16 Octubre 2018 4:45 AM

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Carta abierta al Señor Presidente de la República

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza | ACTUALIZADO 07.10.2018 - 6:48 pm

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(¿Quién le da seguimiento a los suicidas potenciales?)                                                                

Excelentísimo Señor Presidente:    

E l suicidio se define como una conducta de autoagresión con intención y conocimiento previo de lo que se quiere hacer y se hace.  Sin embargo, la frase “con intención y conocimiento” no quiere decir que el suicida hace “libre elección” porque sí, de poner  término a su vida. No significa que él se sumerge en cavilaciones reflexivas y que producto de esas reflexiones llega a la conclusión de satisfacer sus impulsos de autoeliminación. La verdad es que existen varios factores precipitantes de la conducta suicida. Uno de esos factores precipitantes es el desempleo. Cualquier individuo psicológicamente vulnerable, está en riesgo de cometer suicidio si no tiene un trabajo a pesar de solicitarlo, de buscarlo con empeño y bajo la presión de mantener una familia.
Ante el reciente suicidio del comunicador y comentarista de televisión santiagués, Fausto Lantigua,  ampliamente conocido en los medios y la comunidad, la sociedad y la gente que hace opinión pública, han reaccionado alarmadas porque este caso se suma a otros cientos de suicidios que ocurren cada año en nuestro país.

Por el alto número de suicidios que ocurre en nuestro país,  tal vez ignore que a medida que crece la población y el estilo de vida de la gente cambia,  paralelamente aumenta la tasa de suicidio y homicidio. Si damos seguimiento a las publicaciones en los medios de prensa, hay que concluir que la tasa de suicidio no sólo ha aumentado en la R.D., sino que además se ha modificado su procedencia geográfica. Hace poco dije en un  artículo que nuestra tasa de suicidio rondaba los 11 casos/100,000 habitantes, cuando en la década de 1970 apenas llegada a 6/100,000. Ya el dominicano no se suicida para ocultar el sentimiento de vergüenza social o familiar como fue común 50 a 60 años atrás. En los años sesenta, ningún joven se suicidaba bajo el efecto de la cocaína o la anfetamina porque no la conocía y era excepcional que lo hiciera por efecto del alcohol.
   
La tasa de suicidio en Estados Unidos es de 13/100,000 y la tasa promedio de América Latina fluctúa entre  2  y  13/100,000. En Algunos países de América Latina y el Caribe, se suicidan dos hombres por cada mujer que lo hace, pero en otros, por cada mujer que toma tan tajante decisión, se suicidan  siete hombres.  Hasta los años setentas, en la R.D. los suicidios eran más numerosos en el campo  que en la ciudad, sobre todo el ahorcamiento. Hoy, el suicidio en nuestras grandes ciudades es cinco veces más frecuente que en la zona rural. Es decir, el suicidio se ha  urbanizado. Como hoy  a cualquier   “sinserví y sin ajute” le otorgan un permiso para que porte un arma de fuego, pues cientos de personas en campos y ciudades dejaron de usar el lazo o  un veneno para poner fin a su vida. Hoy recurren a la pistola.

La principal causa  precipitante de la conducta suicida es el trastorno del estado de ánimo, es decir, la depresión. Otras  causas son las adicciones a drogas ilícitas, el alcohol y trastornos de la personalidad, además de la causa mencionada más arriba, como es la carencia de un empleo que garantice un ingreso económico mensualmente.
Además, la muerte de un ser amado o una enfermedad de pronóstico sombrío  y fracaso en los estudios y en relaciones amorosas cuando éstas  llevan a los amantes a la depresión. Y  el último factor  inductor de suicidio, pero que en la R.D. es el más devastador, es el relacionado con el abandono del hombre por parte de la mujer que él dice amar. Entre nosotros constituye la tercera causa de suicidio. Lo más desgarrador de este último hecho es que el suicida primero asesina a la mujer amada. Infiere que si ella no ha de ser suya, pues no tiene sentido que ni ella ni él vivan. Estos individuos tienen la fantasía que si en la tierra ella no lo ama, tal vez  en la otra vida sí.   
Señor Presidente, decenas de los jóvenes que están recurriendo al suicidio se deprimen al ver su futuro sombrío y sin horizontes promisorios porque no hallan un empleo con cuyos ingresos puedan dar sentido y optimismo a su vida.  Estos jóvenes pueden ser ayudados con un empleo temporero  tipo “saltarín”, semejante a un Programa que propicia el Congreso estadounidense,  auspiciado por el Estado: dos mil jóvenes son empleados por seis meses; luego esos cesan y son sustituidos por dos mil más.
Pongo por caso el siguiente ejemplo. En Santiago hay alrededor de 60 psicólogos especializados en distintas disciplinas de dicha carrera sin un empleo remunerado. A partir de enero el Estado podría proporcionarle un empleo para que manejen psicoterapéuticamente a los que por razones situacionales como no tener empleo, fracasos en los estudios o pasan por una situación de vergüenza extrema y por ello  se deprimen y esta los lleva a intentos suicidas, los que sufren desajustes de las familias y también a delincuentes deprimidos.  Pues si el Estado no asume el costo de reequilibrar la salud mental de miles de esos ciudadanos, pues que nadie se asombre ni espante cuando la tasa de suicidios siga elevándose entre la población  que no puede suplir las necesidades de su familia por falta de ingresos y que al deprimirse opten por suicidarse.
Suena paradójico, ¿verdad?, que alguien se suicide por carecer de empleo puesto que muerto no lo tendrá jamás; pero recuerde, la vida ¡es un el más extenso manuscrito de paradojas!

(*) Ya publicado en La Información en 11/11/2012 y actualizado ahora ante el revuelo creado por el suicido del comunicador social Lantigua

El autor es terapeuta familiar
Centro Médico Cibao-Utesa



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