16 Octubre 2018 4:05 AM

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Primera variación sobre un tema

José Alejandro González

José Alejandro González

José Alejandro González | ACTUALIZADO 07.10.2018 - 6:51 pm

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Era una mañana de verano, el entorno resplandecía tocado por  los rayos luminosos de un sol soberano, vertical, aparentemente inmóvil, inmerso en la amplitud de los cielos. Por las calles estrechas y antiguas del centro de la ciudad, trazadas como al azar debido a las circunstancias apremiantes de los primeros pobladores, una multitud humana colmada de  prisas caminaba hacia su cotidiano y destinal hábitat. Un fluir de vehículos metálicos, resplandecientes, ruidosos, abarrotaban en su rodar las asfaltadas calzadas. Las casas familiares, los modernos condominios, los edificios empresariales, los tradicionales parques y las iglesias y la catedral emergían de los suelos, del interior de la tierra apareciendo en su corporeidad palpable, elevándose a prudentes alturas, disponibles al uso humano.  Una brisa como una refrescante fuerza descendía del lugar que los ancianos todavía nombran Cerro del Castillo, donde se eleva vigilante y poderoso el Monumento a los Héroes de la Restauración. Ella tocaba las cosas, los árboles, los cuerpos de la gente transeúnte; corría libre por entre las calles y avenidas de la ciudad amainando los calores de la temporada estival. Llevaba con ella los aromas de los campos, del tabaco, de la caña de azúcar, del naranjo, del tamarindo; el perfume de la rosa y del jazmín. En medio del barullo citadino una marchanta a lomos de su fiel y dócil jumento, pregonaba los frutos del campo a una vecindad cada vez más indiferente; el ruido ahogaba la voz de la marchanta que cantaba, tal vez, con peculiar son el último pregón. En las cafeterías, en las esquinas, a la sombra de un balcón  las acostumbradas tertulias contrastaban las prisas cotidianas. Todo aparecía como un retorno de lo cotidiano, la repetición del verano que trae consigo los soles radiantes, las mismas huidizas transparencias de los cielos azules, los encendidos colores del arcoíris tropical. Es el incesante fluir de las cosas que, con los griegos, hemos creído durante siglos ser las mismas que aparecen y desaparecen en un eterno retorno, en un tiempo sucesivo, circular, repetitivo. Así, también hemos aceptado el tiempo lineal de la civilización judeocristiana determinado por un Dios cuyo plan para la humanidad comienza con la creación del hombre y termina con la nueva llegada de Cristo y la salvación de la humanidad del pecado y una vida eterna. Es el fin del tiempo.        

A través de los siglos el tiempo ha sido entendido como un fluir que puede ser dividido como se divide una superficie, el espacio geométrico, en partes yuxtapuestas, es decir, en sucesivos periodos cortos o dilatados a partir de una fecha, de un punto matemático. Esta ha sido una interpretación del tiempo desde el espacio, el tiempo exterior de las cosas, el tiempo como si fuera discontinuo. Sin embargo, hay una concepción del tiempo desde la experiencia de la vida interior, el tiempo real; ese tiempo continuo, indivisible y sustancial es la duración. Ella es la continuidad indivisible de cambio, lo distinto a un antes y un después, es una continuidad constituida por los estados de conciencia que se fusionan los unos en los otros, es el cambio cualitativo que incesantemente ocurre en nuestra interioridad humana. Aquella mañana caminaba entre la multitud cuando percibí a lo lejos una difusa silueta femenina que avanzaba en dirección opuesta a la mía; un conato de duda surgió de pronto.            

Al acercarnos mutuamente la ya definida figura de aquella aparición mostraba la femenil gracia de su cuerpo al andar. Entonces, de las honduras de la memoria surgió una imagen conocida, querida, amada. Los desgastados y viejos conceptos de tiempo, destino y azar intentaban explicar en vano aquel instante. Nos acercábamos inevitablemente, por un leve movimiento de su cabeza comprendí que me había reconocido, ya de frente el uno del otro nos saludamos, pronuncié su nombre y ella el mío. Un abrazo cálido unió nuestros cuerpos y nuestras almas.        

Fue muy breve el encuentro, apenas el instante en que, entre sonrisas, gestos y apuradas frases una tácita apertura de encuentro futuro pareció quedar concertada. Una muchedumbre de recuerdos se presentó a mi conciencia, todos en simultáneo instante, fluyendo continua e indivisiblemente, penetrándose mutuamente, en una sucesión y multiplicidad cualitativa.        

En aquel estado de conciencia apareció el colegio donde nos conocimos, los profesores, los compañeros de clases, las diurnas jornadas de estudios, las citas, las celebraciones y los encuentros a solas. Su conversación vivaz e inteligente, su entusiasmo y sensibilidad fueron bálsamo durante aquellos tiempos difíciles de mi existencia.            

Desatado de unas amarras familiares apuraba una libertad incomprendida, tomaba de las posibilidades que a mi existencia el mundo ofrecía, aquellas no ponderadas, las tomaba a tientas, torpemente, confiado ingenuamente en un favorable azar. Por ello los dulces encuentros cesaron, mi sentimiento hacia ella tomó refugió en la intimidad de mi memoria y, sin armas, en mis soledades cotidianas, calladamente inicié una batalla contra mis demonios. Los he combatido, he vencido algunos, otros los he mantenido distantes, otros persisten en las oscuras intimidades del alma como bestias hambrientas al acecho de la presa. Nos ocurre a todos, es la condición humana.    



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