16 Enero 2018 11:18 PM

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La virtud de la sencillez

Felipe de Js. Colón

Felipe de Js. Colón

Felipe de Js. Colón | ACTUALIZADO 11.01.2018 - 11:23 pm

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La sencillez es apertura de corazón, de mente, de la voluntad, de los sentimientos, y de la fe recibida. El que vive desde la sencillez de los hijos de Dios, no se complica, no se angustia. Es una persona que transita por la vida con transparencia, limpieza interior y espontaneidad.
   
Apertura del corazón, dejando que Dios penetre en nuestra alma; apertura de la mente para dejarse sorprender por el Dios de la vida, sin cerrarle la puerta con el pestillo de mi racionalismo. El alma que no es sencilla siempre está complicándose, pidiendo explicaciones de todo; apertura de voluntad, para aceptar el plan de Dios sin regateos, sin cerrarle las puertas con el pestillo de mis limitaciones; la apertura de los sentimientos, se refiere  a intuir las necesidades de los demás; finalmente, esta la apertura de mi fe, que implica descubrir la mano de Dios en el sufrimiento, sin rebelarme a Él, el alma sencilla ve en todo la huella de Dios.
   
Hay enemigos de la sencillez, que si no estamos vigilantes, pueden estropear lo que con tanto esfuerzo humano y espiritual hemos edificado.
   
El primer enemigo es la soberbia, sentirse superior a los demás; el segundo, el racionalismo, se siente brillante y a la vez desconfiado, complicando con su actitud las cosas sencillas; el tercero es la tacañería, el sujeto complicado, no cede fácilmente un poco más del tiempo establecido. El que no cultiva diligentemente la virtud de la sencillez, podría caer en la envidia, enojándose consigo mismo, porque la idea genial para determinado evento o proyecto no salió de él. El envidioso, esconde odio en las paredes de su corazón. Otro peligro del que carece de la sencillez, es que se vuelve vanidoso, con las relaciones y amistades de gente importante que dice tener, y  también con las cosas materiales y la tecnología, aunque sean de poca utilidad, las tiene para sí, y les resulta difícil desprenderse de ellas, aferrándose a cosas materiales innecesarias, como un niño egoísta.

Si uno no es sencillo,  no puede ser sensible a la belleza de los árboles, al canto del ruiseñor,  a la brisa fresca mientras trepamos la montaña.  Es una verdadera terapia escuchar la lluvia  caer, u observar y escuchar cuando el río se desliza por la cascada, en fin, a todas las cosas que existen en el mundo que nos rodea. Y si no hay sencillez, uno no puede ser sensible al mensaje que Dios Creador quiere decirnos allí. La mayoría de nosotros vive muy superficialmente, en el nivel superior de la conciencia. Allí tratamos de ser reflexivos e inteligentes. Es positivo, pensar, pero si sacamos a Dios del Corazón, y despreciamos su creación, nuestras reflexiones pueden caer en la vanidad o en la arrogancia. Y mientras no se haya desarrollado la virtud de la sencillez somos como polos de atracción para el daño, el sufrimiento y la destrucción.
   
Ser sencillo en todo el proceso de nuestra conciencia es extremadamente arduo, pero es nuestro deber como seres humanos, esforzarnos.  Sólo entonces, cuando la mente y el corazón son realmente sencillos, cuando están limpios de sedimentos, seremos capaces de resolver los múltiples problemas que se nos plantean en la vida.

Quien cultiva la sencillez, se manifestará en actitudes, gestos, palabras, actividades y estilos de vida. Sencillez es ser el niño inocente y el maestro sabio. Nos enseña a vivir con sencillez y a pensar de forma elevada. Es como el joyero, diseña  con belleza  y perfección cada joya, pero él sigue siendo sencillo.

El autor es juez del Tribunal Eclesiástico


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