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¡Otra vez familia!

Hna. Alicia Galíndez

Hna. Alicia Galíndez

Hna. Alicia Galíndez | ACTUALIZADO 13.11.2017 - 10:59 pm

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En mi historia vocacional, es decir cuando tomé la decisión de responder sí, al Señor que me ha llamado a seguirle en la vida consagrada como religiosa misionera de las hermanas Paulinas, lo más difícil fue dejar a mi familia, más allá de mis propios intereses, mi carrera profesional, estudiaba medicina, mi deseo de casarme y tener esposo, hijos; mis proyectos, gustos y deseos, lo que más me costó dejar fue a mis padres, mis hermanas y hermanos, y sobre todo a mi hermanita menor, que apenas tenía un año. Es una renuncia que solo se hace por amor a Dios y para hacer su voluntad;  entonces se comprende el pasaje bíblico, “y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos, o campos por mi nombre recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna” (Mt 19,29). Entiendes  que solo por Dios, para servirle a él y a nuestros hermanos en la comunidad que es la iglesia, vale la pena y tiene sentido, renunciar a la familia, del resto no, humanamente hablando no tiene ningún valor sólo desde la fe.
   
La familia es el lugar en el que te sientes amada, reconocida, esperada y donde siempre tienes un sitio, encuentras tu puesto y eres importante. Estar en casa, es estar en el mejor lugar del mundo, es descansar, es contribuir, es ofrecer, es manifestarte tal como eres, es saberte amado y aceptado, y a la vez amar y aceptar a los otros que contigo forman la familia, es constatar que hay otros, que somos distintos pero algo muy grande nos une, es saber que somos muchos y diferentes, hermanos, primos, tíos, sobrinos, cuñados, todos ellos son tuyos, te pertenecen y tú, también les perteneces.
Renunciar a la familia, es una ruptura que solo se hace por un amor mayor,  para servir al pobre, al más necesitado a quien no tiene a nadie quien lo ame y le ayude. Se renuncia por amor a Dios, para que él, pueda decidir en tu vida, y aceptar que las 24 horas con sus siete días son para donarte en el amor y en la alegría, es servir a otros con la generosidad que te ha regalado Dios, porque de él, recibiste la vida y tu familia, y solo a él debemos retornar lo que nos ha dado. ¡Qué rico es regresar a casa!, aunque sea por unos días de vacaciones, escucharlos a todos hablarte al mismo tiempo, mostrarte lo que no has visto y que para ellos es importante, que te lo cuenten y muestren todo, dar y recibir amor, eso construye y hace crecer los lazos, las relaciones, la vida, eso nos hace fértiles, y nos demuestra que cuando el asunto es familia, son experiencias edificantes, fructíferas y constructivas de la vida. Dialogar y compartir sobre lo que nos afecta dentro y fuera de la familia no tiene precio, es una cuestión vital, por eso es tan importante para ser personas felices, equilibradas y saludables dentro de la comunidad.
   
Aprovecho para invitarte este domingo 19 de noviembre a las 10am en el Multiuso de la PUCMM, a la celebración eucarística, “un paso por mi familia”, vale la pena cuidar “nuestro terruño de amor, nuestro oasis de salvación”, la familia.


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