23 Septiembre 2018 10:04 AM

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El menú del esclavo sabio

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco | ACTUALIZADO 14.09.2018 - 6:32 pm

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A propósito de “La Mariposa Azul y los Regalos de Dios”

Esta es la historia de Esopo, un esclavo inteligente cuyo dueño era un rico mercader. Una vez, para probarlo, le entregó unas monedas ordenándole comprar el manjar más exquisito del mundo.
   
Al volver del mercado colocó sobre la mesa un plato cubierto por un fino paño de lino.  
--¡Ah! ¿Lengua? Mis pastores la preparan deliciosa. ¿Por qué la escogiste como lo más exquisito?
--¿Qué hay mejor que la lengua, señor? La lengua nos une, sin ella sería difícil entendernos. Es la llave, el órgano de la verdad y la razón.  Gracias a ella se construyen ciudades y expresamos nuestro amor.  Es el órgano del cariño, la ternura, la comprensión. Torna eternos los versos del poeta, las ideas de los escritores. Se enseña, se persuade, se instruye, se reza, se explica, se canta, se describe, se elogia, se demuestra, se afirma. Con la lengua decimos “madre” y “querida” y “Dios” y “¡yo te amo!”.  ¿Puede haber algo mejor, señor?
--¡Sabias palabras! Pues toma ahora estas monedas y trae lo peor que encuentres.
    Regresó Esopo trayendo nueva vez un plato cubierto por fino paño.
--¿Lengua? ¡Mereces ser azotado! ¿No dijiste que era lo mejor?
--La lengua, señor, es lo peor que hay en el mundo, fuente de todas las intrigas, madre de todas las discusiones.

Es la que separa la humanidad, divide los pueblos y usan los malos políticos para sus falsas promesas, los pícaros para estafar. Órgano de la mentira, la discordia, los malos entendidos, las guerras, la explotación. Esconde, engaña, blasfema, insulta, provoca, destruye, calumnia, seduce, corrompe. Con la lengua deseamos la muerte y decimos “canalla” y “maldito” y “demonio” y “¡yo te odio!”
  
 ¡Ahí queda dicho, señor, por qué la lengua es lo mejor y lo peor de todas las cosas!
   
Y es así como en una ocasión, Jesús llamó a la gente y les dijo: “Escuchen y traten de comprender.  No es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre; lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre” (Mt 15, 10-11).
   
Comenta el Padre Ernesto María Caro que “Jesús nos invita hoy a revisar qué es lo que está saliendo de nuestra boca, pues precisamente esto es lo que “mancha al hombre”.
  
 San Pablo, escribiendo a los efesios, decía: “No salga de su boca palabra desedificante, sino antes bien la que conviene para la edificación de quienes la escuchan” (4, 29). Es triste que entre nosotros, los hijos de Dios, con alguna frecuencia usemos un vocabulario que lejos de edificar, ofende a quien lo escucha; que haya entre nosotros conversaciones (sobre todo de tipo sexual) que dejan mucho que desear de aquellos que se dicen seguidores de Cristo. Las críticas, las murmuraciones y los chismes deberían estar desterradas de las conversaciones de un cristiano.
   
Recordemos que ya Jesús nos ha dicho que es por los frutos como se conoce el buen árbol. Que nuestras conversaciones dejen siempre la clara idea de que somos habitados por el Espíritu Santo, para que seamos reconocidos como verdaderos discípulos de Cristo.”

Afirma San Juan Crisóstomo que “no sólo hay flechas con puntas de hierro que hieren: algunas palabras causan lesiones mucho más profundas”.
   
Y yo te pregunto: ¿Habrá alguien que en algún momento de su vida no haya recibido el despiadado ataque de alguna lengua mortífera, destructora de honor y reputación?
Hagámonos el propósito de educar nuestro vocabulario, y que siempre sea “amor” lo que digan nuestros labios.

Bendiciones y paz.



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