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Mucho amor y mucha azúcar

Emily Sanders

Emily Sanders

Emily Sanders | ACTUALIZADO 07.11.2018 - 6:28 pm

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En las montañas de la República Dominicana, en un pueblo que se llama Paso Bajito, yo tuve una experiencia que recordaré por muchos años. Esta comunidad me dio una familia, muchísimos recuerdos, lecciones y, sobre todo, té con azúcar. Durante de este tiempo, yo miraba una cultura nueva con idiomas, roles de géneros y relaciones diferentes, y podía reconocer las similitudes y diferencias con mi propia cultura. En primer lugar, cuando yo llegué, era difícil entender las cosas que mi familia me decía.      
Esto fue muy frustrante porque yo creía que tenía la habilidad para escuchar. Sin embargo, durante mi tiempo aquí, yo entendí más sobre su idioma y su acento. Primero, en este campo, había muchas personas que usaban la neutralización [comei, jugai], el yeísmo (pronunciación fuerte de la /ll/), la elisión de la consonante final [libertá, paré] y una forma de habla cantada.
   
Por otra parte, un aspecto diferente que me sorprendió fueron los roles de género.        
Esto era especialmente sobresaliente en nuestro proyecto del acueducto. Cuando estábamos trabajando, los hombres que nos ayudaron no querían que las mujeres usaran los picos, sino solo las palas. En realidad, no había mujeres que ayudaran con los trabajos de construcción, en general. Esto se notó, también, con los niños:  solo los varones jugaban voleibol, mientras la mayoría de las hembras peinaban (trenzas) o jugaban “reto o verdad”. Por el contrario, había similitudes como, por ejemplo, los estereotipos sobre las razas. Muchas personas me dijeron que algunos haitianos son criminales y practican vudú. Esto es parecido a los EE. UU. donde nuestro presidente dijo que los inmigrantes mexicanos son criminales y violadores, etc. Esto me mostró que hay opiniones controversiales y problemas sobre la raza, en cada país.
   
Ahora bien, la experiencia en Paso Bajito fue muchísimo más que eso. Cuando estaba allá, yo trabajé junto con muchas personas, pero mejor aún, yo hablé con ellas sobre sus vidas, familias y esperanzas.       

 En mi país, usualmente, los trabajadores están preocupados por terminar su labor y no por conectar con otros. También, sentí esto con los niños: más que solo jugar, ellos querían conocernos. Fue un elemento muy impresionante para mí y diferente de mi cultura porque ellos eran muy jóvenes y aun así establecían relaciones significativas. Finalmente, yo tenía la oportunidad para relacionarme con mi familia, en especial, cuando un sobrino, amigo, tío y abuelo me visitaba para jugar, hablar y, otra vez, beber té con mucha azúcar. Precisamente, en una conversación, mi abuelo describió el pueblo como “mucho amor y mucha azúcar”. Este símbolo es la lección más profunda para mí. En una taza, siempre había un cuarto de té y el resto era azúcar. Esta importancia del azúcar es una representación de los valores de la comunidad: ellos siempre dan más de lo que reciben, crean conexiones con cada persona, son desinteresados y hospitalarios con todo el mundo.  Es por eso que los recordaré como lo que son: “mucho amor y mucha azúcar”.

La autora es estudiante del programa Encuentro Dominicano, de Creighton University (ILAC).



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