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Seguridad Ciudadana en RD es Utopía

Fausto García

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Fausto García | ACTUALIZADO 07.10.2018 - 6:49 pm

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La vida y sus cosas son de forma y de fondo.  Lamentablemente, hay quienes pierden el fondo, por estar guardando “las formas”. (Faga)

Aunque duela decirlo, creerlo o no poderlo negar, la verdad es que la realidad obliga a llegar a esta conclusión.  Al menos para los que desde playas extranjeras o desde los arroyos nacionales ven o viven de alguna manera los sucesos que a diario ocurren en el país y que hablan de los niveles de inseguridad ciudadana que viven los dominicanos.  No hay esperanza -aunque esto es lo ultimo que se pierde- de regreso o retorno a la paz y la felicidad de todos.
   
Las estadísticas, mal llevadas por cierto o acomodadas, están ahí, años tras años los distintos actos o actividades de violencia que aquí se desarrollan no me dejan mentir.  Pero no solo esto, sino la percepción de la ciudadanía en torno al tema, y más que ella, -la percepción-, la realidad que viven nuestros varios y zonas o sectores marginados o vulnerables, donde no solo se cuecen las habas, sino que, desde allí, se cultivan las semillas que las aves de la impunidad y la corrupción esparcen en los jardines de las clases medias y también altas, de la nación.
   
Lo anterior es así, porque ella no tiene rostro, no hace acepción de personas, raza, credo religioso o nivel socio económico.  A todos golpea por igual, a menos que las medidas de seguridad distancien esporádicamente a los delincuentes. Se perdió la esperanza de tener una seguridad ciudadana, aunque muchos hombres y mujeres y sectores nacionales estén haciendo esfuerzos y luchando por conquistar los espacios perdidos por ella, la cual crece a pasos agigantados dejando detrás solo huellas de los tiempos de paz, de los tiempos mejores de un país encantador.
   
Se perdió porque los políticos nuestros, pasados y presentes- no llegan al poder con ningún plan de austeridad en manos que procure frenar el endeudamiento externo, reducir la nómina publica, sanear las finanzas públicas, ni mucho menos frenar la corrupción y acabar con la impunidad.
   
Se perdió la esperanza porque actualmente somos ciudadanos que vivimos enjaulados en un país “libre” donde nos sentimos presos del miedo y la violencia, pues la vida humana vale menos que un huevo o un pollo.  La mayoría de los comercios en nuestros barrios y sectores populares operan tras barrotes (protectores de hierro) externo e interno de los locales, incluidos los mostradores, pues no hay garantía de seguridad alguna.
   
A título de ejemplo, les cuento que visite un amigo en Villa González, que hacía solo unos meses que no veía.  Al entrar a su negocio me sorprendí.  Puertas plegadizas de rejillas en todo el interior y separando los mostradores del público.  Antes de ponerlas, me decía, ya lo habían atracado 3 veces aun habiendo cámaras.  Ese mismo día, yendo hacia la Línea Noroeste, entre a Maizal a un colmado con iguales puertas recién instaladas, pues le habían atracado ya dos veces.  Y al día siguiente, ya en Santiago, me llamó otro amigo para decirme que, en su negocio, camino a San José de las Matas -zona en manos de los delincuentes según pobladores- la noche anterior se habían metido los ladrones aun habiendo cámaras y se llevaron todo lo mejor en mercancías.  
   
¿Y la policía?  Aunque pregunta no se responde con pregunta, me contestó una de las víctimas, ¿y cual policía?  Desde uno de esos lugares asaltados, al llamar la víctima a la autoridad que había quedado de ir para tomar supuestamente las huellas digitales, al llamar, porque lo habían dejado esperando, le dijeron que no había gasolina para ir.
   
Si usted no ha perdido la esperanza, guárdela bien, como un buen tesoro, pero no olvide que aquí no hay seguridad ciudadana, con la agravante de que varios países de nuestra America latina -6 en total- aparecen en la lista de los primeros 13 con más delincuencia del mundo o mayor índice de criminalidad.  O bien, guárdela hasta que un delincuente le pise su talón o el de uno de los suyos, para que entonces saque la misma conclusión. Que Dios nos ampare.



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