobernantes y es que el «Ejecutivo no es el poder de los poderes para someter a los otros«. También  López Obrador aludió que cada «cual deberá actuar en el ámbito de su competencia y «las sumas de los trabajos respetuosos e independientes fortalecerá la República y el Estado Democrático, por poderosos que sean o parezcan«.
   
 Otra expresión del discurso de Andrés Manuel López Obrador que posiblemente no agradó a algunos presidentes latinoamericanos y caribeños fue cuando dijo que los mexicanos «Quieren castigo por igual para políticos corruptos y para delincuentes comunes o de cuello blanco«.
    
Me parece  que el espíritu de Lázaro Cárdenas ha resucitado en la Plaza Constitución en el segundo discurso de López Obrador en el
Zócalo. Además, los mexicanos tuvieron la oportunidad de ver y oír en dos momentos tan diferentes un Andrés Miguel López Obrador, el que habló en el Congreso de la República y otro el que se pronunció en el Zócalo luego de recibir el Bastón de mando de los pueblos originarios de México.
    
Pocos presidentes electos de América Latina han tenido la distinción y el respeto de bajar a la plaza pública a testimoniarles a los ciudadanos electores, voluntaria y solemnemente, su compromiso como lo hizo López Obrador ante el pueblo mexicano:
    
«La transformación que llevaremos a cabo consistirá, básicamente, en desterrar la corrupción de nuestro país. No tendremos problema en lograr este propósito porque el pueblo de México es heredero de grandes civilizaciones y, por ello, es inteligente, honrado y trabajador«-.
   
Todavía más extraño y absurdo seria oírle proclamar públicamente declaraciones tan concluyentes y dignas como esta: «Todo lo ahorrado por el combate a la corrupción y por abolir los privilegios, se destinará a impulsar el desarrollo del país. No habrá necesidad de aumentar impuestos en términos reales ni endeudar al país. Tampoco habrá gasolinazos«.

Es que donde no hay valentía no hay compromiso social real. Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia de México con un contrato social visionario y democrático, como sucedió con Lázaro Cárdenas el 1º de diciembre de 1934, veamos lo que expreso este ultimo en aquel momento:

«El Estado dejará de ser un comité al servicio de una minoría y representará a todos los mexicanos: a ricos y pobres; a pobladores del campo y de la ciudad; a migrantes, a creyentes y no creyentes, a seres humanos de todas las corrientes de pensamiento y de todas las preferencias sexuales«.
   
Sería una ilusión impensable o en su defeco, sufriríamos una alferecía, si escucháramos un gobernante dominicano afirmar cosas como esta: «Escucharemos a todos, atenderemos a todos, respetaremos a todos, pero daremos preferencia a los más humildes y olvidados;  Por el bien de todos, primero los pobres«. Si algún día oímos en labios de un presidente dominicano una declaración como esta de López Obrador es pura hipocresía política y social.

Aun más increíble podría ser escuchar un gobernante dominicano o latinoamericano, con sus excepciones, decirle a su pueblo de amera enfática:

«Reitero el compromiso de no traicionar la confianza que han depositado en mí millones de mexicanos. Voy a gobernar con rectitud y justicia. No les fallaré porque mantengo ideales y principios que es lo que estimo más importante en mi vida. Pero, también, confieso que tengo una ambición legítima: quiero pasar a la historia como un buen Presidente de México. Deseo con toda mi alma poner en alto la grandeza de nuestra patria, ayudar a construir una sociedad mejor y conseguir la dicha y la felicidad de todos los mexicanos«.

Habrá que esperar anhelantes de los pueblos al sur del Rio Grande, que esta edificante disertación del nuevo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, sirva de aliciente para que algunos de sus gobernantes tomen el camino hacia la revolución moral y ética que tanto hace falta en América Latina y que se digan y se cumplan cosas como estas:

«Ningún funcionario público podrá ocupar en su domicilio a trabajadores al servicio del Estado, si no lo tiene permitido o no cuenta con autorización para ello.

Se evitarán gastos innecesarios en el extranjero. Las únicas oficinas del gobierno serán las embajadas y los consulados. Solo habrá una delegación del gobierno federal en los estados y en todas las oficinas se ahorrará energía eléctrica, agua, servicios telefónicos, de internet, gasolinas y otros insumos pagados por el erario.

Las compras del gobierno se harán de manera consolidada; mediante convocatoria y con observación ciudadana y de la oficina de transparencia de la ONU.

Habrá un auténtico estado de derecho. A nadie le estará permitido violar la Constitución y las leyes, y no habrá impunidad, fueros ni privilegios.

Se acabará la impunidad; se reformará el Artículo 108 de la Constitución para juzgar al Presidente en funciones por cualquier delito que cometa, igual que a cualquier ciudadano.

En las relaciones comerciales o financieras con empresas internacionales se dará preferencia a aquellas originarias de países cuyos gobiernos se caractericen por su honestidad y castiguen sin tolerancia alguna las prácticas de sobornos o de corrupción.

Cumpliré el compromiso de someterme a la revocación del mandato; el primer domingo de julio de 2021, habrá una consulta para preguntarle a los mexicanos si continúo en la presidencia o si renuncio, porque como lo creo y lo he dicho muchas veces, el pueblo pone y el pueblo quita, el pueblo es soberano.
   
La Fiscalía General contará, en los hechos, con absoluta autonomía; no recibirá consigna del Presidente de la República y sus prácticas se apegarán al principio del derecho liberal, según el cual, “al margen de la ley, nada y por encima de la ley, nadie”.
   
La gran buena fe de López Obrador en busca de transparencia podría poner en movimiento, con la modificación que propuso del artículo 108 de la Constitución, planes de la derecha, como es el caso de Dilma Rousseff en Brasil y la persecución  montada por  la troica de Lenin Moreno, en Ecuador



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