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Heráclito de Éfeso

José Alejandro González

José Alejandro González

José Alejandro González | ACTUALIZADO 08.07.2018 - 5:04 pm

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Los antiguos griegos le llamaban el ``Oscuro de Éfeso`` por su personalidad impenetrable. Mantenía siempre una aristocrática distancia respecto de la multitud humana. Refiriéndose a ella, decía: `` ¿Cuál es su sentido o entendimiento? Creen en los bardos callejeros y tienen por maestro al sentir de la plebe; pues ignoran que los más son malos y muy pocos buenos.

`` Hasta la época de Heráclito de Éfeso los filósofos griegos habían interpretado el mundo en el cual estaban inmersos como un vasto edificio donde las cosas materiales constituían la sustancia de que estaba hecho el edificio de aquel mundo. Tal sustancia comprendía la totalidad de las cosas; el cosmos. Estos filósofos se preguntaban con frecuencia de qué está hecho el mundo, cómo está construido. Para ellos la filosofía consistía en la investigación de la ``naturaleza``, es decir, del material original con que el mundo-el edificio-había sido construido. Los procesos dinámicos que, sin duda, percibían estos hombres pensantes, eran parte constitutiva del edificio; eran elementos reguladores de su conservación, manteniendo el equilibrio de una estructura fundamentalmente estática.  El Oscuro de Éfeso les sale al paso refutándoles sus pensamientos; con cierta aristocrática arrogancia les arroja una desconcertante afirmación: ``El cosmos es, en el mejor de los casos, una pila de basura amontonada al azar.``

El mundo heracliteano no podía ser el edificio de los filósofos que le precedieron, ni la suma de todas las cosas, sino un gigantesco proceso que consiste en la totalidad de todos los hechos, en la totalidad de todos los cambios, en la totalidad de todos los sucesos. ``Todo fluye y nada está en reposo.`` No puede uno bañarse dos veces en el mismo rio; las aguas han pasado, otras hay en lugar de las primeras y aun nosotros mismos somos ya otros.`` Este constante y eterno fluir explica, de acuerdo al gran pensador jónico, la esencia de las cosas, el principio de todo. Ya no serían los principios primeros de las cosas el número según Pitágoras, ni el agua según Tales de Mileto, ni el aire según Anaxímenes, ni lo indeterminado según anaximandro, sino el devenir según Heráclito.         ``Ningún ser humano ni divino ha hecho este mundo, sino que siempre fue, es y será eternamente fuego vivo que se enciende según medida y según medida se apaga.`` El fuego heracliteano no es una sustancia corpórea determinada como interpretaron y creyeron muchos, ese fuego vivo es un símbolo de la ``eterna inquietud del devenir`` que se nos aparece con sus bajadas y subidas constantes. Como símbolo de ese subir y bajar regulado ``según medida`` es también símbolo de una razón cósmica de ``sabio, único uno``; concluyentemente es símbolo de la razón del mundo. El devenir es una tensión entre contrarios que pone en curso el movimiento, el fluir del todo. ``Es siempre uno y lo mismo, lo vivo y lo muerto, despierto y dormido, joven y viejo. Al cambiarse es aquello, y luego lo otro; y al cambiar de nuevo, otra vez es esto.`` El devenir de Heráclito no es un encadenamiento de hechos y aconteceres siempre nuevos, progresivos, ocurridos en un tiempo lineal, sino una sintética permanencia de los contrarios…``no comprenden cómo lo discorde, no obstante, concuerda.

Es una armónica junta de opuestos como el arco y la lira.`` La oposición es fecunda, es vital, es fuerza creadora; por eso, en un aforismo que, a primera vista repele al lector desacostumbrado a estos ``juegos del lenguaje`` afirma: ``La guerra es padre de todas las cosas, es de todas las cosas rey.`` En ese continuo devenir, en ese flujo del ser Heráclito alcanza a ver orden y armonía, sentido y unidad. El devenir heracliteano es un devenir cíclico donde cada ciclo temporal abarca 10,800 años solares determinándose así el eterno retorno de todas las cosas. El concepto de logos es uno de los componentes sintetizadores más importantes del pensamiento heracliteano. Para el pensador griego logos significa lo que es común en la diversidad, la medida en el crecimiento y decrecimiento del eterno devenir, la única ley divina que todo lo rige y de la que ``todas las leyes humanas se alimentan``, es decir, reciben su fuerza y legitimidad de ley. El logos es Dios.

Por eso dice: ``Al único de veras sabio damos el nombre de Zeus``. Lo divino coincide con todo el devenir:             ``Dios es el día y la noche, invierno y verano, guerra y paz, saciedad y hambre; su ser cambia como el fuego que, a tenor de la especia que mezcla con él, se le denomina según este o aquel perfume.`` Aristóteles, reflexionando sobre el devenir heracliteano  afirma: ``Si todo fluye y nada permanece entonces no puede darse una ciencia ni una verdad.`` Si todo fluye se nos escapará entre los dedos aquello que tratamos de atrapar con nuestros conceptos. Sin embrago, aún dentro del fluir incansable y eterno, en el sucederse de los hechos, Heráclito alcanzaba a ver un horizonte de firmeza que siempre permanece en la armonía de los contrarios, en la ley ordenadora y reguladora y en el logos divino y eterno.   



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