26 Septiembre 2017 9:45 PM

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La muerte de Emely: Un hecho abominable

Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto | ACTUALIZADO 10.09.2017 - 9:10 pm

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"Con la moral corregimos los errores de nuestros instintos y con el amor los errores de nuestra moral".
José Ortega y Gasset


La noticia consternó a toda la sociedad y el alma dominicana se llenó de dolor hasta el grado que los ojos de la gente rebosaron de lágrimas producidas por el enorme abatimiento que causó la muerte súbita de aquella hermosa mujer en la flor de su juventud cuya vida se esfumó una noche lóbrega entre gritos de lobos y de criaturas endemoniadas y hechiceras que rezongaban como si hubiesen salido de la cueva del diablo.
    
Las crónicas daban cuenta de esta tragedia humana y se repetían como si quienes la escribieran lo hicieran sobre plumas de aves migratorias que volaban desde una isla del Caribe sobre un universo entristecido y angustiado. El desconsuelo y el desaliento se amontonaban en los corazones que lucían exánimes ante el descreimiento de la gente que un hecho de sangre de tal naturaleza fuera posible que se incubase en las entrañas de seres humanos engendrados en el vientre de otra mujer.
    
El país parece desangrarse de dolor a través de las heridas recibida por el cuerpo tierno de Emely y, además, todas las madres del mundo parecían al unísono sentir en su matriz el clamor de una criatura que suspiraba amargamente sin esperanza de que algún día, si se le hubiese dejado vivir, transformarse en hijo, pero su ilusión de nacer fue seccionada por el bisturí o escalpelo homicida manipulado criminalmente por un ser con bata o no de médico que a juicio de todos era probablemente el ginecólogo que hacía los abortos en el infierno o en la dimensión espiritual invisible donde vive Satanás.
    
Sería saludable para la psicología de las generaciones presentes y futuras de hombres y de mujeres de este mundo, un mundo que se ha vuelto cruel consigo mismo y con los demás, que todos los niños del barrio de la occisa marcharan vestidos de luto alrededor de la casa de Emely Peguero, la joven cuya vida de anhelos y de amor se desangró de muerte por causa de una mente bestial que llevó a esa joven mujer y a su criatura, aún sin nacer, ingenuamente a un quirófano —quizás improvisado— de torturas y de muertes.
    
Al amor se llega muchas veces por el libre sentimiento y se consuma por la libre voluntad de las parejas ajenas del deseo y a la intervención de los padres y así la criatura que nace de una supuesta pasión amorosa debe dejarse nacer para que el cariño que hizo posible la copulación reproduzca ese amor y la sociedad se llene de ternura a través de la criatura que nace de la hermosa sensación que hace que las personas se gusten y se amen.
    
Hechos como el de Emely suceden en la postmodernidad cuando la estructura y el núcleo familiar se extinguen y los sentimientos de amor, de compasión y de solidaridad perecen bajo el aliento de escisiones sociales y humanas que inquietan por el grado asombroso que ocupa el desamor en la modernidad. Los padres han dejado de participar en la educación moral y sexual de los hijos porque esta virtuosa función se le ha dejado a los medios cibernéticos mal empleado y este medio acabó destruyendo por completo la socialización vital entre las personas y la familia.
    
Parece que la postmodernidad trae también en su alforja la incomunicación y el aislamiento y estas aberraciones a su vez han producido la desnuclearización de la familia. Sentimientos tales como el afecto, la fidelidad, la consideración y la tolerancia han perdido hoy en día su grandiosa utilidad en los colectivos humanos.

Inesperadamente el materialismo en exceso de los padres los ha transformado de ser guías sanos en figuras permisivas y animadoras de las conductas aberrantes de sus hijos.
    
En la vieja sociedad, también llamada atrasada, no era normal que los padres promovieran el aborto entre las familias, sobre todo cuando el embarazo no era odioso, como parece que no era la concepción o gravidez de Emely. Por el contrario, en aquella sociedad era motivo de alegría y de buen agüero el nacimiento de un niño. Por lo tanto, los padres de las parejas se involucraban en la crianza, salud mental y física de sus nietos. Se decía que el nuevo vástago traía la unión y la solidaridad de las dos familias.
    
Por eso nos adelantamos decir que no es el Estado que está en crisis, sino las sociedades universales. Los sistemas de valores que impulsan a los seres humanos a actuar de tal o cual manera, dentro o fuera de una filosofía moral o ética que permite reflexionar sometido a reglas que fundamentan las acciones humanas y posibilitan distinguir entre el bien y el mal regulando así nuestra conducta.
    
El caso triste de Emely Peguero es el resultado fatal de actuaciones disfuncionales de la familia, familias que se convierten en rehenes de ellas mismas y, por tanto, de sus carencias, como la carencia afectiva de la infancia. El amor es libertad y crecimiento antes que posesión y limitaciones.
   
 El líder religioso estadunidense de la iglesia bautista que desarrollo una labor trascendental al frente de los derechos civiles, Martin Luther King, expresó, que «Quienes le quitan el derecho de vivir a alguien es porque nació en la barbarie, cuando matar a su semejante era una condición normal de la existencia. Se le otorgó una conciencia. Y ahora ha llegado el día en que la violencia hacia otro ser humano debe volverse tan aborrecible como comer la carne de otro».            

La muerte de Emely, así como de cualquiera otra mujer, es y será siempre un hecho abominable y, por consecuencia, debe de recibir el repudio unánime de todas las almas humanas universales.
 
 


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