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Si quieres ser libre, debes perdonar

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco | ACTUALIZADO 06.07.2018 - 6:14 pm

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No hay cosa más grande en la vida que estar preso. Eso pueden decirlo todos los que han tenido que sufrir la amargura de pasar por una cárcel, aún sea por poquísimo tiempo.  Saber que uno está sujeto a la voluntad de otro, todo el tiempo, hasta para ir al baño.  Y que hay que humillarse y aguantarle todo al carcelero.
   
Sin embargo, son muchos, muchísimos, los que están presos, mal presos, como dicen, y no necesariamente están encerrados entre cuatro paredes y fuertes barrotes de hierro en la ventana, si es que la tienen… porque estar libres es una decisión que cada uno de nosotros tenemos que tomar.
   
Hace ya algún tiempo conocí la historia de Raúl, un joven seminarista, que años antes había sufrido el terrible trauma de haber sido secuestrado. Sus captores lo habían mantenido encerrado en un closet, durante seis meses, amarrado con cadenas.
   
Sin embargo, Raúl hablaba con entusiasmo pleno de ilusiones y de afecto, y parecía feliz a pesar de haber soportado una experiencia tan destructiva.
   
Y cuenta la anécdota que le preguntaron si sentía rabia o rencor contra sus captores.
Su respuesta fue llana e inmediata.  Dice que recién salido del encierro, la vida no le fue nada fácil.  Su desesperación y sus rencores eran su peor tortura, pero un día decidió que ya no quería seguir cargando más las cadenas.
   
“Yo estuve secuestrado con otra persona –dijo Raúl—y nos liberaron al mismo tiempo.  Después me lo encontré, rabioso y amargado.  Sólo hablaba de su pasado, del daño irreversible que le habían causado, de lo crueles que habían sido los captores, de lo feliz que se sentiría el día en que se hiciera justicia.”
Y luego de guardar silencio por un instante, como si revisara sus propias reflexiones, Raúl continuó diciendo:
   
“¿Sabes? Al ver a esta persona me dí cuenta que daba lo mismo que lo hubieran liberado, que su cuerpo estuviera libre, porque él había decidido continuar secuestrado en su mente, en su dolor, en su pasado.  Prefería pensar en sus captores, no disfrutaba a su familia, ni de la posibilidad de construir el presente ni el futuro que Dios le había regalado.”
   
“Mis captores me quitaron la libertad, pero no voy a permitir que me quiten mi tranquilidad.  Si yo continúo alimentando este rencor, les estaré dando mi vida; es cómo si eligiera llevarlos conmigo en cada momento por el resto de mis días.  Ni mis seres queridos ni yo nos merecemos eso.  La verdadera venganza será mi felicidad, dejarlos atrás y disfrutar de cada instante de mi vida”.
  
 “Las verdaderas cadenas –concluyó—las tenemos en nuestra mente cuando decidimos continuar apegados al dolor, al resentimiento o al pasado.  Eso es peor que un closet oscuro.  Yo prefiero que los míos me recuerden como alguien que supo volver a acoger la alegría de la vida, y no como alguien que se quedó alimentando la rabia y la autocompasión.”
   
¿Cuáles son las cadenas que podrías empezar a soltar ahora?  ¿Cuáles son los eventos pasados o presentes que puedes dejar de alimentar con rabia o con dolor?
En cada momento puedes decidir agravar tu herida o empezar a sanarla para siempre.
   
Dice el Padre Ignacio Larrañaga que “pocas veces somos ofendidos, pero muchas veces nos sentimos ofendidos. Perdonar es abandonar o eliminar un sentimiento adverso contra un hermano.”  Y es que perdonar es una decisión, como también lo es amar.
   
“¿Quién sufre: el que odia o el que es odiado? El que es odiado vive feliz, generalmente, en su mundo.  El que cultiva el rencor se parece a aquel que agarra una brasa ardiente o al que atiza una llama.  Pareciera que la llama quemara al enemigo; pero no, se quema uno mismo. El resentimiento sólo destruye al resentido.”
   
“El amor propio es ciego y suicida: prefiere la satisfacción de la venganza al alivio del perdón. Pero es locura odiar: es como almacenar veneno en las entrañas.  El rencoroso vive en una eterna agonía.”
   
Y concluye el Padre Larrañaga diciendo que “no hay en el mundo fruta más sabrosa que la sensación de descanso y alivio que se siente al perdonar, así como no hay fatiga más desagradable que la que produce el rencor.  Vale la pena perdonar, aunque sea solo por interés, porque no hay terapia más liberadora que el perdón.”
   
Al perdonar, nos elevamos a lo más alto del cielo. Los débiles nunca perdonan, porque el perdón es el atributo de los fuertes, afirmaba Mahatma Gandhi.
   
“Padre lleno de amor y misericordia, quiero entregarte todo lo que tengo y lo que soy.  Te doy mi voluntad para que Tú dispongas de mí y nada más haga lo que Tú necesites que yo haga.  Te doy mi memoria para que nunca recuerde las ofensas recibidas y en cambio sólo recuerde la bondad de mis hermanos.  Te lo pido por la intercesión de la Virgen María, nuestro modelo de amor, entrega y confianza. Amén.”

Bendiciones y paz.



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