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¡Adiós, maestro Monche! (In Memoriam)

Domingo Caba Ramos

Domingo Caba Ramos

Domingo Caba Ramos | ACTUALIZADO 08.11.2018 - 6:37 pm

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« Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz…»
 (JOSE MARTI)


Aunque todos sabíamos que su nombre verdadero era Noel Ramón Peralta, en la comunidad todos lo llamábamos El Maestro Monche. Y cuando no así, entonces invertíamos los términos, identificándolo, cuando a él nos referíamos, como Monche, El Maestro.
   
Pero lo cierto es que una y otra forma denominativa entrañaban  el gran  cariño y respeto   que todos sentíamos  por  quien durante casi cuatro décadas se encargó de alfabetizar y repartir el pan de la enseñanza a generaciones de alumnos que hoy  lloran y lamentan la muerte repentina de su antiguo preceptor.
   
Al servicio educativo,  se integró el maestro que nos ocupa muy joven todavía, cuando apenas había trillado las rutas de la adolescencia, y provisto de un grado académico que no superaba el octavo curso. Una baja formación profesional que, sin embargo,  estaba muy por debajo del alto nivel de  competencia mostrado en sus siempre constructivas prácticas pedagógicas.
   
Posiblemente nunca mantuvo este maestro contacto con los más avanzados principios de la Didáctica o de aquellos postulados  que norman el  arte de enseñar. Probablemente tampoco conoció  a los más destacados representantes del pensamiento pedagógico, registrados en la historia de la educación dominicana y /o universal. Pero a pesar de semejante  desconocimiento, justo es reconocerlo, la calidad de su enseñanza  siempre se puso de manifiesto en el ejercicio de su trabajo docente.
   
En otras palabras, no poseía, el Maestro Monche,  título de licenciado, maestría, ni siquiera de bachiller; sin embargo, enseñaba, que es lo que un buen maestro debe hacer.
    
Para lograr eso, sólo le bastó trabajar con entrega, pasión, responsabilidad y amor, tanto por su oficio como por  los cientos de  alumnos que pasamos por sus manos,  y que , gracias a sus empeños,  recibimos las primeras lecciones o aprendimos  a  leer y a escribir  en el  centro educativo en el que ejerció durante treinta y siete años, ubicado en uno de los parajes  que conforman  la sección Ceiba de Madera, del municipio de Moca.
   
Su presencia como maestro   desbordaba los límites del espacio enmarcado en  las cuatro paredes del aula escolar,  para insertarse en el mismo corazón de la comunidad, vale decir, ningún otro educador  logró, como él, mantener un contacto tan íntimo, tan estrecho  con la comunidad  educativa. En esta, él, además del maestro,  era el medidor o tasador de la  tierra en venta o recibida por herencia, el consejero familiar, el fino peluquero y  aquel que se desplazaba a la casa   a inyectar al enfermo que requería de sus servicios.
   
Así era este singular educador.  Así era ese tierno, pero firme maestro cuyos restos hoy yacen sepultados en los Estados Unidos en el frío espacio de un sepulcro silencioso.
   
Todavía lo recuerdo. De mediana estatura, poco hablar,  lento caminar, el largo cordón, soporte de su inseparable llavero, moviéndose circularmente alrededor de su dedo índice, y una sonrisa en la que no podía ocultar la natural timidez que eternamente yacía plasmada en su rostro.
   
Poseía un concepto casi militar de la disciplina escolar. Por esos sus medidas disciplinarias eran recias, firmes y rígidas, pero sin abandonar nunca esa ternura casi paternal y ese trato afable que siempre lo caracterizó en su roce con los alumnos.
   
En la  vida de todo ser humano,  los hechos y seres que forman parte de sus primeras experiencias difícilmente resulten cubiertos  por el manto del olvido. De ahí que en el ámbito escolar, cualquier estudiante, con relativa facilidad, borre de las páginas del recuerdo a quienes fueron sus profesores en la secundaria y en la universidad, pero jamás olvidará al maestro que en la escuela primaria le impartió sus primeras lecciones, y, muy particularmente, a quien lo alfabetizó o lo enseñó a leer y a escribir.
   
De ese maestro siempre tendremos latente su imagen y patente su recuerdo. Como patente y latente siempre hemos tenido la imagen y el recuerdo del maestro que en la antes citada escuela,   a todos nos alfabetizó y suministró esas primeras lecciones.
  
 Víctima de un fulminante paro cardíaco,  falleció en Nueva York, el día 13 del presente mes (noviembre),  el Maestro Monche. Ante tan infausta noticia,  y transidos por el profundo dolor que hoy a todos nos embarga,  pienso que  sus exalumnos, padres de familias y todas las agrupaciones que conforman las fuerzas vivas de la comunidad, debemos amarrar nuestras voces, para en un gesto de sentida  expresión de gratitud, despedirlo o decirle con el más  doloroso de los acentos:

¡Adiós, Maestro Monche!

¡Adiós, Maestro Monche!, te decimos todos los que fuimos tus alumnos o saboreamos el néctar nutritivo de tus sabias enseñanzas.

¡Adiós, Maestro Monche!, te dice esa comunidad  que tantos te agradece y  a la que tantos le diste y  enseñaste.

O Talvez, más que un simple adiós,  lo ideal sería decirte con las palabras que pronunciara nuestro Poeta Nacional, Pedro Mir, frente al cadáver del maestro y escritor Manuel de Js. Camarena en su famoso   «Grito para enterrar un maestro»:

«Maestro:
Tu imperio de silencio y de penumbra
ha comenzado al fin.

Enmudeciste
para adorar tu soledad tranquilo
pero a tu oído bajarán las horas
a decirte el secreto de los siglos
pero a tu voz la ahuecará el recuerdo
para llorarte en la ilusión de un nido…

Enmudeciste
para vivir tu eternidad tranquilo, pero en tu tumba
muchos lamentos vivirán contigo
muchos sollozos besarán tus huellas
para alfombrar de llanto tu camino.

Maestro:
No te decimos adiós. Tú no te has ido.
Tú estás en el recuerdo palpitante
y eterno en las raigambres del gemido.
Cada lágrima en flor del estudiante
apretada en el pecho conmovido,
será como un puñal de sentimiento
que querrá defenderte del olvido…»

(*) – Palabras escritas el 28 de noviembre del 2007 con motivo del sentido fallecimiento del profesor Noel Ramón Ramón Peralta (Monche), ocurrido en N.Y., Estados Unidos, en fecha 13/11/2007



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