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Nuestros obispos: “No permitir que nos quiten la Esperanza”

Felipe de Js. Colón

Felipe de Js. Colón

Felipe de Js. Colón | ACTUALIZADO 10.11.2017 - 1:02 am

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La Conferencia del Episcopado Dominicano, concluyó su 52º Asamblea Plenaria, celebrada del 29 de junio al 4 de julio,  en la Casa Arquidiocesana María de la Altagracia.
   
Se nos ha enviado un comunicado conclusivo sobre el programa de la jornada y los temas abordados. Es positivo iniciar esta Asamblea con la celebración de la eucaristía, que incluyó un Retiro Espiritual para dejarse mirar por Jesús,  y poner su labor de pastores en las manos de Él. En esta ocasión, la 52º Asamblea Plenaria, tuvo la particularidad de elegir nuevos responsables de los distintos servicios que ofrece la C.E.D.
   
En la presidencia de la Conferencia fueron elegidos, S.E.R. Mons. Gregorio Nicanor Peña Rodríguez, obispo de la Altagracia, Higuey, presidente; S.E.R. Mons. José Dolores Grullón Estrella, obispo de San Juan de la Maguana, vicepresidente; Además fueron reelectos el P. Carmelo Santana Jerez, Secretario General y el P. José Joaquín Domínguez, Secretario General Adjunto. El Consejo Permanente, está integrado, además de los mencionados anteriormente, por Mons. Freddy Antonio Bretón Martínez, obispo de Baní, y Mons. Fausto Ramón Mejía Vallejo, obispo de San Francisco de Macorís.
   
Los temas abordaron fueron, la situación actual de las Escuelas Católicas, la tanda extendida, las enfermedades contagiosas y epidémicas, los niveles alcanzados del III Plan de Pastoral, el programa Quisquella Aprende Contigo, entre otros temas.
   
Recordamos lo que nos dice, el canon 447, sobre la definición de la Conferencia Episcopal. “es una institución de carácter permanente, es la asamblea de los obispos de una nación o territorio determinado, que ejercen unidos algunas funciones pastorales, respecto de los fieles de su territorio para promover, conforme a la norma del derecho, el mayor bien que la iglesia proporciona a los hombres, sobre todo mediante formas y modos de apostolado convenientemente acomodados a las peculiares circunstancias de tiempo y lugar”.
   
Partiendo del inciso, de que los Obispos deben promover el mayor bien a los hombres, la Conferencia del Episcopado Dominicano, nos ha hecho una oportuna exhortación, y es la de, no permitir que nos quiten la Esperanza.                 Conscientes nuestros hermanos obispos de la situación por la que atraviesa el Pueblo Dominicano, reafirman su fe en Dios, que les ha elegido, ungido y enviado; y ratifican su fe, y esperanza en el pueblo cristiano y de todas las personas de buena voluntad.
   
¿Y de qué modo se le puede arrebatar la esperanza al Pueblo Dominicano? cuando somos indiferentes ante los problemas que nos afectan como nación. Se percibe y se escucha en la gente, el terrible clima de inseguridad ciudadana, la violencia creciente, el flagelo del narcotráfico y el sicariato que sigue minando con su brazo destructor nuestra sociedad dominicana.
   
Frente a estos males, nuestros pastores nos exhortan a no tener miedo, a luchar sin desmayo por la paz social y el respeto a la naturaleza y el medio ambiente, a unirnos todos en el combate contra las fuerzas del mal, que a mi modo de ver ha ido creciendo, fruto de que las autoridades  no han puesto el dedo en la llaga, sino mas bien paños tibios, como queriendo decir: “aguántate ahí, que ahora vuelvo”.
   
Si tú y yo, no queremos permitir que nos quiten la Esperanza, mantengamos encendida la llama de la Esperanza, el sueño de una sociedad mas humana, fraterna y justa.
  
 Tenemos que detener a todos aquellos que por envidia y egoísmo, intentan promover una cultura de muerte, como puede ser la ambición desmedida de enriquecerse de cualquier modo, sin calcular consecuencias. Promovamos los valores fundamentales, que son: la verdad, la justicia y la solidaridad, los cuales, son los pilares de una sociedad que tiene como base la familia.
   
Que nada nos aplaste, y que ninguna corriente pecaminosa nos arrastre a sus rincones oscuros; al contrario, que sea la firmeza y la luz de la fe, la que nos guie hacia la realización plena, pues merecemos un país donde Dios y la familia sea lo primero.



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