18 Diciembre 2018 1:52 PM

PortadaOpiniónColumnas

Adviento: preparación y conversión

Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara | ACTUALIZADO 05.12.2018 - 7:33 pm

0 COMENTARIOS

enviar por email

imprimir

ampliar letras

reducir letras

Siempre nos estamos preparando en la vida. Todo lo que realizamos para lograr éxito exige preparación, esfuerzo continuo y firmeza. Esta es la razón troncal por la que atletas, artistas, estudiantes, empresarios, políticos, religiosos y otras figuras públicas, gastan suficiente tiempo para conseguir lo que anhelan. Se sacrifican, pierden sueño, bajan de peso, se enferman y hasta comenten algunas equivocaciones en la travesía para alcanzar sus más íntimos anhelos, pero después de mantener un espíritu de lucha y de voluntad, logran por fin sus objetivos.
   
De igual modo pasa en la vida espiritual, el cristiano se prepara para la llegada del Hijo de Dios. Se pone en actitud vigilante y atenta ante la venida del Mesías. Reconoce en el nacimiento de Jesús la luz divina, la esperanza que se encarna. Va acondicionando su corazón para que cuando Jesús se encuentre delante de su existencia, pueda saltar de gozo y de alegría por presencia.        

Pero antes de que esto suceda, esta preparación implica una conversión, un cambio en la dirección de nueva vida. Es decir, no se recibe al niño Dios de manera estática ni mucho menos un quietismo sin sentido, sino más bien, se le da la bienvenida con un espíritu abierta a la voluntad de Dios.   
   
Ahora bien, este proceso de conversión no es un punto de llegada, sino un punto de partida, porque siempre nos veremos necesitado de la gracia de Dios. Nunca el camino de conversión se agota en este espacio y tiempo en el que nos ha tocado vivir. Pues, el ser humano desarrolla su existen entre bajadas y subidas. Paulatinamente se va acercando al misterio de la encarnación.
   
Jesús vendrá y habitará en nuestra tierra. Lo veremos acostado en pañales. Estaremos presente para contemplar la humildad del Hijo de Dios, que siendo rico, se hizo pobre, siendo el Rey del Universo se hizo semejante a nosotros, menos en el pecado. Tomó nuestra propia naturaleza para acercarnos más a Dios. Llegará para mostrarnos el rostro misericordioso de su Padre. Manifestará el amor y la bondad que guarda Dios para todos los que se dejan abrazar por su inmensa caridad. Invadirá lo más profundo de nuestro ser para encontrarle sentido a todo lo que hacemos, para devolvernos la esperanza de vivir y ser capaz de reconocer la grandeza de un niño que estará colocado en un pesebre.
  
 Por eso, esperar y cambiar de actitud en la vida no está de más, no es perder su tiempo, como piensan muchos. Al contrario, es de sabios, de personas humildes que son capaces de ver más allá de lo cotidiano, ya que cuando nos abrimos a la gracia de Dios, y nuestra confianza no pierde su rumbo en lo espiritual, al final del camino logramos ver la luz, experimentamos el sabor de la perseverancia, descubrimos que Dios no se pierde, sino que está detrás de todo esfuerzo humano, que cuando llega el momento oportuno él se hace presente y transforma nuestra vida, regalándonos a su Hijo en todas las navidades.  



0 comentario(s)


Le restan 1000 caracteres.

Normas de uso

Este periódico no se responsabiliza de las opiniones vertidas en esta sección y se reserva el derecho de no publicar los mensajes de contenidos ofensivo o discriminatorio.