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Comunión, Familia y Vocación

Hna. Alicia Galíndez

Hna. Alicia Galíndez

Hna. Alicia Galíndez | ACTUALIZADO 05.11.2018 - 6:08 pm

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Hemos iniciado la Semana Vocacional en el contexto del mes de la Familia, porque es en el seno familiar donde surgen las vocaciones a la vida consagrada, sacerdotal y misionera.

Es en el hogar donde niños, niñas, adolescentes y jóvenes viven la experiencia maravillosa de la fe, del amor, del respeto y aprenden a relacionarse y a descubrir la belleza de vivir, compartir y servir.

Es en el hogar donde con esperanza entretejen sus sueños y se lanzan hacia el futuro, comprenden el proyecto de amor que Dios les tiene preparado y optan libremente por él, con la certeza de que Dios les acompaña.

Es Dios quien llama a través de los más diversos medios y mediadores, precisamente eso es la vocación: llamada y respuesta, un Dios que por amor elije a mujeres y hombres para compartir su proyecto de servir a los más pobres y necesitados, a los enfermos, a los que están solos, a quienes esperan una palabra de aliento para darle sentido a la vida.        

La persona llamada por Dios entiende que es viviendo el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, lo que se espera de él. Hoy más que nunca necesitamos muchas y santas vocaciones, hombres y mujeres que respondan al llamado de Dios con generosidad, olvidándose de sí mismos, abriendo el corazón al servicio, a la entrega sin medida, superando el individualismo y reconociendo que la misión es más importante y más grande que cualquier proyecto personal.

Pero sabemos que no todos estamos llamados, Dios elije a los que él quiere como lo hizo con los Doce apóstoles cuando llegó el momento de formar su comunidad y así como los llamó a ellos, sigue llamando hoy; aunque pareciera que las vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada han disminuido, somos conscientes de que en una sociedad con tanto ruido, distracciones y desequilibrios familiares no es tan fácil escuchar la llamada y menos responder con prontitud a ella, por eso es importante orar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies y además trabajar por las familias para que ellas entiendan el proyecto de amor que Dios tiene desde toda la eternidad, como nos dice el documento Amoris Laetitia en el número 71. «[…] La familia es imagen de Dios, que [...] es comunión de personas. En el bautismo, la voz del Padre llamó a Jesús Hijo amado, y en este amor podemos reconocer al Espíritu Santo (cf. Mc 1,10-11). Jesús, que reconcilió en sí cada cosa y ha redimido al hombre del pecado, no sólo volvió a llevar el matrimonio y la familia a su forma original, sino que también elevó el matrimonio a signo sacramental de su amor por la Iglesia (cf. Mt 19,1-12; Mc 10,1-12; Ef 5,21-32). En la familia humana, reunida en Cristo, está restaurada la “imagen y semejanza” de la Santísima Trinidad (cf. Gn 1,26), misterio del que brota todo amor verdadero. De Cristo, mediante la Iglesia, el matrimonio y la familia reciben la gracia necesaria para testimoniar el Evangelio del amor de Dios»[63].



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