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Abnegación de Duarte

Julio M. Rodríguez

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Julio M. Rodríguez | ACTUALIZADO 10.02.2018 - 12:08 am

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 DUARTE XLIV
                                                                                
Duarte se recuperó de su fiebre a principios de febrero de 1844 y aunque estaba débil y pálido, escribió una de sus mas famosas cartas a su familiares.
    
El no sabía del plan Levasseur acordado por el despechado  Baez en Puerto Pricipe, en diciembre de 1843, ni de la llegada del cónsul francés Saint Denys a Santo Domingo el 13 de enero de 1844 para llevar a cabo ese plan; tampoco sabía del  regreso de los regimientos 31 y 32 a Santo Domingo a principios de febrero, ni tampoco de la unión de separatistas y sus seguidores después del manifiesto de 16 de enero de 1844 para  poner fin a la ocupación haitiana.
   
El solo sabía antes de caer en su estado febril, a finales de diciembre de 1843, que su padre había muerto y que le pedían que así fuere a costa de una estrella del cielo, consiguiera recursos para la lucha independentista.
           
El 4 de febrero de 1844, recuperado lo suficiente, pidió tintero y pluma para escribir a sus familiares y he aquí  el fragmento mas importante de esta carta:
    
“El único medio que encuentro  para reunirme con uds, es independizar la patria; para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos y cuyos recursos son, que uds de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente,  ofrendemos en aras de la patria, lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre  hemos heredado. Independizada la patria, puedo hacerme cargo del almacén , y a mas, heredero del ilimitado crédito de nuestro padre y de sus conocimientos en el ramo de la marina, nuestros negocios mejorarán  y no tendremos  porque arrepentirnos  de habernos mostrado dignos hijos de la Patria”.
    
Jamás, ninguno de los libertadores de América o de otra parte del mundo, ha demostrado este desprendimiento, este altruismo, esta abnegación, para lograr la independencia añorada.
   
La carta fue entregada al capitán de una goleta que salía ese día para Santo Domingo y seis días mas tarde estaba en manos de sus familiares. Rosa Duarte la leyó rodeada del resto de la familia y amigos duartistas, enterados de la llegada de la misiva.
    
Terminada la lectura, Doña Manuela dijo: No le podemos negar esta petición a Juan Pablo y aunque una de las hermanas pequeñas, sintió temor y expresó “y si nos quedamos sin nada ¿de que vivimos?”, Vicente Celestino tomó la palabra y dijo: “Quienes de este grupo sobrevivan a la lucha , trabajarán para que no les falte un pan”.
    
Acordado esto, la familia entró en acción y de inmediato, como primer paso, se tomó todo    el plomo que existía en los almacenes de la atarazana, que se utilizaba  para  el forro  de los buques y se confeccionaron balas, las cuales, una vez listo el primer cargamento de ellas, lo tomó Vicente Celestino y lo llevó a San José de los Llanos, para distribuirlas entre los posibles soldados de la invasión, que todavía se pensaba podía hacerse, llegando Duarte por la playa de Guayacanes.
    
Pero los acontecimientos se precipitaban, el perspicaz y resuelto de Mella, captó que la ocasión estaba lista para el pronunciamiento, que con los regimientos 31 y 32 ya implicados en el movimiento, no había que esperar mas tiempo y permitirle a los separatistas adquirir mas fuerza,  con el apoyo del cónsul Saint Denys  y el manifiesto del 16 de enero circulando por todo el país.
  
 Se convocó una reunión de  los líderes independentistas en el escondite  de Sanchez, el 24  de febrero  en la noche y allí se decidió que el golpe se daría el 27 de febrero, a las diez de  la noche y que un disparo al aire, sería la señal del inicio de la acción. Se enviaron emisarios a los pueblos, particularmente al este, donde los mellizos Santana en el Seibo y a la gente de Vicente Celestino en San José de Los Llanos. Se convino  que el santo y seña de los conjurados sería, Juan Pablo: Dios Patria y Libertad.
 


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