25 Septiembre 2017 3:17 PM

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Hace treinta y cinco años

Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto | ACTUALIZADO 16.07.2017 - 8:40 pm

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El recuerdo es el diario que todos cargamos con nosotros
Oscar Wilde

Hace escasamente treinta y cinco años cuando los rostros de la patria lloraban, como lloró María la muerte de su hijo en el Gólgota, el alma noble y el corazón de los dominicanos en aquel momento de luto y de dolor lució desgarrado frente a la muerte del expresidente don Antonio Guzmán Fernández, ocurrida un ominoso cuatro de julio de 1982. Sabemos que el pueblo dominicano llegó a querer al fenecido presidente verdaderamente de corazón, como san Pablo quiso a Jesús.
    
Lo que sigue a continuación no es una de mis novelas. Es un artículo cargado de pesar y de recordación de un ser humano que gobernó un país con absoluta entereza, poniendo al servicio de la nación todas sus virtudes. Trabajó con abnegación y, sobre todo, colocando la democracia como bandera e imaginando que el pueblo dominicano era merecedor, y lo es, de una mejor vida de desarrollo, de bienestar y de paz
    
Hoy vemos cómo aquel desconsuelo se renueva y los sentimientos de cariño se advierten en el semblante de los dominicanos. La relación entre don Antonio y su pueblo fue una afinidad parecida a la de Pablo y Bernabé, tan fuerte como las columnas de la iglesia. Al parecer esa relación estuvo marcada por el respeto y se palpó una adhesión profunda a su gobierno y el pueblo lo hacía con absoluta franqueza.
    
El filósofo, ensayista y poeta hispano-estadounidense Jorge Santayana dijo que nuestra adhesión a un jefe natural no es una pérdida de libertad, es el reconocimiento de que nuestras ideas tienen un ejecutor y un intérprete. El presidente Guzmán Fernández fue exactamente un ejecutor y un intérprete entusiasta de lo que el pueblo reclamaba.
    
Esa muerte pesó mucho en el alma del pueblo dominicano hasta el grado que todavía a más de tres décadas de ese suceso lamentable se percibe entre los ciudadanos de este país un corazón destrozado que no ha dejado de conmoverse. Explicaba el pintor neerlandés Vincent van Gogh, uno de los principales exponentes del postimpresionismo, «no olvidemos que las pequeñas emociones son los capitanes de nuestras vidas y las obedecemos sin siquiera darnos cuenta».
    
Don Antonio Guzmán Fernández y doña Reneé Klang de Guzmán formaron una pareja presidencial que le dio brillo y dignidad a la Casa de Gobierno. Además, su espontaneidad y llaneza en el trato con su pueblo crearon un ambiente de simpatía alrededor suyos, sentimiento que lo vincularon sensiblemente con todos los grupos sociales del país cuyo estilo permitió que la familia presidencial fuera recibida con respeto y con un cariño excepcional.
   
 A cada paso se oían las manifestaciones de halagos hacia esta familia hasta el grado que en el más humilde hogar de la geografía nacional eran perceptibles las expresiones de simpatía y de aprecio. Doña Reneé, como primera dama, lucía rodeada de un atractivo especial, como los ángeles que ofrecen esperanza y amor. La vanidad, si en algún momento se dejó entrever, nunca echó raíces en su corazón.
    
En cuanto a su amado esposo, don Antonio Guzmán, éste no fue en ningún momento desdeñoso, hasta el punto que el cargo de presidente no le llevó a comportarse con altanería ni mucho menos se le notó actuar con desconsideración contra nadie, por el contrario, fue un gobernante justiciero, afectuoso con todas las personas que tuvieron la oportunidad de relacionarse con él y vigoroso cuando las circunstancias lo ameritaba.
    
Esta familia presidencial, Guzmán-Klang, dio muestras palmarias de decencia, de decoro, de simplicidad, sin caer en lo mezquino o en lo ridículo. Su porte elegante no lo llevó al extremo del glamour de una estrella de cine que exhibe un hechizo alejado de Dios. Su encanto y distinción era el arma más poderosa de esta familia presidencial, a lo que muchos le llaman carisma.
   
 Ninguno de los dos desatendieron su lar nativo –Santiago de los Caballeros– ni mucho menos a sus amigos ni a este pueblo heroico que siempre se constituyó en sostén vigoroso de sus propósitos políticos y le protegieron celosamente como aquellos oficiales cuidando la residencia monárquica del rey Jorge III de Inglaterra en la puerta del Palacio de Buckingham  
    
A don Antonio Guzmán ni a doña Reneé Klang, a pesar de aquel momento doloroso e infausto de la muerte trágica de su hijo Iván, no se les vieron sus rostros pesarosos aunque sus almas y su vida estaban destrozadas por dentro. El pueblo de Santiago, sus amigos y vecinos estuvieron siempre atentos a su desconsuelo y le ofrecieron su humana ternura y aun después de fallecidos los ciudadanos miran todavía hacia su hogar en la avenida Francia de Santiago de los Caballeros de forma ceremoniosa y con admiración.
    
La tumba del presidente Guzmán en el cementerio municipal de la calle 30 de Marzo, en Santiago, es visitada cada aniversario de su fallecimiento de la misma manera que los ingleses observaban la abadía de Glastonbury, que guarda los restos mortales del rey Arturo, como si debajo de su mausoleo estuviera el Santo Grial de la democracia dominicana, tan buscada y tan deseada aún.
   
 En este treinta y cinco aniversario de la muerte del expresidente don Antonio Guzmán Fernández no debo dejar de evocar a manera de ofrenda unas palabras que he recogido de unas nubes que navegaban serenas debajo de un cielo azul sobre una isla hermosa de aguas nacaradas.
    
Me propongo interpretar finalmente lo que el finado presidente Guzmán Fernández hubiera deseado si volviera a nacer de nuevo en estas tierras de grandes praderas, de alamedas y de espejismos cubiertos con el abrazo de su pueblo al que amó entrañablemente: «Si salgo un día a la vida mi casa no tendrá llaves».



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