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¿Cómo es que se ama?

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco | ACTUALIZADO 08.12.2017 - 7:38 pm

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Una cosa es ordenarlo, como lo hizo Jesús al decirnos: “’Ámense los unos a los otros”, y otra cosa es saber cómo hacerlo. Y eso, que Jesús fue muy claro al impartir sus instrucciones, añadiendo “como yo los he amado”.
   
Sin embargo, muchos son los que dicen a seguidas que del dicho al hecho hay un gran trecho, y siguen cuestionándose cómo es que se ama…
   
Amar es lo más sencillo del mundo, como también puede ser lo más complicado. A nosotros debía interesarnos conocer todas las formas fáciles de amar, para ponerlas en práctica de inmediato, y ya luego buscarle la vuelta a las complicadas, esas que implican  dejar atrás los agravios, los rencores, y decidirse a favor de la reconciliación, del perdón, del amor al que nos ha hecho daño.  Pero esas son ya otras quinientas.
   
A todos nos gusta que nos pongan las cosas fáciles.  A mi también.  Y si no, fíjense que siempre que alguien hace una listica de cosas, captamos más rápidamente lo que debemos hacer.  
   
Eso hizo José Luis Martín Descalzo, un hombre excepcional, que como todos los excepcionales se ha ido a destiempo a la casa del Padre.
   
A ver qué les parece el menú de pequeñas maneras de amar, puesto a nuestra disposición por el padre Martín Descalzo, sobre todo cuando se trata de desconocidos o semiconocidos:
   
Aprenderse los nombres de la gente que trabaja con nosotros o de los que nos cruzamos frecuentemente y tratarles luego por su nombre.

  • Observar los gustos ajenos y tratar de complacerles.
  • Pensar bien de todo el mundo, como un asunto de principio.
  • Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que teóricamente parecería que no se lo merecen.
  • Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin ellas.
  • Multiplicar el saludo, incluso a los semiconocidos.
  • Visitar a los enfermos, sobre todo sin son crónicos.
  • Prestar libros aunque te pierdan alguno. Devolverlos tú.
  • Hacer favores. Y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.
  • Olvidar ofensas. Y sonreír especialmente a los ofensores.
  •  Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos.
  • Tratar con antipáticos. Conversar con los sordos sin ponerte nervioso.
  •  Contestar, si te es posible, todos los correos.
  •  Entretener a los niños chiquitines. No pensar que con ellos pierdes el tiempo.
  • Animar a los viejos. No engañarles como chiquillos, pero subrayar todo lo positivo que encuentres en ellos.
  •  Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos.
  • Hacer regalos muy pequeños, que demuestren el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.
  •  Acudir puntualmente a las citas, aunque tú tengas que esperar.
  •  Contarle a la gente cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.
  • Dar buenas noticias.
  • No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros.
  • Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.
  • Mandar con tono suave. No gritar nunca.
  • Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.
  
 La lista podría ser interminable y los ejemplos similares infinitos. Y ya sé –concluye el padre Martín Descalzo-- que son minucias, pero minucias que ensanchan el corazón de quien las hace. Y con muchos millones de pequeñas minucias como éstas el mundo se haría más habitable.

Bendiciones y paz.



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