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Sociedades armoniosamente sanas

Aquiles Olivo Morel

Aquiles Olivo Morel

Aquiles Olivo Morel | ACTUALIZADO 13.02.2018 - 11:09 pm

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Hay, sin dudas, muchas personas fascinadas por lo que fue el régimen impuesto durante 30 años  por el Generalísimo Rafael Trujillo Molina, lo hacen al observar el deterioro de la sociedad dominicana, lo evocan, también, por el nivel de libertinaje de algunas instituciones incapaces de observar correctamente su rol de cara a la sociedad.
 
Para muchos, todo lo relacionado con aquella época férrea significa una atracción. Compran objetos, libros, documentos y llegan al extremo hasta de inclinarse por cualquiera que pueda representar caricaturescamente un mínimo de lo que fue aquella vulgar  dictadura.
   
El pueblo dominicano de aquel entonces fue sometido a los caprichos de la dictadura, logrando así un dogma profesado en cada hogar de la Republica Dominicana, envolviendo a la sociedad en sus creencias, al tiempo de condenar todo lo que fuera nocivo a su propia sobrevivencia como régimen dictatorial.  
  
Muchos podrán alegar que todo aquello se respiraba en la América Latina y en otra parte del mundo. Todo cuanto los dominicanos añoraban lo proporcionaba el “Jefe, lo propicio todo, aun lo desconocido para los dominicanos fue introducido por la familia Trujillo, los demás eran sus súbditos.
   
Una vez abatida la dictadura los esfuerzos por desmontar lo sucedido vino dado por el régimen democrático, un proceso de acomodo accidentado, con frustraciones aun latente en el país; ese tortuoso camino aun inconcluso ha representado un desafío para una sociedad sometida durante los 30 años de dictaduras a las mordazas; incriminada colectivamente a los más grandes golpes, donde la dignidad humana jamás fue considerada por aquellos dueños de la finca y enseñoreados como dioses.
   
Cualquiera de los actores de entonces pueden estar arrepentidos o no. En ellos la convicción de que todo lo sucedido después ha sido peor no lo ruboriza, por el contrario, aspiran a volver en el marco de la democracia. Peor aún, hay quienes, a sabiendas de todas aquellas barbaridades –conocidas y aun por conocer- se cobijan en su sombra y se esfuerzan por reeditar un régimen abominable, sin comparación alguna.   
   
Un nieto del Tirano –¿Acaso, no puede llamarse Tirano?- viendo los acontecimientos cotidianos, el rumbo tomado por el país, se le ocurre regresar como el redentor, le duele mucho lo constituido por su abuelo y aparece como la figura  llamada a salvarnos a todos de tal hecatombe social, política y económica.

Pero no! No será posible semejante  esperpento. Sin dudas, y ahí todos, con escasas discrepancias, pudiéramos o no estar de acuerdo. La Republica Dominicana de hoy adolece de muchas cosas, propias de los países que se elevaron en la escala del desarrollo humano. Aun así, admirar y entregar nuevamente los votos para que alguien procedente de las entrañas de aquella oprobiosa época vuelva por sus fueros no será posible.  
   
La democracia dominicana tiene la suficiente madurez para doblarse, errar, hasta cometer diatribas, a las que no escapa elegir a quienes en algún momento afectaron los intereses del país pero, siempre, vuelve a corregir sus errores en las urnas castigándolos bochornosamente.
   
Los neonazis también lo saben, una segunda parte de aquella oscura época de la Alemania de Hitler no será asimilada por nadie en su sano juicio; la sociedad de nuestros días comprende el alcance de sus propuestas; conoce a cabalidad la expresión de vulnerabilidad conceptual a las que se aferran sus promotores. Saben cómo su alma encierra sus oscuros pensamientos.
   
En todos los países de esta parte del mundo, por lo general, se vive en una continua lucha contra las pestes. Hay continuamente tormentas, ciclones y las condiciones climáticas arrastran los virus. En su laureado libro Cien Años de Soledad, su autor, Gabriel García Márquez lo retrata, en Macondo repentinamente las personas empiezan a olvidarlo todo, para saber el nombre de los objetos lo etiquetaron, los más inverosímiles nombres fueron escritos en ellos para poder identificarlos. La enfermedad del olvido resulta lastimosa, desconecta a los seres humanos del mundo real. A eso apuestan muchos ilusos, lo hacen pensando que los remedios no funcionan.
   
Aunque el régimen democrático aun no franquea las desigualdades con toda su intensidad posee su inteligencia para, al menos, disimularlo, en medio de su contrición y reconocimiento. Y si acaso alguien encontrara el resquicio para justificar su participación en los procesos electorales con posibilidades reales, necesariamente habrá que recurrir a otra  instancia que lo impida, sea a la conciencia colectiva o la firma convicción de nuestras precarias instituciones para recordarle como las heridas aun no cicatrizan, por más que le parezca  y le luzcan lejanas todas las lastimosas ofensas de la dictadura.
  
 ¿Porque callarlo entonces?! La democracia deberá trazar sus propios límites, en esta y en otras situaciones. Solo siguiendo el proceso selectivo de la evolución se producen sociedades armoniosamente sanas. Al menos, eso pienso.  



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