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Si el enamoramiento dura poco, el matrimonio también

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza | ACTUALIZADO 16.07.2017 - 4:21 pm

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Estados Unidos de América y Francia, encabezan la lista de países desarrollados donde cada año se producen más divorcios y separaciones de parejas maritales tipo concubinato, es decir, relaciones de pareja entre un hombre y una mujer sin que haya de por medio una acta matrimonial otorgada por un Oficial Civil, un cura católico o un ministro evangélico. Subrayo “entre un hombre y una mujer”, para significar que todavía la sociedad dominicana rechaza en el sentido moral, legal, emocional y hasta familiarmente,  la unión marital entre un hombre y otro hombre, a pesar de que debemos recocer que la homosexualidad existe desde el comienzo de la humanidad. De modo, que aunque hoy, probablemente por imitación de prácticas embrutecedoras de la sociedad norteamericana, o bien  seducidos  por la moda, ya en nuestro país abundan las parejas maritales formadas por dos hombres tanto de manera pública como discrecionalmente, pero creo que falta mucho tiempo para que nuestra cultura de hábitos y costumbres y la cultura reflexiva-moral, apruebe ese tipo de unión.
   
En la República Dominicana, el matrimonio tradicional jamás ha sido común, y el autor de estas líneas que fuera auxiliar de la Oficialía Civil de mi pueblo de Altamira en la década del 1950, puedo asegurar que por cada unión matrimonial celebrada en el municipio, se daban entre 100 y 125 uniones de concubinato (amancebamiento). Era así no solo en Altamira, sino en todo el país, a pesar de que el Gobierno a partir de la firma del Concordato con la Santa Sede en 1954 y la misma Iglesia católica, estimularon continuamente el casamiento legal de las nuevas parejas y de aquellas que ya llevaban 10, 20 y hasta 50 años de amancebamiento. Los pastores de  las distintas iglesias evangélicas, aunque no estaban autorizados por el régimen a celebrar matrimonios, pero todos asumieron la responsalidad de lograr que su feligresía adulta que viviera en concubinato se casara y estaba prohibido que una de las hermanas de la iglesia se “mudara” con un hombre o quedara embazada así nomás.  Los pastores, aún hoy, apuran los matrimonios entre los jóvenes para evitar embarazos anticipados que ocurren cuando las muchachas, “empujadas por la curiosidad”,  juegan el peligrosísimo juego de  “meter al diablo en el infierno”.
   
Una de las observaciones que he hecho da cuenta que es muy probable que uno de los factores influyentes en que hayan tantos divorcios y separaciones de parejas maritales, hasta el punto de haberse convertido en una epidemia, es la dilución, la desilusión o el agotamiento progresivo del enamoramiento entre las parejas. He dicho en otros artículos que rara vez el que se enamora “ve” la realidad monda y lironda. Cuando usted se enamora todo lo sobreestima. Dahiana, Josefina, Nieves o Yajaira, suponen que dieron con el hombre de su vida; y Manuel también cree que dio con la mujer de sus sueños. Todos creen que es una verdad de a puño lo que dice Rafael en la canción, que “Estar enamorado es/el juntar mi boca con la tuya; Estar enamorado es/sospechar que la soledad está vencida”. Muchos hay que en vez de enamorarse de la mujer que “ve” dentro de ella hacia afuera, lo que hace es enamorarse de la que “ve” de fuera  hacia adentro. Es lo que yo llamo “enamoramiento tipo telenovela”. Quien se enamora de lo que “ve” de fuera hacia adentro,  comete el error de creer que es verdad que en las relaciones de pareja “cada día comienza un nuevo idilio”. Ojalá fuera así, porque si lo fuera podemos dar por sentado que los divorcios, las separaciones de parejas, los asesinatos de miles de mujeres por maridos celosos, los padrastros, los hijastros, las segundas nupcias y los medio-hermanos no fueran ni la cuarta parte de los que son hoy.  
   
Ahora bien, si usted logra convertir su enamoramiento inicial, el de la pasión, ese que todo lo exagera hasta el colmo de llegar a decir que “Fulana está pasá de buena”, si usted logra, repito, convertir ese enamoramiento en amor real, en un larguísimo idilio sin pretender que ella o él es un apartamento, una finca, una yipeta o una mascota que acaba de comprar “a buen precio”, pues la relación de pareja, el matrimonio, serán duraderos.

Meterse en matrimonio o unirse a un hombre o mujer porque usted cree que es un buen remedio para la soledad, o porque “él o ella es tan buena gente”, o porque “si él fue a la universidad o es cristiana, tiene que ser una excelente persona”, y nunca averiguó qué aspiraciones tenía, cuántas parejas tuvo antes y por qué ahora no tiene, por qué estuvo en prisión o dicen que es maleducado , de qué vive y qué tan fácil pierde la ecuanimidad,  entonces cuando esa unión se vaya a pique, no culpe a su “mala suerte”, sino a su falso enamoramiento.

El autor es Psicoterapeuta familiar
Centro Médico Cibao-Utesa



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